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El presidente estadounidense regresa a una guerra que rechazó

Obama se ve forzado a volver a involucrarse en Irak, un conflicto al que se opuso siendo senador

Obama, este jueves antes del anuncio sobre Irak.
Obama, este jueves antes del anuncio sobre Irak. Reuters

Barack Obama llegó a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2009 con el objetivo de pasar página a la era belicista de su predecesor, el republicano George W. Bush. El demócrata Obama, que como senador se opuso a la intervención estadounidense en Irak en 2003, prometió iniciar una nueva etapa basada en el multilateralismo y la diplomacia. Ello le valió ser galardonado en diciembre de 2009 con el Premio Nobel de la Paz por su “extraordinario esfuerzo en fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre pueblos” y en particular por su “visión de un mundo sin armas nucleares”.

La realidad, sin embargo, no ha avanzado según esperaba Obama, como revela el anuncio este jueves de aprobar ataques aéreos de Estados Unidos en Irak para proteger el personal y las instalaciones estadounidenses ante el avance de los yihadistas suníes y evitar un posible genocidio. En sus más de cinco años en la Casa Blanca, el presidente ha mantenido su reticencia al militarismo de Bush, pero no ha tenido reparos en involucrarse bélicamente en viejos y nuevos conflictos, y en multiplicar las operaciones con aviones no tripulados (drones) contra objetivos terroristas en Asia central y la Península Arábiga.

El presidente demócrata reforzó en 2009 la presencia militar estadounidense en Afganistán y pospuso hasta 2016 la retirada de todas las tropas del país, aprobó en 2011 ataques aéreos estadounidenses en Libia contra el régimen de Muamar el Gadafi e impulsó la retirada a finales de 2011 de los soldados estadounidenses en Irak. Sin embargo, el reciente avance yihadista le ha forzado a volver a involucrar militarmente a Estados Unidos en Irak.

Pese a mantener su reticencia al militarismo de Bush, Obama no ha tenido reparos en involucrarse bélicamente y en multiplicar las operaciones con drones

La guerra civil en Siria, que estalló hace tres años, es el mejor ejemplo del recelo militarista de Obama. El presidente ha mantenido una postura titubeante en buena parte del conflicto y ha sido acusado de pasividad ante la carnicería de civiles. Obama estableció en el uso de armas químicas por parte del régimen de Bachar El Asad una línea roja que determinaría una posible intervención de EE UU. Hace un año, tras las acusaciones de que las fuerzas de El Asad usaron esas armas, pidió autorización al Congreso para llevar a cabo ataques aéreos contra las posiciones del régimen. Sin embargo, a última hora echó marcha atrás al llegar a un acuerdo con Rusia para el desmantelamiento del arsenal químico de las fuerzas de El Asad.

En el caso de Irak, la evolución ha sido bien distinta. A mediados de junio Obama anunció el envío de 300 asesores militares a Irak para ayudar a las fuerzas de seguridad iraquíes a contener el rápido avance yihadista. Desde entonces Washington ha aumentado gradualmente su presencia militar, con asesores y soldados de protección, hasta a alrededor de un millar. Y en paralelo, ha efectuado decenas de vuelos diarios de vigilancia y protección de su embajada en Bagdad. Ahora, con la aprobación de ataques aéreos contra los yihadistas suníes del Estado Islámico, Obama vuelve a involucrar militarmente de lleno a EE UU en Irak, una guerra a la que se opuso como senador pero cuya sombra parece perseguirle sin fin.

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