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El Ejército sirio intensifica su guerra en los focos rebeldes alrededor de Damasco

El régimen recupera tras 18 meses de combates Mleha, hogar de 23.000 personas

Abu Haidar y su mujer regresan a ver lo que queda de su casa tras año y medio sin poder entrar en Mleha.
Abu Haidar y su mujer regresan a ver lo que queda de su casa tras año y medio sin poder entrar en Mleha. NATALIA SANCHA

Oum Haidar se aferra a la mano de su marido al tiempo que ambos caminan lentamente entre esqueletos de edificios de lo que fuera Mleha y su hogar. Ante ellos se yergue un escenario de posguerra. Columnas de humo aún escapan de los edificios destruidos. El olor a pólvora se mezcla con el polvo que levantan los tanques del Ejército sirio a su paso. Al azotar el viento, varios pedazos de inmuebles caen al suelo perdiéndose entre amasijos de enseres, coches calcinados y casquillos de balas. Antes hogar de 23.000 personas, Mleha es hoy un cementerio de casas tras 18 meses de combates entre rebeldes y tropas sirias.

Hace tan sólo cuatro días que el Ejército sirio recuperaba esta localidad a 2,5 kilómetros al sureste de Damasco. El régimen, que festejaba la victoria, se muestra decidido a acabar con las bolsas rebeldes que acechan la capital concentrando recursos y efectivos en el frente de Guta, en la periferia este de Damasco.

El jefe de brigada de la Guardia Republicana y a la vez coronel que ha liderado la operación en el terreno describe la importancia estratégica de la toma de Mleha: “Esta localidad está situada en el centro de la Guta oriental y colinda con las autopistas que llevan al aeropuerto y a Homs. Los [rebeldes] armados intentaban cortar ambas vías. Además, era su principal punto de avituallamiento ya que traían comida y armas de contrabando desde Damasco. Hemos descubierto un túnel de 800 metros de longitud a punto de alcanzar el barrio de Jaramana con lo que podrían haber entrado directamente a Damasco”.

La operación ha durado 130 días en la que los uniformados sirios han atacado por cuatro flancos a los insurgentes hasta acorralarlos. El bando opositor habría perdido a 500 de sus hombres en la operación según fuentes militares que no especifican cuantos leales se han quedado en el campo de batalla.

En el hospital de Mleha los militares aprovechan los restos de medicamentos, bombonas de oxígeno y todo lo que puedan llevarse para sus hombres. En la sala de operaciones aún se percibe el olor a sangre. Donde antes operaran a rebeldes heridos no queda más que una camilla y rollos de vendas esparcidas por el suelo. Desde el hospital, un túnel conduce al otro lado de la calle. Aparecemos en lo que fue el salón de una casa para cruzar de nuevo bajo otra calle y salir en lo que parece fuera un taller reconvertido en guarida rebelde.

La guerra siria se libra a dos niveles. Sobre la tierra, el Ejército sirio ataca desde el aire y avanza con artillería pesada. Bajo tierra, los rebeldes se desplazan en un mundo subterráneo de túneles.

Con Mleha en manos de las tropas sirias, el frente se traslada a pocos kilómetros hacia el este a la localidad de Zibdin, desde donde provienen los tiros y sobrevuelan los aviones del Ejército sirio. El régimen de Bachar el Asad respira hoy más tranquilo al alejar a los rebeldes de la capital mientras que sus hombres recobran la moral y confían en un efecto dominó que en pocos meses les permita recuperar toda la periferia este de Damasco.

Desde las oficinas del Ejército sirio en Damasco, el coronel Y. asegura que los rebeldes de la Guta oriental están prácticamente cercados con tan sólo una vía de escape al este en la localidad de Utaiba que da al desierto y a la carretera que lleva al sur hacia Deraa y Jordania. El objetivo es replicar la estrategia que les permitió recuperar la ciudad de Homs y que reproducen en Alepo: cercar a los rebeldes para bien acabar con ellos, bien negociar una salida que aleje el campo de batalla de las grandes urbes y de las arterias que las conectan entre sí.

A pesar de que el régimen ha recuperado Mleha, sus habitantes hoy desplazados en Damasco tardarán meses en ver reconstruir sus viviendas. Pocos son los civiles que han osado adentrarse en la recién recuperada Mleha para ver lo que queda de sus casas. Hanan, joven de 28 años, lo hace acompañada de su hermano en una furgoneta. “Aún no he visto mi casa. Vamos de camino, está al final de esta calle. Pero me pareció reconocerla en la tele y aún quedan paredes”, responde sonriente.

Oum Haidar y su marido huyeron con lo puesto hace dos años cuando los rebeldes entraron en la localidad. Hoy regresan por primera vez. “Somos chiíes y temíamos a los rebeldes por lo que fuimos de los primeros en huir. Mi marido regresó a los cinco meses para recuperar nuestros documentos; desde entonces no hemos sabido nada de nuestro hogar”, balbucea Oum Haidar, quien se esfuerza por contener el llanto tras descubrir que no tienen donde regresar.