La punta de la lengua
Columna
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“Masacre” aniquila a “matanza”

Si hubieran ocurrido hoy, hablaríamos de “la masacre de Atocha”, “la masacre de Iquique” y “la masacre de Paracuellos”

La Delegación de Ex Cautivos de FET y de las JONS, el 7 de noviembre de 1944 en el cementerio de Paracuellos del Jarama, durante un acto en honor a los fusilados en este lugar durante la Guerra Civil.
La Delegación de Ex Cautivos de FET y de las JONS, el 7 de noviembre de 1944 en el cementerio de Paracuellos del Jarama, durante un acto en honor a los fusilados en este lugar durante la Guerra Civil.HERMES PATO (EFE)

El sustantivo “masacre” y el verbo “masacrar”, procedentes de massacre y massacrer en francés, desplazan sin remisión a sus equivalentes genuinos en castellano.

Se trata de dos alternativas aparecidas en el siglo XX en textos escritos en español y que constan en el Diccionario apenas desde 1984 (masacre) y 1992 (masacrar). Pero ya antes de esas fechas existían masacres en el mundo. ¿Cómo nos las arreglábamos entonces sin decir “masacre” y “masacrar” en referencia a una gran mortandad, o sobre la acción de ejecutarla? Pues nos las arreglábamos muy bien, porque el idioma español dispone desde hace siglos del sustantivo “matanza” y del verbo “aniquilar”. De hecho, la definición de “masacre” comienza con la palabra “matanza”: “Matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. (Sin embargo, el primer ejemplo registrado por la Academia, en 1916 en Argentina, habla de una masacre de tábanos…).

Esa situación de víctimas indefensas fue la que se dio en enero de 1977 con lo que se denominaría “la matanza de Atocha”: el asesinato a tiros de cinco abogados de Comisiones Obreras a manos de unos ultraderechistas. O con la “matanza de la calle del Correo”, la explosión con la que ETA asesinó en 1974 a 13 personas en la cafetería Rolando, junto a la Puerta del Sol. Y con la “matanza de Paracuellos” (1936, más de 2.000 presos del bando sublevado aniquilados por republicanos españoles). Y con la “matanza de Santa María de Iquique” (Chile, 1907, miles de obreros muertos durante una huelga). No parece arriesgado imaginar que todas esas atrocidades serían llamadas ahora “la masacre de Atocha”, “la masacre de la calle del Correo”, “la masacre de Iquique” y “la masacre de Paracuellos”. Además, se habría exhibido en los cines La masacre de Texas.

Nebrija ya recoge matança en su diccionario de 1495, con los equivalentes latinos occisio, occidio, cedes y strages. A su vez, el diccionario de Covarrubias (1611) define el significado de “matança” (muy poco después se abriría paso la grafía “matanza”) como “gran mortandad que se ha hecho en alguna batalla, a do han quedado muchos cuerpos muertos”. Entonces no había atentados terroristas, claro.

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Por su parte, “masacrar” puede equivaler —para los contextos en que se usa en los medios— a “aniquilar”, verbo basado a su vez en el sustantivo latino nihil (nada), que progresó luego en annichilare y que significa “reducir a la nada”, “destruir enteramente” (“el Estado alemán aniquiló a seis millones de judíos”). Iago Aspas, futbolista del Celta, declaró el 20 de agosto tras la derrota ante el Madrid (1-4): “Nos han aniquilado”. Si hubiera sido periodista, habría dicho: “Nos han masacrado”.

Los bancos de datos de la Academia ofrecen 5,5 casos de “masacre” por millón de palabras en el siglo XX; y 8,8 en lo que llevamos de siglo XXI. Y, claro, cero casos en el siglo XIX y anteriores. Sin embargo, el verbo “masacrar” desciende en el siglo XXI (2,1 casos por millón) frente a la centuria anterior (3,1).

“Masacrar” y “masacre” son hoy palabras españolas, con todas las bendiciones; y las han escrito grandes autores (eso sí, a veces para referirse a hechos ocurridos cuando el término no se usaba todavía en castellano). El preferirlas o no a las opciones más castizas concierne al estilo que cada uno se forme según sus lecturas y su entorno. Ahora bien, quienes eviten emplearlas no tendrán más remedio que toparse con ellas. Pronto oiremos hablar de la masacre del cerdo.

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Sobre la firma

Álex Grijelmo

Doctor en Periodismo, y PADE (dirección de empresas) por el IESE. Estuvo vinculado a los equipos directivos de EL PAÍS y Prisa desde 1983 hasta 2022, excepto cuando presidió Efe (2004-2012), etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades

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