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Un militar y un islamista se disputan la presidencia de Egipto

Los 50 millones de electores deben decidir entre el islamista Morsi, de los Hermanos Musulmanes, y el ex general Shafik, candidato de la Junta Militar

Los militares anuncian, tal y como estaba previsto, el cierre del Parlamento

Los Hermanos Musulmanes responden pidiendo un referéndum

Soldados a la entrada de un colegio electoral en Al-Sharqya, a unos 60 kilómetros de El Cairo.
Soldados a la entrada de un colegio electoral en Al-Sharqya, a unos 60 kilómetros de El Cairo. REUTERS

Decidir entre apoyar a un militar o a un hombre de profundas convicciones religiosas resulta una tarea complicada para los 50 millones de egipcios, convocados a las urnas desde la mañana del sábado y hasta el domingo por la noche. La cita es de enorme calado. Se trata de elegir al hombre —no ha habido ninguna candidata— que pilotará la transición del país más poblado del mundo árabe. Es además la puesta de largo democrática de un país que elige a su presidente en unas elecciones libres, por primera vez en su historia. Es también el país que hace 16 meses sorprendió al mundo con una revolución que destronó a su eterno dictador y que ahora teme una reinstauración del antiguo régimen.

Prueba de las tensiones que vive el país, los militares han anunciado que, tal y como estaba previsto tras la anulación de un tercio de los escaños, procedían al cierre oficial del Parlamento. Ante esta decisión, los Hermanos Musulmanes han pedido la celebración de un referéndum y han inisistido en su rechazo al cierre de la sede parlamentaria. En un comunicado, la formación islamista asegura que la Junta Militar, que se ha atribuido la capacidad de legislar, no tiene el derecho de "arrebatar el poder legislativo" y califica lo sucedido como "golpe a la marcha de la democracia" en el país.

Desde primera hora de la mañana, los egipcios se han ido dejando caer por los colegios electorales. Las colas son aparentemente menores que las que se formaron en la primera vuelta de los comicios el mes pasado. Hay analistas que hablan de una posible caída de la participación ante el desencanto de buena parte de la población que no se siente representada por ninguno de los dos candidatos. El calor abrasador también podría explicar que muchos votantes decidan esperar a última hora de la tarde para acercarse a votar.

Ahmed Shafiq, antiguo piloto militar y el último primer ministro que tuvo el régimen de Mubarak se enfrenta a Mohamed Morsi, un hombre con poco tirón, que encabeza la lista de los todopoderosos Hermanos Musulmanes. Los dos candidatos son de alguna manera fruto de las estructuras de poder del antiguo régimen. Los revolucionarios de la plaza Tahrir no han sido capaces de sacar adelante un candidato con capacidad de competir.

No hay un claro favorito, ni sondeos que sirvan de orientación, lo que incrementa las toneladas de incertidumbre que están marcando este proceso electoral. Sin Parlamento, con una constitución pendiente de redactar y sobre todo sin que esté nada claro qué papel va a jugar la Junta militar, se celebran los comicios. Con estos mimbres se estrenará además el nuevo presidente. El 1 de julio es la fecha tope fijada para que los militares entreguen el poder.

El pasado jueves, a 48 horas de que abrieran las urnas, el tribunal Constitucional emitió sendas sentencias, una de las cuales impone la disolución del Parlamento que dominan los islamistas. Morsi se ha comprometido a acatar la decisión de la Corte, pero ha advertido también que si pierden y sospechan que ha habido fraude, lanzaran a sus seguidores a la calle para que protagonicen la llamada segunda revolución. La oposición laica y revolucionaria ha protestado en los dos últimos días ante lo que consideran un golpe de Estado blando con el que el Ejército trata de aferrarse al poder en el último minuto. Numerosos analistas se adhieren a esta interpretación y comparan lo sucedido esta semana en Egipto con el golpe de Estado en Argelia a principios de los 90, cuando los islamistas estaban a punto de hacerse con el poder. y que terminó por llevar al país a una guerra civil.

En la calle, la cosa cambia. Las preocupaciones a menudo son otras. “No sé lo que hacen los militares ni lo quiero saber. Tampoco me importa que el presidente sea más o menos religioso. Yo voy a votar a Shafiq por que lo único que me importa es la seguridad y que vuelvan los turistas”, explica un comerciante que vende lámparas en el centro del Cairo. La seguridad en las calles, la estabilidad política y una mejora económica son las principales bazas de Shafiq, el candidato continuista.

Morsi sin embargo apela al cambio, a la ruptura con la era Mubarak y al renacer de un nuevo Egipto en el que eso sí, la sharia, la ley islámica ejerza de hilo conductor. “Yo no pertenezco a los Hermanos musulmanes, pero voy a votar a Morsi porque no quiero que vuelva el antiguo régimen. El Estado civil se encuentra ahora amenazado”, piensa Hissam Abdul Moenim, empleado de banca cairota. Junto a los convencidos están los votan al que menos les disgusta y también los que simplemente se quedarán en casa porque sienten que su voto poco influirá en el futuro de su país. Mañana domingo, las urnas volverán a abrir temprano y se cerrarán a las ocho de la tarde. Luego vendrán las primeras estimaciones y a principios de la semana que viene se conocerá por fin el nombre del nuevo presidente de Egipto.