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ANÁLISIS

Estancados en el paraíso

Los pobladores de las comunidades zapatistas se ven abocados a una autosuficiencia engañosa que perpetúa su pobreza

Cómo pasa el tiempo. Veinte años y parece que… nada ha cambiado en las comunidades de Chiapas regidas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Embarcados en una vida de “resistencia” —a estas alturas no se sabe muy bien a qué— los pobladores se ven abocados a una autosuficiencia engañosa que perpetúa su pobreza.

Simultáneamente, en estos 20 años México sí ha cambiado. Tal vez no tan a fondo ni tan rápido como los propios mexicanos quisieran, pero se mueve. El monolitismo político del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que duró 70 años, cedió el pasó a la alternancia. El voto, ahora sí, cuenta.

A pesar de crecer por debajo de su potencial, México está a punto de convertirse en la primera economía de Latinoamérica. El PIB se ha duplicado (de 500 billones a casi 1.200 billones de dólares). Y es también el país donde la clase media ha aumentado más en términos absolutos. En la última década, según el Banco Mundial, un 17% de los mexicanos salieron de la pobreza, y la desigualdad se redujo en siete puntos en el coeficiente de Gini. ¿Suficiente? Claro que no. Pero los lastres son tan enormes que no cabe sino celebrar estos avances.

México ha firmado 12 tratados de libre comercio con 44 países de América, Europa y Asia. Hoy es uno de los grandes destinos para la inversión extranjera, y lo será aún más con la reforma energética, que posibilita la entrada de capital privado en el sector estratégico de los hidrocarburos.

Y mientras el país se abre al mundo, las comunidades zapatistas se han ido encerrando en sí mismas, agrupadas en los llamados Caracoles y regidas por las Juntas de Buen Gobierno, que tienen nombres como de secta milenarista: “Corazón céntrico de los zapatistas delante del mundo” o “Corazón del arcoíris de la esperanza” o “El camino del futuro”.

Digamos que no es nuevo: fracasado su propósito de imponer en México la revolución del proletariado, como proclamó el 1 de enero de 1994, el EZLN ha intentado aplicar en su zona de influencia el viejo comunitarismo, creando una especie de falansterios idílicos, poblados de hombres y mujeres nuevos y nuevas, donde todos y todas son felices y comen perdices en armonía con la madre tierra.

Pero resulta que no. En estos 20 años la pobreza ha aumentado en los municipios zapatistas: del 68,7% al 81,3% en San Andrés Larrainzar, del 56% al 66% en La Garrucha; del 67% al 72% en Morelia… Y el “sistema educativo rebelde autónomo” mantiene a los niños ajenos a la enseñanza homologada, sin planes de estudio ni grados escolares.

No es de extrañar que cada vez más municipios deserten o se dividan. La violencia se ha reducido, pero el tejido social sigue desgarrado.

¿Y el subcomandante Marcos? Rafael Guillén Vicente ha cumplido ya 56 años. Se quitó el pasamontañas y vivió una temporada en el Distrito Federal. Reapareció en enero de 2013, aprovechando el regreso del PRI a la presidencia, con tres extensos comunicados: los mexicanos creyeron estar en El Día de la Marmota.

Ahora usa Facebook y páginas web. Habla de tuits y sustituye el género por la @, como dicta la corrección política. Pero en el fondo es más de lo mismo. Textos firmados desde el Planeta Tierra, escritos con soltura y humor pueril. Retórica hueca.

A la presentación del programa nacional contra el hambre lanzado por el Gobierno, respondió con el dibujo de una mano con el dedo corazón enhiesto (una buena peineta, vaya). Sería muy gracioso de no ser porque su gente está en la pura subsistencia.

Los mexicanos tienen motivos para impacientarse con una clase política y unas organizaciones sociales y sindicales esclerotizadas. Pero a lo largo de 20 años Marcos se ha mofado de cualquier iniciativa de desarrollo de cualquier gobierno, y ha despreciado a los partidos, las elecciones y el juego democrático, instalado en una superioridad moral que no se compadece con los resultados ofrecidos en sus territorios.

No hay más que mirar la página web del paraíso zapatista. El contenido esencial son las retahílas interminables de “agresiones”, “amenazas”, “intimidaciones” y “provocaciones” que denuncian las Juntas de Buen Gobierno. ¿No hay nada más que contar? ¿Cuáles son los planes de futuro, aparte de pelearse con el vecino por una milpa improductiva? ¿Cómo se plantean su desarrollo, aparte de seguir quemando la selva para los pastizales? ¿Cuál es la estrategia, aparte de entorpecer el trabajo social e impedir que las ayudas oficiales lleguen a las comunidades?

Hoy, como hace 20 años, no faltan tampoco los forasteros nostálgicos que se fascinan con un escenario de cartón piedra, y que se llevarán de recuerdo los llaveritos zapatistas fabricados por esos indígenas a quienes se les ha prometido un futuro de redención.