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Los kurdos sirios luchan por su autonomía

Las tropas de El Asad dejaron la región, pero hay combates con los rebeldes

Milicianos árabes, listos para luchar con guerrilleros kurdos en Serekaniye.
Milicianos árabes, listos para luchar con guerrilleros kurdos en Serekaniye. REUTERS

En otro giro, el conflicto en Siria podría acabar arrastrando a la población kurda a la lucha por la autonomía de su región. Hasta ahora, la región mayoritariamente kurda del norte y el noreste de Siria había conseguido mantenerse casi al margen de la guerra civil que enfrenta al régimen del presidente Bachar el Asad con diferentes grupos rebeldes mayoritariamente árabes suníes.

“Nos gustaría que ambas partes [rebeldes y Gobierno de El Asad] dejaran las armas y que todos pudiéramos cambiar el régimen hablando”, afirma Yusef Haji en Derik, una población del Kurdistán sirio. Haji es miembro del llamado Tev-Dem, una especie de Gobierno regional establecido por el Partido para la Unión Democrática (PYD), el mayor y más organizado de la región. “No queremos que ni el régimen ni los rebeldes vengan aquí, y nos defenderíamos si lo hicieran”, añade Haji.

El 12 de noviembre, Derik se convirtió en el último de una serie de pueblos kurdos del noreste de Siria que han expulsado pacíficamente a las tropas y a la policía del régimen. En varios municipios, residentes y milicianos de las Unidades de Defensa Popular (YPG) rodearon los edificios del Gobierno y exigieron a los hombres de El Asad que se marcharan.

En Siria, hay cerca de dos millones de kurdos que representan alrededor del 10% del total de la población. Son la minoría más importante, pero tanto el régimen de Bachar el Asad, como el de su padre, Hafez, no les permite usar su idioma en público ni disfrutar de los mismos derechos que los ciudadanos árabes. Con la expulsión de las tropas del Gobierno, los kurdos han ganado una inesperada autonomía y culminado un proceso que se inició en julio, cuando el régimen —por exigencias del conflicto— comenzó a retirar parte de sus tropas de varias plazas del Kurdistán. Pero la autonomía está amenazada por los enfrentamientos entre rebeldes islamistas y kurdos y por la falta de unidad entre los últimos.

La semana pasada, milicianos kurdos de las YPG y dos brigadas islamistas se enfrentaron durante días por el control de Serekaniye (Ras al Ain, en lengua árabe), un pueblo de mayoría kurda en la frontera con Turquía, que hasta poco antes bombardeaban las tropas del régimen. Al menos 34 personas murieron en los combates, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, la gran mayoría miembros de las brigadas Yabat el Nusra y Guraba el Sham, cercanas a Al Qaeda y que forman parte del entramado cada vez más complejo de rebeldes que lucha contra El Asad.

El 23 de noviembre, kurdos e islamistas acordaron un alto al fuego sujeto a que los hombres de Yabat el Nusra y Guraba el Sham abandonaran Serekaniye. Está por ver, ya que los islamistas han dicho que pretenden seguir ocupando la región y que quieren llegar a la oriental ciudad de Qamishli —junto a la frontera y también de mayoría kurda—, para lo que han pedido a las YPG que no se interpongan en su camino, aunque esta milicia no parece dispuesta a obedecer. Además, diversas informaciones hablan de que cientos de guerrilleros kurdos avanzan hacia Serekaniye y Qamishli.

En juego está el control del estratégico Kurdistán sirio, rico en petróleo y fronterizo con Turquía e Irak. Pero, para complicar aún más la situación, los demás partidos políticos kurdos sirios se han agrupado en el Consejo Nacional Kurdo (KNC), que critica duramente tanto al PYD como a las YPG, a las que considera dos caras de una misma moneda.

Tanto el KNC como Turquía consideran que el PYD es en la práctica la rama siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una organización enfrentada al Gobierno turco desde 1984 en un conflicto armado en el que han muerto cerca de 40.000 personas. Turquía, la Unión Europea y Estados Unidos consideran al PKK una organización terrorista.

Altos cargos y miembros del PYD repiten que no tienen relaciones con el PKK, a pesar de que admiten coincidir ideológicamente con ellos y reverencian a su líder y fundador, Abdula Ocalan, encarcelado en Turquía desde 1999, y cuyas imágenes y banderas están por todo Derik.

Ankara, que ha mostrado abiertamente su apoyo a los rebeldes sirios, mira con muchísimo recelo tanto al PYD y a las YPG, como a la autonomía que están consiguiendo en la región. La semana pasada, Turquía pidió a la OTAN que le facilitara misiles antiaéreos Patriot para situarlos junto a la frontera siria, lo que ha desatado las alarmas en Rusia e Irán, principales aliados de El Asad y a quienes preocupa un eventual ataque turco contra Siria bajo el pretexto de defender a los refugiados en su territorio, pero con el objetivo, entre otros, de impedir que la autonomía de los kurdos sirios y su acercamiento al PKK desestabilicen el Kurdistán turco, en donde viven más de 15 millones de personas, el 20% de la totalidad del país. A su vez, las milicias YPG acusan a Turquía de ayudar y permitir a los rebeldes islamistas moverse libremente por territorio turco.