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El otro final de la ‘Bounty’

La réplica del legendario buque es una de las víctimas del paso de Sandy por Estados Unidos

La 'Bounty', mientras se hunde en el océano Atlántico en las costas de Carolina del Norte.
La 'Bounty', mientras se hunde en el océano Atlántico en las costas de Carolina del Norte. AFP

Es una sensación terrible que se haya hundido, perdiéndose una vida (otro tripulante sigue desaparecido), un barco en el que estuviste a bordo, y más aún si ese barco es el HMS Bounty.

Mi presencia en la réplica de la famosa embarcación del más célebre motín de la historia con permiso del Potemkin, duró solo unas horas de una tarde hace cinco años y sin salir del puerto, pero para mí resultó una experiencia tan intensa como recorrer los siete mares con La Perla Negra de Sparrow. Ahora además es algo irrepetible.

La Bounty que se nos acaba de hundir trágicamente en la costa de Carolina del Norte a causa de ese Kraken que es Sandy era, pese a su naturaleza de copia moderna, un barco al que no podías mirar sin que se te acelerara el pulso y empezaras a soñar en las más emocionantes singladuras. Estremece imaginarla bajo el mar, su mascarón recostado sobre el lecho marino, sus jarcias devenidas escaleras de peces, su timón en manos de las algas, la sombra del amotinado Marlon Brando atrapada para siempre en su camarote. El destino ha querido que la tripulante fallecida, Claudene Christian, fuera descendiente precisamente del personaje real al que interpretaba Brando, el más conocido amotinado: Fletcher Christian.

Recuerdo la primera impresión al verla, la Bounty, amarrada al Moll de la Fusta barcelonés: hube de frotarme los ojos ante aquella estampa maravillosa que destacaba sobre el muelle gris y la imagen cotidiana de los barcos de recreo de los clubs vecinos. La quintaesencia de la aventura anclada en un lunes cualquiera.

La réplica de la 'Bounty' junto a Chicago, en julio de 2003.
La réplica de la 'Bounty' junto a Chicago, en julio de 2003. AFP

El nombre grabado en la popa era un desafío a todo lo de rutinario y aburrido que tiene la vida. Subías por la pasarela —previo pago de cinco euros, tres con descuento: una ganga para engrosar tu existencia hasta el cinemascope— sintiendo que te transformabas en un osado marino dispuesto a afrontar cañonazos, huracanes (¡ay!), latigazos y rebeliones a bordo, rumbo a los mares del Sur y su promesa de playas, palmeras y nativas afectuosas. El ambiente era, por supuesto, mucho más alegre que en la Bounty de verdad, sin asomo de Bligh y con un grupo de jóvenes simpáticos prestos a enseñarte el barco y a hablarte de su singladura —entonces seguían la ruta de la nave original que debía culminar un año después en la isla de Pitcarirn—. Se ve que navegaba bien; desde luego navegaba lejos.

El interior del navío, con algunos elementos cinematográficos como las cabinas de los oficiales, incluía una pequeña exposición sobre las películas filmadas a bordo, El Motín de la Bounty, claro, pero también la versión de La isla del tesoro (1989) con Charlton Heston y Piratas del Caribe 1 y 2. Había algo raro en las dimensiones: la Bounty de mentira era un tercio más grande que la original para poder hacer evolucionar con comodidad las cámaras. De hecho casi no tenías que agacharte en ningún sitio. En cubierta, en el entrepuente, en una mesa vendían recuerdos relacionados con la embarcación. El gorro que compré con el nombre de la Bounty y que, como es lógico, tanto fastidiaba a mi cuñado capitán cuando navegaba con él fue a parar al mar por un golpe de viento y se fue al fondo precediendo en varios años el destino del barco.

La Bounty que se ha hundido era la pormenorizada y cuidada reproducción —casco de roble americano— construida en 1960 según los planos originales que conserva el Almirantazgo británico de la que en 1787 zarpó de Inglaterra rumbo a Tahití, al amotinamiento y a la leyenda. Ese primer barco era en realidad un carguero construido en 1783 con el nombre de Bethia y que la armada inglesa adquirió y transformó en buque armado (cuatro cañones de cuatro libras y diez pequeños cañones giratorios) rebautizándolo como HMS Bounty. Aunque se le ha tratado de rehabilitar (de hecho siguió navegando y ascendiendo en la Navy y llegó a gobernador de Nueva Galés del Sur) y presentarlo como lo que era, un extraordinario marino, la posteridad no ha sido muy justa con su capitán, Bligh, un gran profesional (había servido con Cook), ni más ni menos duro que los otros capitanes de su tiempo. Por culpa del cine ha quedado asociado al látigo y al fracaso mientras que el amotinado Fletcher Christian ha salido de rositas de su fea acción y lo han interpretado guapos como Clark Gable, Marlon Brando o Mel Gibson.

Nuestra pobre Bounty era la que se construyó precisamente para el filme de Brando, la segunda versión cinematográfica de la singladura, de 1962, con Trevor Howard como Bligh. Se conserva otra, una tercera, de pega (casco de acero revestido de madera), la construida para el filme de Mel Gibson de 1978 y que sirve de atracción turística y paseo la isla de Lantau (Hong Kong). La Bounty que nos atañe, la segunda, fue botada el 27 de agosto de 1960 en Nueva Escocia y estaba perfectamente preparada para navegar. Lo hizo hasta Tahití vía Panamá para el rodaje. Estaba previsto quemarla —como sucedió con la Bounty original, en la actual Bounty Bay, en la isla de Pitcairn, donde los restos fueron hallado en 1957— pero fue amnistiada, en parte gracias a Brando y Metro Golden Mayer la mantuvo en servicio para promoción, entretenimiento y otros rodajes. Después de perder el permiso de navegación por falta de mantenimiento fue sometida a una profunda restauración en 2002, tras lo que se la empleó como barco de recreo, buque escuela y escenario de aventuras de Sparrow. Poco después fue cuando realizó el tour mundial que incluyó repetir el viaje de la Bounty original y que la llevó a pasar por Barcelona. En 2009, en un puerto escocés, unos ladrones la abordaron y robaron dinero y varios elementos del barco. La Bounty estaba en venta desde 2010 y el precio actual era de 4,6 millones de dólares: la cara que hubieran puesto en la regata de barcos clásicos de Menorca.

La última aventura de la Bounty parece entresacada de la gran tradición del género: con huracán incluido, tripulantes barridos de cubierta por las olas, salvamento in extremis de los afortunados y capitán desaparecido. En eso, en la aventura, ha seguido trágicamente los pasos de su predecesora haciendo honor a su nombre. Haber puesto un día los pies en su cubierta es un terrible privilegio que llena de espanto y conjura hoy el eco de la lejana tormenta, ribeteado de espuma y de tragedia.