Erri De Luca, escritor: “Construir una vida es más difícil que contarla”

El gran autor napolitano publica un ensayo sobre relaciones difíciles entre padres e hijos. Él no tiene vástagos. “No soy camarero, solo bebedor”

El escritor Italiano Erri De Luca fotografiado en su casa, a 30 kilómetros de Roma, el pasado mes de octubre.
El escritor Italiano Erri De Luca fotografiado en su casa, a 30 kilómetros de Roma, el pasado mes de octubre.Antonello Nusca

La cocina de Erri De Luca (Nápoles, 72 años) es un museo de etiquetas de vino que ha tomado en la mesa donde escribe y comparte tertulia con amigos. También de imanes de los lugares a los que ha viajado pegados en la nevera y un lugar donde almacena todo tipo de artefactos para cortar leña y mantener en pie la casa de campo en la que recibe al periodista con la cafetera sobre la llama de unos viejos fogones. Giorgia Meloni ha ganado las elecciones y la guerra en Ucrania, a la que él ha viajado ya seis veces con material humanitario turnándose al volante de una furgoneta con un amigo, forman parte del zumbido informativo que se ha apoderado de toda Italia. En su casa, sin embargo, todo es silencio. De Luca es uno de los grandes escritores europeos, además de insurgente —fue acusado de incitación a la violencia por defender el sabotaje de la línea de alta velocidad Lyon-Turín, que preveía la perforación de unas montañas con amianto— y abanderado de la resistencia cívica. Ha traducido El Antiguo Testamento y es autor de La natura expuesta. Vive desde hace medio siglo a orillas del lago Bracciano, a 30 kilómetros de Roma, en un viejo establo que compró su padre y que transformó en una casa. Aquí escribe libros como A tamaño natural (Seix Barral, 2022), que analiza las relaciones extremas entre padres e hijos y acaba de publicar en España. Pero también lee, traduce del hebreo clásico y sigue trabajando con las manos, la herramienta que utilizó hasta que la literatura le permitió abandonar su trabajo como obrero.

PREGUNTA. ¿Es más difícil construir una casa, o sea una vida, o un relato?

RESPUESTA. Construir una vida, contarla es fácil. Los imprevistos son innumerables, lo que haces puede ser destruido continuamente. En el relato, no: eres infalible. Lo que dices es como es.

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P. En este libro habla de la relación entre padres e hijos, pero no los ha tenido.

R. Me quedé en hijo. La experiencia no es sustituible. Yo tengo un punto de vista unilateral, no he pasado al otro lado. No he sido responsable de otra vida, de acogerla, educarla. No he cruzado al otro lado de la barra. Yo no soy camarero, solo bebedor.

P. ¿Por qué escribió el libro?

R. Un museo del judaísmo me pidió que eligiera una obra y la contara. Seleccioné un cuadro de Marc Chagall en el que pinta a su padre a tamaño natural. Lo hace de memoria, y esa distancia le sirve para reconciliarse con él. Para pedir perdón y ligarse de nuevo a él. Él era el primogénito de un comerciante de arenques que trabajaba de noche, tenía las manos destrozadas. Y todo eso despierta la compasión de Chagall hacia su padre, y me permitió combinarla con la de Abraham e Isaac.

P. Lo publicó justo después de la pandemia. ¿Qué heridas le dejó?

R. El arresto domiciliario no lo sufrí, estaba en el campo. Pero no escribí nada. Leí libros de mi padre. Tener tanto tiempo me irritaba. Fui obrero media vida, escribo en los intervalos de la jornada. La escritura es tiempo salvado del día. Es lo contrario del trabajo, aunque me dé rédito.

P. ¿Qué significa hoy ser obrero?

R. El siglo XX ha sido el de los obreros. Hicieron la gran transformación industrial y la revolución. Pero este siglo se ha desembarazado de ellos. Han disminuido enormemente y ahora hay técnicos con máquinas automatizadas. No hay operarios con las manos llenas de trozos de hierro como las tenía yo. Y se ha reducido el peso político de la palabra. Antes era la punta de diamante de la sociedad, la vanguardia.

P. Cuando ve lugares tradicionales de la clase obrera donde vence la derecha, ¿qué piensa?

R. Es una derrota de censo. Esos obreros no existen.

P. ¿La izquierda los abandonó?

R. Los sindicatos se ocupan de quien ya trabaja. La izquierda debería ocuparse de quien no trabaja o de quien está mal pagado o explotado, de los inmigrantes… Pero en Italia no existe la izquierda. Existen las personas de izquierdas, pero no existe su suma. Existe la derecha y luego también un área de no derecha. Pero esa área no es antagonista, no se opone a la derecha: como el Gobierno de Draghi o el Gobierno de Conte. Son compatibles. Y la derecha gana porque no hay una izquierda.

P. ¿Cómo valora la derecha que gobierna Italia?

R. Esta derecha que se ha agrupado para ganar las elecciones no es una coalición. Es una operación BlaBlaCar: para hacer un trayecto de un lado a otro. Luego bajarán del coche y seguirán por su camino.

P. ¿Y funcionará?

R. Tiene una especificidad muy italiana: la variante sentimental. Ellos se detestan. Y eso deja campo abierto a la sátira. Será divertido. Y demostrarán de nuevo su incapacidad para gobernar, como ya pasó. Empezando por Berlusconi, que inauguró nuestra dependencia del gas ruso.

P. La Marcha sobre Roma ha cumplido 100 años. Se considera que es la fecha de la fundación del fascismo. ¿Ve parecidos con el periodo actual?

R. Ninguno. Nada de lo aprendido en el siglo XX ha llegado al siglo actual.

P. Usted viajó a Bosnia en camión con material humanitario y lo está haciendo también a Ucrania. ¿Es distinta la respuesta de la ciudadanía?

R. Completamente opuesta. La guerra de Bosnia fue madurando dentro de Europa sin que nos incomodara. Hubiera podido avanzar a ultranza y Europa seguir ilesa. Participé en aquellos convoyes, muchos italianos sentían una proximidad. Con Ucrania no. Lo que está sucediendo es un verdadero retorno de la guerra a Europa. Un retorno en forma de invasión: una modalidad militar de los siglos precedentes. Ucrania es la primera nación europea invadida después de la Segunda Guerra Mundial. La primera vez que entré me paré ante un cartel que decía: “Desde un punto de vista geográfico, esto es el centro de Europa”.

P. ¿Es partidario del envío de armas?

R. Claro. Soy partidario de apoyar la resistencia de un país europeo invadido. No puedo ser equidistante o neutral, esto no es un partido de fútbol.

P. ¿Qué final cree que tendrá?

R. Las guerras se resuelven en el campo de batalla. Aunque se pueda llegar a armisticios o a suspensiones provisionales. En el campo de batalla Ucrania está reconquistando territorios clave como Jersón. ¿Podrá repeler toda la invasión? No lo sé. Todos esperamos una revuelta interna en el Krem­lin. Los cambios de poder ahí solo llegan por complots o golpes de Estado, no por elecciones libres. Y esa podría ser una variante de la guerra.

P. ¿Cambiará esta guerra el sentimiento que tenemos de Europa?

R. Ha reforzado el sentimiento de pertenencia a una comunidad europea. Es un resultado involuntario, Rusia contaba con dividirnos. Es otro de sus fracasos. Es un buen momento para la unidad de Europa.

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Sobre la firma

Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

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