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OPINIÓN

Afganistán, entre el yunque y el martillo

Recuerden el nombre de Abdullah Abdullah. Tal vez sea la última baza. Él encarna esa tercera fuerza que es la oposición democrática, frente a los asesinos talibanes y los corruptos del régimen de Karzai

Un grupo de afganos protesta en Jalalabad, el pasado 13 de marzo.
Un grupo de afganos protesta en Jalalabad, el pasado 13 de marzo. REUTERS

Hace casi exactamente diez años que regresé de Afganistán con el “informe” que me habían encargado Jacques Chirac, Lionel Jospin y Hubert Védrine, y en el que detallaba la posible contribución de Francia a la reconstrucción política, cívica, cultural y militar de un país arruinado por décadas de dictadura, guerra y masacres.

Evidentemente, no voy a reiterar aquí las recomendaciones que hice entonces.

Tampoco insistiré en la larga serie de errores cometidos por una comunidad internacional que nunca hubiera debido apoyarse en el Gobierno corrupto de Hamid Karzai; ni negociar con los mismos islamo-fascistas talibanes que pretendía apartar del poder y fue a combatir; ni, finalmente —y este es sin duda el error más burdo—, anunciar tan pronto, y a bombo y platillo, la fecha para la retirada de sus tropas: fines de 2014.

Hoy, lo importante es el resultado.

Y el resultado, no nos engañemos, es cada vez más catastrófico.

El asunto de los coranes quemados en el vertedero de la base de Bagram, al norte de Kabul.

La escapada criminal de ese soldado norteamericano que, el domingo pasado, asesinó a sangre fría a dieciséis personas, nueve de ellas niños, en tres aldeas del distrito de la provincia de Panjwai.

El síndrome de Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas, que parece amenazar a un número obviamente reducido de soldados exasperados por esta guerra sin frentes, sin adversario visible, de retos incomprensibles y en la que el amigo de ayer puede convertirse, sin previo aviso, en el enemigo de hoy o de mañana.

La comunidad internacional cometió un burdo error al anunciar la retirada de las tropas en 2014

Y la terrible paradoja de un ejército de liberación que se está ganando el odio de aquellos a los que quería liberar. O peor: ese sector creciente de la población que, puestos a estar ocupados, podría llegar a preferir la ocupación home-made de los talibanes.

Y, en lugar del país pacificado y en vías de democratización que soñábamos dejarles a los afganos, una situación trágica, absoluta y literalmente trágica, en la que todas las soluciones —es la definición de lo Trágico en la meditación de Hegel sobre Antígona— resultan igualmente desastrosas.

¿Marcharse ya, ahora mismo, antes de fines de 2014, que era la fecha anunciada? Una declaración de fracaso e impotencia. Diez años de sacrificios para terminar con una farsa. Y la práctica certeza de que, después de nuestra retirada, volverían los hombres del mulá Omar.

¿Quedarse? ¿Prolongar nuestra presencia más allá de la fecha tope de 2014? Difícil, considerando el balance humano de una guerra que, solo en las filas de la coalición, ha causado más de mil muertos estadounidenses, 404 ingleses, 52 alemanes, 36 italianos y 29 franceses. Por no decir imposible, dado que son los interesados los que no nos quieren allí y nos ven cada vez más como los iraquíes y, antes que estos, los survietnamitas, terminaron viendo a unas tropas norteamericanas cuyas intenciones, inicialmente, no siempre eran malas.

El balance humano de la guerra se ha saldado con 1.000 muertos,  404 ingleses, 52 alemanes, 36 italianos y 29 franceses

¿Marcharse y quedarse? ¿Retirar a las tropas de combate y dejar bases militares e instructores? Es lo que estaba previsto. Pero incluso esa presencia mínima podría verse cuestionada si el odio hacia Estados Unidos y la autodemonización de la coalición por sus propios excesos siguieran aumentando (a veces me pregunto si esas guerras por la libertad que, con la notable excepción de la que libró contra el nazismo, siempre han acabado tan mal, no serán una especie de maldición para Estados Unidos).

Y ¿entonces?

Entonces, lo característico de una situación trágica es que no tiene salida o, en todo caso, no una solución milagrosa.

Pero al menos podemos considerar algunas ideas. Empezando por una que defiendo desde hace años... Admitir que Afganistán no se reduce a la desesperante confrontación entre los asesinos talibanes y los corruptos del régimen de Karzai.

Aprender a contar hasta tres, es decir, hasta esa tercera fuerza que es la oposición democrática a unos y otros encarnada por Abdullah Abdullah —antiguo lugarteniente del comandante Massud—, que logró reunir más del 30% de los votos en las elecciones de 2009, pese a que estas fueron amañadas descaradamente.

Recordar, en otros términos, que si bien lo Trágico es una de las leyes de la historia, no necesariamente tiene siempre la última palabra y que a veces el valor, solo el valor, o la imaginación, otro de sus nombres, consigue abrirse paso.

En Kabul, entre ese régimen fallido al que, por pura pereza, nos empeñamos en apoyar, y los asesinos talibanes, a los que, por pura estupidez, les abonamos el terreno, están los herederos de Massud.

Y, tal vez, en una especie de último intento o de operación de la última oportunidad, antes de tirar la toalla, convendría intentar volverse hacia ellos.

Abdullah Abdullah... Recuerden ese nombre. Ténganlo presente, si lo habían olvidado. Para Afganistán y sus amigos, tal vez sea la última baza.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva