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Los doctores del pueblo

Una médico de uno de los barrios más pobres y violentos de São Paulo narra a EL PAÍS un día de trabajo en la periferia

Miles de facultativos llegan de Cuba para atender a los más desfavorecidos

La médico Luciana Navarrete atiende a un paciente en São Paulo.
La médico Luciana Navarrete atiende a un paciente en São Paulo.

El pelo con mechas doradas de la médico Luciana Defendí Navarrete, de 37 años, aún está mojado cuando a las 6.15 deja a toda prisa su casa en Vila Clementino, un barrio de clase media al sur de São Paulo. Su destino es Capão Redondo, uno de los distritos más pobres y violentos de la ciudad, con 275.000 habitantes y a 20 kilómetros al sur de su casa. Con las ventanas cerradas y el aire acondicionado altísimo en su Chevrolet Ágile, cruza las calles estrechas del barrio con la destreza de quien ya se ha acostumbrado al camino. Y dos minutos antes de las 7 de la mañana, llega a la Unidad Básica de Salud Jardim São Bento, rodeada de favelas.

Navarrete trabaja en el Programa de Salud de la Familia, un modelo público de atención en el que equipos de médicos, enfermeros y agentes de salud visitan a familias de escasos recursos para orientarlas sobre formas de vida saludable y ofrecer tratamiento a quienes más lo necesitan.

El programa, que tiene 1.103 doctores, solo en São Paulo, necesitaría otros 200 para atender a la población del municipio. El escenario se repite en otras partes pobres del país. Para paliar el déficit de facultativos en esas zonas, el Gobierno brasileño ha creado este año el Programa Más Médicos, que ofrece vacantes en la periferia a profesionales formados en el exterior. La mayoría procede de Cuba, gracias a un convenio entre los dos países por el que las autoridades de la isla caribeña se queda con parte del salario del escogido. El asunto generó mucha polémica en Brasil y algunos cubanos fueron recibidos en los aeropuertos al grito de “esclavos” por parte de médicos brasileños indignados.

El centro de salud del Jardim São Bento, donde trabaja Navarrete, es uno de los que participan en el programa. Necesitaban un doctor desde hace un año, pero nadie quiere este trabajo, por los peligros asociados, y por eso se recurre a los cubanos. EL PAÍS acompañó a Navarrete durante una jornada laboral rutinaria. A las 7 se abren las puertas del centro, pero el movimiento comienza desde mucho antes. En poco tiempo, todas las sillas de la sala de espera están ocupadas. Hay dos grandes filas: una, la de los que necesitan análisis de sangre o de orina, que no están programados. Otra, la de quienes buscan atención odontológica de emergencia. En ambos casos, solo se recibe a quien llega antes de las 8. Después de ese horario, se atiende prioritariamente a los pacientes que pidieron cita con médicos, dentistas o enfermeros. Hacerse un hueco puede tardar.

Minutos después, una mujer que ha llegado con retraso grita, indignada. Los funcionarios y los pacientes ni la miran, acostumbrados a ese tipo de escenas. Más tarde, en la recepción se produce otra escena violenta con otra enferma que se entera de que tendrá que esperar dos meses para ser atendida. Su indignación está justificada. Según datos del Ayuntamiento de São Paulo, ese es el plazo medio de espera para cualquier consulta. En junio de este año, hasta 761.645 solicitudes se agolpaban en una especie de cola virtual para procedimientos como consultas, cirugías y exámenes. Dependiendo del tipo de atención requerida, la espera puede prolongarse dos años. Los más afectados por ese retraso son los más pobres, que no pueden recurrir a los servicios de médicos y laboratorios privados.

“Todos los días hay gritos, insultos. Esa porquería no vale para nada es la frase preferida de los pacientes. No entienden que no es nuestra culpa. Necesitaríamos, por lo menos, dos puestos más”, dice Navarrete. Funcionaria desde hace tres años, lidia con una lista de frustraciones diarias. “Falta de todo aquí”, dice, mientras estira el papel que recubre la camilla donde se acostará una embarazada. “Falta papel para marcar la evolución del paciente. Y recetas. ¿Cómo se hace una receta para un enfermo sin el recetario?”, pregunta.

En los 3,2 kilómetros cuadrados que cubre el centro del Jardín Son Bento actúan nueve equipos del Programa de Salud de la Familia. Cada uno atiende entre 3.500 y 4.000 personas, un número considerado alto por la cubana, naturalizada española, Bárbara Mena, de 52 años, la extranjera del Más Médicos que llegó al puesto hace dos semanas y que dirigirá, después de un periodo de adaptación, al equipo que se quedó hace un año sin titular. Cuenta que formó parte del grupo de cubanos que, en 1996, ayudó a Brasil a montar su propio Programa de Salud de la Familia y dice que, en Cuba, uno de los modelos brasileños del proyecto, cada equipo asume un área con solo 1.000 personas.

