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COLUMNA

Malí y sus vecinos

El país africano podría hallar en su entorno regional el apoyo que Afganistán nunca tuvo

Soldados malienses entran a la ciudad de Tombuctú este lunes.
Soldados malienses entran a la ciudad de Tombuctú este lunes. AFP

La Operación Guepardo francesa en Malí ha popularizado la visión de ese país como un potencial Afganistán en el Sáhara, a una incómoda media distancia del territorio europeo. Si Malí es Afganistán, tienta pensar en Argelia como el Pakistán de la zona, el vecino susceptible, influyente, expuesto y poco de fiar; y a los vecinos del África Occidental compararles con las repúblicas post-soviéticas de Asia Central, vulnerables, étnicamente vinculadas con Afganistán e incapaces de jugar papel alguno en la resolución de su conflicto. Las comparaciones son atractivas desde el punto de vista periodístico, pero pueden ser engañosas: con las debidas cautelas, el entorno regional del Sahel podría ser más favorable a una estabilización de Malí de lo que lo es el Asia Central para Afganistán.

Mucho invita a asimilar a Malí con Afganistán: con bajísimo desarrollo humano, sin acceso al mar, con fronteras porosas, en el centro de tensiones regionales, los dos son Estados frágiles que no logran imponer su control en todo el territorio. En los rincones más remotos de sus geografías, cruzadas por redes internacionales de tráfico de personas, narcóticos y armas, insurgencias radicales parásitas se reagrupan y traman su acción internacional. Las diferencias, sin embargo, no son menos notables, desde la misma geografía física (no es lo mismo el vasto desierto abierto que las montañas afganas), hasta el legado colonial, la historia reciente, la composición de la población o incluso la relación tradicional de la población con las interpretaciones más radicales del islam.

Si las madrasas de Pakistán son y fueron foco de radicalización que alimentó el movimiento talibán en Afganistán, no se puede entender la irrupción del islamismo radical en Malí sin tener en cuenta la brutal guerra civil argelina y sus derivaciones. Argelia y Pakistán actúan de potencias regionales, vinculadas por poblaciones transfronterizas con sus frágiles vecinos (los tuareg en un caso, los pastunes en el otro), Estados con un enorme peso de un estamento militar que controla buena parte de los resortes del poder (y la economía) y con servicios secretos que constituyen un mundo aparte (el DRS argelino y el ISI paquistaní), con opacos vínculos con los mismos radicales a los que dicen combatir. Ambos países comparten actitud, entre recelosa y paternalista, hacia sus vecinos en conflicto; miedo a que el archienemigo (Marruecos para Argel, India para Islamabad) aproveche el caos al otro extremo de sus fronteras; desconfianza extrema a la intervención occidental, a la que no pueden sustituir como freno a los radicales y, sobre todo, certeza de su propia vulnerabilidad a esos mismos radicales en el ámbito doméstico. Pero avanzar demasiado en la comparación con Pakistán supondría olvidar el papel mediador de Argelia en el cese de los conflictos con los tuareg en Malí en 1995 y 2009, su recelo al rol agitador de la Libia de Gadafi o su relativa independencia internacional y militar, apoyada en los hidrocarburos.

En cuanto a otros vecinos, no se puede equiparar la irrelevancia en el conflicto afgano de vecinos como Uzbekistán, Turkmenistán y Tayikistán, únicamente preocupados por evitar el contagio en sus respectivos países, con el papel proactivo de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), quien primero jugó un destacado rol en la gestión de la crisis ocasionada por el golpe de Estado de marzo de 2012 en Malí, y ahora se suma al esfuerzo militar internacional con el envío de tropas de Benín, Burkina Faso, Chad, Costa de Marfil, Níger, Senegal y Togo. La petición de ayuda del Gobierno maliense y la gestión regional de una CEDEAO que ya cuenta con experiencia en lidiar con crisis suponen un punto de partida sólido, reforzado por la resolución 2071 (2012) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Precisamente la dimensión regional puede ser clave para la solución del conflicto, más allá de la actual fase militar. Si Francia logra aplacar las suspicacias en Argelia, bregada en la lucha contra los mismos grupos radicales, bien conectada con los tuareg y siempre recelosa de las motivaciones francesas en África, e integrarla en una solución regional, y si al consenso de la CEDEAO se logra sumar a los Estados del Magreb árabe, el contexto regional puede contribuir a una progresiva estabilización. Bajo el radar internacional, África Occidental se ha ido dotando de mecanismos de gestión de crisis inexistentes en otras latitudes y probados en los escenarios más complicados. Paradójicamente, a pesar de todas las fragilidades, Malí podría acabar encontrando en su entorno africano el apoyo de los vecinos para recobrar la senda de la estabilidad que Afganistán nunca tuvo.