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ANÁLISIS

El ‘gran vecchio’

El último episodio turbio de la vida de Andreotti le ligaba a una cuenta secreta del banco vaticano

Giulio Andreotti, en 2005 en el Vaticano.
Giulio Andreotti, en 2005 en el Vaticano. Gamma-Rapho / Getty

Ha muerto Giulio Andreotti a los 94 años. Y casi parecen pocos. Cualquiera hubiera pensado que el hombre que dominó la política italiana durante la práctica totalidad de la Primera República era más que centenario. Un personaje infinito, un dios local sin edad, hasta tal punto fue omnipresente en el escenario turbio y complicado de Italia en los años que van de la posguerra hasta principios de los años noventa. Romano de nacimiento y católico de misa diaria, Andreotti siempre nutrió una cierta vocación cardenalicia. Si se inclinó por la política laica fue porque, como solía reconocer, las mujeres le atrajeron desde muy joven. Él fue fiel a la suya, Livia Danese, que se mantuvo en un discretísimo segundo plano. El estilo político de Andreotti no hubiera desentonado en la curia romana, con la que siempre estuvo en total sintonía.

Aunque no puede decirse que la política civil le fuera mal. Desde la etapa constituyente hasta el desmoronamiento de la Democracia Cristiana, tras el huracán judicial de mani pulite (manos limpias), Andreotti lo fue todo en la vida política italiana. Ministro en una veintena de gabinetes democristianos, siete veces primer ministro, estuvo a punto de concluir su carrera política en el Quirinal. Si no consiguió ser presidente de la República fue porque dos mafiosos arrepentidos le identificaron como el principal referente de la Mafia siciliana en la política romana. La batalla judicial, iniciada en 1995, se cerró tras las correspondientes apelaciones como muchas veces ocurre en la historia judicial italiana, con la prescripción del delito. Para entonces, Andreotti, con su figura encorvada y su aspecto vacilante, era un anciano todavía influyente, en su calidad de senador vitalicio.

Lo sorprendente del poder andreottiano es su capacidad de adaptación pese a la sucesión de escándalos en los que invariablemente aparecía su nombre

Desde su estudio privado de la plaza romana de San Lorenzo in Lucchina, donde recibió a EL PAÍS en junio de 1998, Giulio Andreotti seguía ejerciendo una notable influencia en la política italiana. En la antesala de su despacho, media docena de personas esperaban ser recibidos por el gran líder. Lo sorprendente del poder andreottiano es su capacidad de adaptación pese a la devastadora sucesión de escándalos en los que invariablemente aparecía su nombre. El más grave de todos, probablemente, el secuestro y asesinato por las Brigadas Rojas, en 1978, del entonces líder de la Democracia Cristiana, Aldo Moro. ¿En qué medida era culpable Andreotti de la tragedia? Los escritos de Moro, redactados mientras estaba en manos de sus secuestradores, son duros con su correligionario. Y las zonas de sombra en la investigación del secuestro —pistas no exploradas, errores policiales— alimentaron las teorías conspirativas que veían una y otra vez en Andreotti el representante de un poder oscuro y manipulador, una especie de gran vecchio que manejaba los hilos de la alta política italiana.

El nombre de Andreotti aparecía detrás de la bancarrota del banco Ambrosiano, en 1982, con su estela de muertes nunca aclaradas; detrás del asesinato del periodista Mino Pecorelli, colaborador de los servicios secretos italianos, o de las intrigas ligadas a la logia masónica P2. El último episodio turbio en la abultada biografía de Andreotti quedó al descubierto en mayo de 2009, cuando el periodista Gianluigi Nuzzi —el hombre que destapó los papeles del Vatileaks— publicó documentos secretos sobre las cuentas anónimas del Instituto para las Obras de Religión (Ior), más conocido como el banco vaticano, en las que aparecía Andreotti como titular o como beneficiario. Cuentas por las que transitaban sumas considerables de dinero en los años noventa, con destino a proyectos más o menos caritativos de Andreotti, e incluso a financiar iniciativas políticas próximas. Todo el material procede de un archivo de documentos guardado cuidadosamente por un monseñor empleado en el Ior durante años. El libro cayó como un mazazo en el Vaticano, pero Andreotti se mantuvo impasible. Preocupado, quizás, por otros juicios.

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