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El granero de votos de Rousseff

La presidenta confía en el apoyo de Estados como Bahía para lograr la reelección. Casi la mitad de las familias percibe un subsidio oficial

Dilma Rousseff en campaña por Salvador de Bahía el 9 de octubre.
Dilma Rousseff en campaña por Salvador de Bahía el 9 de octubre. efe

Reginaldo Pereira indica dónde aparcar en la plaza de Lauro de Freitas, a una veintena de kilómetros de Salvador de Bahía. Porta en el pecho una insignia que le habilita como gorrilla municipal homologado. Tiene 43 años, es mulato, de pelo corto y revuelto. Pobre. Hace poco se divorció y se vio en la calle. Su mujer y su hija se quedaron con la chabola y la subvención familiar de 92 reales (29,6 euros), denominada Bolsa Familia. Él se fue a dormir a un parque.

Habla confusamente de su vida pero tiene claro cuando se le pregunta a quién va a votar en las próximas elecciones del 26 de octubre, si a la presidenta Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT) o al más conservador Aécio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). “Oiga, se me eriza la piel al pensar en Dilma. Y en Lula [el expresidente Luis Inazio da Silva]: él fue el primero en acordarse de los pobres en Brasil. Por eso yo soy fiel al PT. Ellos me han sacado de la miseria. Me sacaron de la calle. Ahora vivo en una habitación alquilada con el programa Bolsa de Alquiler: pago sólo 65 reales (21 euros) y tengo un techo. Mi hijo recibe una ayuda también. Y yo estoy apuntado a un piso oficial que me darán en unos años, espero. Me dan ganas de llorar cuando lo pienso”.

El Estado de Bahía es una mancha roja en el mapa electoral, del color del Partido de los Trabajadores. Como todo el Noreste, la parte más oriental de Brasil, compuesta de nueve Estados (algunos del tamaño de España), la más pobre y atrasada del país, la de peores índices educativos. Es aquí donde Rousseff mantiene el inmenso granero de votos que le permite acudir el próximo domingo a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales con buenas expectativas. Lo que le permite marchar en las encuestas empatada con Aécio Neves, al que apoyan más, por ejemplo, en São Paulo, la capital económica de Brasil.

En Bahía, en la primera vuelta electoral el pasado día 5, el 41% votó a Rousseff frente al 33% que cosechó Neves. Y todo apunta a que los votos restantes, los que obtuvo la tercera en discordia, Marina Silva, irán también al PT.

El taxista John Lennon (también se llama Reginaldo, pero él insiste en el mote, colocado hace 40 años por las gafas redondas) asegura que todos esos votos son clientelares: “Es por la Bolsa Familia. Aquí todo el mundo vota al PT por eso. Lo que pasa es que hay mucho pobre que se conforma y que luego no quiere trabajar. Es verdad que para muchos casos sirvió, y sirve. Pero yo ya no estoy de acuerdo. Estoy contra la Bolsa Familia. Y votaré a Aécio”.

La Bolsa Familia, que ayuda a madres o matrimonios sin recursos y con hijos es el programa asistencial más extendido de Brasil. Cuantos más hijos, mayor la cuantía, que fluctúa de los 30 a los 300 reales (de 10 a 100 euros). Y en Bahía, casi la mitad de las familias (el 42,7%) lo percibe, una proporción que dobla aproximadamente a la del resto del país.

Por eso no es extraño que esta cuestión derive en importante asunto electoral, objeto de pugnas en debates televisivos. Rousseff asegura que con su Gobierno hay 50 millones de personas que reciben ese subsidio. Neves insiste en que no lo va a retirar si gobierna, pero, al mismo tiempo, dice que esa subvención debe de constituir “un punto de partida y no un lugar de llegada”.
Rousseff replica que gracias a los 12 años de Gobierno del PT (ocho con Lula y cuatro con ella), la miseria se ha reducido en el país perceptiblemente. No es raro que los seguidores de su partido recurran, en discusiones de bar, a una frase definitiva: “Hoy ya no se pasa hambre en Brasil”.

