David Uclés y la envidia de boina
Algunos le han cogido tirria al escritor, pero no por sus ventas, sino por salirse de los sistemas de promoción establecidos


En España el poder intelectual y la boina han tenido una relación tensa desde siempre. Tanto que cuando alguien no es muy listo se dice que es más corto que el rabo de una boina. Así, mientras en el resto de Europa la boina ha sido uniforme del buen intelectual, hija del existencialismo, antiburguesa y desclasada; aquí en España se convirtió durante el desarrollismo en símbolo de catetismo y Paco Martínez Soria no se quitaba la suya para hacer de paleto. Por eso cierta élite cultural española detesta la boina por partida triple: por inculta, desclasada y antiburguesa. Sobre todo por desclasada, porque si algo caracteriza al establishment cultural patrio es su arraigado clasismo. Y por eso a David Uclés lo está criticando tanta gente culta, por puro y radical odio de boina.
Uclés vende más que nadie y es celebrado por cientos de miles de lectores, pero cada día cae peor a los escritores de orden y le hacen bullying en los recreos. Y no es porque envidien su éxito, no se crean, sino por cochina envidia de boina. Salirse de los sistemas de promoción estipulados es, para un tipo de pensamiento cultural y espiritualmente clasista, algo que no se puede consentir. Por eso a Uclés se le ha cogido tanta tirria. Podría haber elegido un sombrero y ser un respetado escritor pijo, como tantos y tan prestigiosos ha habido. De hecho, el de escritor es un oficio tan fino que en el posfranquismo para escribir bien había que ser de buena familia, como Sánchez Ferlosio. O Carmen Martín Gaite, que pudo lucir sus boinas sin recibir hate porque una escritora con boina parece más coqueta que rebelde, sobre todo si es burguesa.
¿Pero de qué va Uclés con la suya? Si es pobre que se ponga una gorra de yute y reivindique la dignidad obrera, fuente inagotable de prestigio literario desde que se estrenó la democracia hasta hoy. En nuestros círculos literarios, las escrituras pijas y las obreras se llevan superbién, porque la clase que importa es la intelectual, que puede llegar a ser la más rancia de todas. Pero Uclés se pasa por el forro (de la boina) a la casta cultural y sus liturgias. Cuando presenta un libro, en vez de sermonear al personal se pone a cantar. Toca la armónica, el arpa y la guitarra. Y ahora además decide en qué programas culturales participa y en cuáles no, como si pudiera uno salirse de la fila intelectual si le da la gana. ¿Pero con qué derecho se pone esa boina? He escuchado decir a voces cultas y críticas que la boina no es suya, que Uclés va disfrazado. Lo que me hizo recordar que el insulto del disfraz se lo escuché antes a feministas de rancio abolengo y señorío para estigmatizar a mujeres trans, esas que no quieren conquistar los derechos de los hombres sino los suyos. Igual ese es el insulto de la boina de Uclés, que anuncia una nueva identidad (literaria), feliz e ingenuamente desclasada.
Habrá quien diga que las críticas a un escritor deberían fundarse en su calidad literaria y que la boina no es el centro del asunto, y estoy de acuerdo. Pero el odio no se debe a penínsulas vacías o luces muertas. El odio viene porque hay un nuevo gallo en el gallinero literario que no respeta la cresta de los demás. Y no importa si es mejor o peor, lo hiriente aquí es que ni siquiera quiere cresta, solo su boina.
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