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Opinión
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Meta de metástasis

2021 también fue el año en que conocimos la sucia trastienda de Facebook. Las revelaciones de la exempleada Frances Haugen evidenciaron un gran engaño

Una mujer protesta contra Mark Zuckerberg en Londres, el 25 de octubre pasado.
Una mujer protesta contra Mark Zuckerberg en Londres, el 25 de octubre pasado.TOLGA AKMEN (AFP/ Getty Images)

El año había empezado fuerte, con una turba de individuos entrando por la fuerza en el Congreso estadounidense para detener la confirmación del presidente electo y la decisión conjunta de los jefes de las grandes plataformas de desactivar a un presidente electo en funciones. Eran solo los primeros días de enero y el mundo parecía moverse cuesta abajo a gran velocidad.

La investigación oficial reveló que el asalto al Capitolio se había fraguado en grupos de Facebook, espacios recomendados por los algoritmos de la casa y alimentados con una dieta de memes, amenazas, cinismo y desinformación. Una desclasificación de correos internos mostró que la cúpula de Facebook sabía que Cambridge Analytica robaba datos de usuarios desprevenidos para diseñar campañas oscuras en favor del Brexit y Donald Trump.

Los documentos filtrados por Frances Haugen, exjefa de producto en el equipo de integridad cívica de Facebook, demuestran que Mark Zuckerberg sabía que sus algoritmos premian los contenidos más tóxicos, favorecen la radicalización de personas inestables y amplifican especialmente las campañas de desinformación. También que tenía las herramientas para evitarlo y decidió no usarlas para impedir el asalto porque ralentizan su crecimiento. Sabíamos que Facebook prioriza el crecimiento de la plataforma sobre la seguridad de los usuarios y el bien común. Pero Frances Haugen levantó la cortina de humo con la que Mark Zuckerberg creaba la ilusión del genio torpe y bienintencionado tratando de domar una bestia desbocada pero buena. La trastienda es un campo de batalla contra la realidad.

Los papeles de Frances Haugen muestran a un Mark Zuckerberg que patrocinaba su programa de verificadores externos mientras mantenía un club exclusivo de 5,8 millones de usuarios exentos de moderación. Que leía informes sobre el daño que le hace Instagram a los niños mientras preparaba el lanzamiento de Instagram Kids. Que sabía que su empresa es nociva para 360 millones de usuarios, y que estaba implicada en campañas de limpieza étnica y fraude electoral que luego negaba en el Congreso y calificaba de ridículas en las entrevistas.

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“Negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad” es uno de los principios de la neolengua que Orwell tipifica como herramienta de control de masas en su famosa novela distópica 1984. En nuestro mundo, esa clase de manipulación se conoce como luz de gas.

Haugen nos levantó la cortina y Zuckerberg nos baja el telón con un último gran acto de manipulación: Facebook cambia de nombre, pero no de lugar, de vida y costumbres. Es un acto donde no hay transformación, solo distracción. Meta no es la “siguiente versión de internet”, sino la siguiente fase de Facebook, un proyecto cuyo objetivo es colonizar internet para que todo lo que hacemos, decimos, pensamos y deseamos quede registrado en sus servidores. Una metástasis que se alimenta de desigualdad y odio para expandir su cuota de mercado.

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