Tres mujeres esperan, a 30 kilómetros de Salvador, un autobús que parece no llegar nunca. No muy lejos hay un paraíso playero donde Janis Joplin se refugió en sus tiempos de hippy. No muy lejos, con esa brutalidad en los contrastes que ofrece Brasil, se encuentra una de las favelas más peligrosas de la zona, llamada (no se sabe por qué) O Planeta dos Macacos (El Planeta de los Monos).

La mayor de las tres mujeres, Jousefa, tiene 48 años, aunque aparenta 60: “Gracias a Lula yo tengo casa, comida y una moto”. La hija, Yacobina, de 29 años, empleada de la limpieza por horas cuando sale, con dos hijos, recibe 147 reales (47,3 euros) del Bolsa Familia; su marido, ciego, cobra también una subvención y confiesa que votará siempre al PT. La tercera mujer, Leneovigia, calla y observa. Después dice: “Yo también recibo la Bolsa Familia por mi hija, pero créame que me gustaría no hacerlo. Yo trabajo cuidando a personas mayores, tengo un título, y lo que quiero es un contrato de trabajo, no una limosna del Gobierno. Estoy harta de que a los pobres nos callen con limosnas”.

No lejos de ahí, ya en Salvador de Bahía, en el barrio popular de San Cristovãm, Eijane, de 29 años, madre de cuatro hijos, se derrumba rodeada de niños en el sofá de su chabola. Mira a un ventilador enano sin carcasa que gira desesperadamente sin mitigar nada el bochorno que lo invade todo. Al lado hay una pantalla de televisión grande y moderna. El barrio es una sucesión de colinas de pisos superpuestos. La electricidad se roba de un cable. “De gato”, dicen en Brasil.

También Eijane recibe la Bolsa Familia, unos 300 reales (100 euros), también ella votará al PT, aunque si se le pregunta la razón se encoge de hombros sin ganas de contestar. Entonces llega como un ciclón de la escuela, Taimara, una de sus hijas, de ocho años. Una de las condiciones de la subvención es que los hijos acudan a clase cumplidamente. La niña, sonriente, despierta, dice que quiere ser médico o enfermera de mayor. La madre, agotada, muerta de calor y de resignación, responde al aire sin mirarla: “No tenemos recursos para ser alguien en la vida”.

"No somos vagos. Somos alegres”

En la preciosa iglesia de Nossa Senhora do Rosário dos Pretos (Nuestra Señora del Rosario de los Negros), en el corazón de Salvador de Bahía, António Nicanor, negro, bahiano, católico, simpático y hablador, señala con el dedo al suelo: “Mire, ahí abajo, donde pisa, está enterrado un hermano negro desde hace más de 300 años. Entonces no tenían ni dónde caerse muertos. Por eso los enterraban aquí, en el único terreno que tenían, en la iglesia de los negros”. Nicanor pertenece a la Hermandad de los Hombres Negros, una cofradía creada en el siglo XVI para albergar la religiosidad de los esclavos traídos de África, que no podían frecuentar las mismas iglesias que sus señores.

Nicanor sigue hablando: “El 80% de la población de Bahía es negra, pero muy pocos de los puestos relevantes son para los negros. Ya no hay esclavitud, pero hay una gran desigualdad”. El culto es católico, pero se filtra cierta influencia africana en algunos ritos, en algunas devociones que provienen del candomblé, la religión autóctona traída de África que aún se practica en Brasil y, sobre todo, en la alegría, en el ritmo y en la musicalidad que atraviesa toda la ceremonia. La misa es cantada la mayor parte del tiempo. Y al fondo, un par de percusionistas se encargan de marcar un compás que sigue hasta el sacerdote, vestido de casulla verde.

Nicanor continúa: “En São Paulo nos acusan a los del Nordeste [compuesto por nueve estados, entre ellos Bahía] de vagos. Pero fuimos nosotros, los emigrantes, quienes levantaron Sao Paulo. No somos vagos. Somos alegres. No somos perezosos. Sólo sabemos vivir de otra forma". A continuación concluye: "Antes enterrábamos a los hermanos más pobres.  Ahora, hoy, en el primer piso de la iglesia damos clases gratis de informática para los más pobres.