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Muere Warren Christopher, el negociador de las crisis para Carter y Clinton

El tenaz negociador de Estados Unidos fue jefe de la diplomacia durante el primer Gobierno de Bill Clinton

Estados Unidos ha perdido a uno de sus más veteranos diplomáticos, alguien que participó en casi todas las crisis internacionales a las que se enfrentaron las Administraciones de Jimmy Carter y Bill Clinton, y que destacó por un estilo de negociación pragmático y desprovisto de corsés ideológicos. Warren Christopher (Dakota del Norte, 1925) falleció el viernes a los 85 años a causa de un cáncer, según confirmó a Associated Press O'Melveny & Myers, el bufete de abogados en el que trabajaba. La hoja de servicios de Christopher está plagada de éxitos diplomáticos, como la aprobación de los acuerdos entre palestinos e israelíes en Oslo en 1993, y de errores de cálculo, como la inacción norteamericana ante el genocidio de Ruanda.

En enero de 1981, una nota de AP ya saludaba a Christopher como "el héroe número 53". Se refería la agencia de noticias a sus labores en Argelia como negociador en la crisis de los 52 rehenes norteamericanos en la embajada estadounidense en Teherán, tras la toma de poder por parte de los ayatolás. Era entonces Christopher el subsecretario de Estado de Jimmy Carter. Negoció incansablemente durante 11 días, casi sin dormir, hasta que los ayatolás, que esperaron al día en que Carter le entregó el poder a Ronald Reagan, liberaron a los rehenes.

Carter le había entregado a Christopher la Medalla Presidencial a la Libertad, el mayor galardón civil de EE UU, unos días antes. Dijo de él el entonces presidente: "Warren Christopher tiene el tacto de un verdadero diplomático, las dotes de estratega de un gran soldado, la capacidad analítica de un estupendo abogado y la dedicación abnegada de un estadista ciudadano". Había nacido en Dakota del Norte en 1925. Estudió derecho en la Universidad de Stanford y estuvo en la reserva de la Marina durante la Segunda Guerra Mundial.

Christopher había sido asistente del Fiscal General (ministro de Justicia) entre 1967 y 1969, durante la Administración de Lyndon B. Johnson. A partir de entonces alternó de forma sucesiva labores de abogado con los puestos más altos de la diplomacia norteamericana, siempre bajo presidentes demócratas. Las negociaciones sobre los rehenes en Irán fueron un éxito diplomático póstumo para la presidencia de Carter, por lo que Bill Clinton le ofreció a Christopher el puesto de secretario de Estado en su primera Administración.

Su primera prueba con Clinton fue la de la violencia en los Balcanes. En mayo de 1993 visitó Europa y trató de convencer a los demás países de la OTAN de que era necesario detener la campaña de limpieza étnica de los serbios en Bosnia-Herzegovina, armando a los croatas y musulmanes de aquella zona y atacando objetivos serbios por vía aérea. Ante la impasibilidad europea, Christopher regresó a Washington y compareció ante la Cámara de Representantes, donde dijo: "Aquello es un problema del infierno". La frase resonó por todo el mundo. La OTAN, que había implementado una zona de exclusión aérea, atacó objetivos serbios en Bosnia en abril de 1994.

En contraste, Christopher utilizó de forma muy limitada la palabra genocidio en la crisis humana de Ruanda. EE UU actuó de forma lenta y no intervino con la presteza que había demostrado en el caso serbio. Una serie de documentos clasificados revelados en 2001 por la organización privada National Security Archive demostraron que, entre abril y mayo de 1994, la Administración de Clinton debatía internamente qué hacer mientras recibía noticias constantes de la matanza de tutsis a manos de hutus. En julio, habrían muerto unas 800.000 personas en Ruanda, según estimaciones de Washington.

Negociador incansable, Christopher tuvo una parte crucial en los pactos de Oslo, que fueron el primer acuerdo directo entre el Gobierno de Israel y la Organización de Liberación Palestina. A largo plazo, sin embargo, esos acuerdos resultaron inefectivos a la hora de traer una paz duradera a Oriente Próximo. Clinton le encargó, en 2000, supervisar el polémico recuento de votos en Florida en las elecciones presidenciales, que acabaría ganando George W. Bush tras una decisión al respecto del Tribunal Supremo.