El área de Navarrete está integrada en el centro de salud. Pero muchos ancianos, con dificultad de locomoción, no consiguen llegar a la unidad de salud y dependen de la visita a domicilio. Es el caso de Sebastiana de Meneses, de 89 años. Con pasos cortos, deja su dormitorio y se aproxima al salón, donde se encuentra la médico. Comienza, entonces, a llorar. “Un viejo no sirve para nada”, desafía. Sebastiana está muy preocupada: no ve con el ojo derecho, pero tiene miedo de operarse de cataratas.

Unas casas más adelante, la doctora se encuentra con Nair Vicente da Silva Santos, de 68 años. Responsable de cuidar de su hermana Antonia, de 98, a la que se le paralizó un lado del cuerpo tras un infarto cerebral, Nair desarrolló una bursitis (inflamación de las articulaciones) en el brazo derecho, justo el que más emplea para levantar y sentar a su hermana en la silla de ruedas. En una de las visitas a Antonia, el equipo de salud se dio cuenta del problema y llamó a una fisioterapeuta para que la aconsejara.

El papel del médico de familia es esencial en áreas de gran vulnerabilidad social, como el Capão Redondo. Al pasar por el barrio, Navarrete recuerda a los pacientes que deben tomar sus medicamentos. Y se sabe de memoria muchos de los casos. “Descubrimos que una mujer era diabética. ¿Sabe cómo? Después de que la encontramos desmayada en el suelo, rodeada de cajas de leche condensada vacías”, cuenta. “En aquella casa vivía un señor hipertenso, que se pasaba el tiempo en une bar, siempre con un vaso lleno de un líquido negro. Yo llegaba y le preguntaba: ¿Qué está usted bebiendo?’. Él respondía: ‘Es café, doctora’. Yo cogía el vaso, olía y era Caracu [cerveza negra], vino... Inmediatamente murió.”

A pesar de la popularidad que tienen entre los habitantes, los facultativos no pueden circular sin la compañía de un agente de salud, en su mayoría mujeres y vecinas del barrio. Es un requisito obligatorio para proteger a los profesionales que sin su ayuda no sabrían por qué calles, dominadas por el tráfico de drogas, se puede circular.

La relación de los funcionarios con los delincuentes es delicada. Los profesionales se sienten protegidos de las acciones de criminales, que saben que la unidad es importante para la población. Pero saben también que es necesario tratar de forma distinta a los capos del narcotráfico y a sus familias. “Sus mujeres son atendidas al instante, nunca piden consulta”, cuenta una paciente, ante dos profesionales de la salud, que asienten.

“Desgraciadamente, hay un poder paralelo. Las mujeres de los delincuentes llegan con arrogancia, saben que nadie puede meterse con ellas. Las personas que están allí lo saben. ¿Quién va a desafiarlos? La violencia también es un problema de salud”, explica Thiago de Castro Menezes, 31 años, gerente de la unidad.

Entre las familias atendidas, estaba la de un ex-jefe del primer Comando de la Capital (PCC), la facción criminal que domina los presidios de São Paulo, asesinado recientemente, cuenta la médico. Tras ese incidente, hubo un vacío de poder y el puesto sufrió el primer asalto: empuñando un arma, los criminales abordaron a un médico, en el aparcamiento de la unidad, a las cuatro de la tarde. Se llevaron su camioneta. El médico pidió la baja.

“Aquí esas cosas no suelen suceder”, explica Navarrete. “Tengo amigos que trabajan en otras áreas que sufrieron asaltos durante las visitas domiciliarias. ¿Comprende el estrés que supone trabajar en la periferia?”

Es ese tipo de estrés, provocado por la violencia y por la precariedad de las estructuras, lo que aleja a los médicos de la periferia, incluso con ofertas de salarios que rozan los 14.000 reales (6.070 dólares), alegan las asociaciones profesionales que critican el Programa Más Médicos porque no exige que los extranjeros pasen por una prueba en Brasil para convalidar sus diplomas, como ocurre con el resto de los profesionales extranjeros. Pese a las fuertes críticas, han llegado 6.664 facultativos formados en el exterior, de ellos 5.400 cubanos, pero también hay argentinos, españoles, venezolanos y bolivianos. Aún así, los más pobres necesitarían aún 6.336 médicos más.