Ideas
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

2021: virus y crisis de la era neoliberal

El año se despide con el mundo sacudido de nuevo por la amenaza del SARS-CoV-2. La llegada de Biden con sus planes de gasto expansivo, la histórica puesta en marcha del Fondo Europeo de Recuperación y el adiós de Merkel dejan aromas de fin de una era de desigualdad ignorada y renuencia a defender lo público

Diego Mir

Menudo año. Comenzó con la bienvenida a Biden y se despide con un adiós a Merkel con aroma a fin de era. Estos dos movimientos tectónicos, junto a los locos sucesos del Capitolio, prefiguran la entrada en el nuevo año, pero también en el ansiado nuevo paradigma que deja atrás la austeridad, aunque no abandona del todo a los hombres fuertes, que aún se aferran al poder y se afanan en fortalecer su dominio. El momento más caliente será en Brasil, en octubre: una victoria de Bolsonaro sobre Lula daría alas a la internacional trumpista y contemplaríamos en riguroso directo la muerte de una democracia. Pero volvamos al asalto de aquella turba desquiciada al símbolo de la democracia americana, un acontecimiento esperpéntico que dejó en el aire la pregunta sobre la propia democracia y nos asomó al vértigo de la desintegración de la idea misma de Occidente. Ya no somos el actor decisivo en los acontecimientos mundiales. Navegamos aún entre los desvencijados recuerdos de aquel 1989 que anunciaba nuestro advenimiento y que hoy miramos entre confusos y melancólicos. Porque sin democracia no hay Occidente, y Occidente se parece cada vez menos a Occidente mismo.

En enero, con Filomena congelando el vuelo de las aves, el motín de la naturaleza confirmaba a la fuerza nuestra mudanza de pensamiento. El virus lo ha cambiado todo y somos un poco apátridas, sin un lugar al que regresar. Lo decía Antonio Muñoz Molina: “Este no es el mundo de antes, que ha vuelto”. Pero dejamos atrás la década populista y, sin embargo, aún vibra la amenaza de los hombres fuertes. Menos mal que la victoria de Biden nos permitió pensar que algo nuevo estaba pasando. El mismo virus que sacudió al mundo y mató a más de dos millones de personas en menos de un año, el que cerró escuelas, colapsó hospitales y nos precipitó a los balcones, hizo posible que en Europa empezásemos a reimaginar nuestra comunidad política desde la interdependencia. Pero Europa solo avanza azuzada por el miedo. La Europa protectora es también la Europa fortaleza. La propuesta de centralización de las fronteras exteriores de la Unión para detener a ómicron es también el metafórico Muro de la novela de John Lanchester, un dique frente a la inmigración, voluntariosamente ciego ante esa enorme cicatriz humanitaria, “tan impávida, tan despiadada, tan implacable”. Europa se cierra y protege por dentro, una oportunidad para la nueva socialdemocracia, que debería esquivar, sin embargo, la tentación de un nuevo chovinismo.

Angela Merkel y Joe Biden caminan hacia la conferencia de prensa de la Casa Blanca (en Washington, DC) en julio de 2021.
Angela Merkel y Joe Biden caminan hacia la conferencia de prensa de la Casa Blanca (en Washington, DC) en julio de 2021.Guido Bergmann (Bundesregierung via Getty Images)

Entre tanto, la recesión económica más grave desde la II Guerra Mundial ha sido contestada con un histórico Fondo de Recuperación respaldado por una deuda de 750.000 millones, quizá el primer paso en el camino hacia la unión fiscal del club europeo. También Biden apostó por un enfoque expansivo de la política económica, desplegando una ambiciosa secuencia de programas como el Plan de Rescate, de Empleos y de Familias. Todo presagiaba la vuelta del leviatán-Estado protector, el fin de una época marcada por la obstinada e interesada renuencia a defender lo público. Pero el inquilino de la Casa Blanca lo tiene difícil: los obstáculos a los que se enfrenta su política progresista, incluido el fuego amigo, podrían confirmar los peores augurios en las elecciones intermedias de noviembre. Si el Partido Republicano, rehén del trumpismo, avanza, su margen de maniobra se reducirá drásticamente y la onda expansiva reaccionaria llegará a Europa.

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Con la salida de Merkel se cierra un legado ambivalente. El norteamericano y la alemana son figuras de otra época, tan clásicas que nos parecen contemporáneas. Él encarna el nuevo comienzo, y en ella resuena la banda sonora de una época marcada por la furia, la edad de la ira de Pankaj ­Mishra, la de “los enteramente prescindibles” de una sociedad donde el crecimiento económico “enriquecía sólo a una minoría y la democracia parecía un juego trucado por los poderosos”. Los primeros 21 años del siglo nos dejan a Merkel como epítome de la rígida austeridad con la que manejó la crisis financiera de 2008 y la responsabilidad nunca admitida en el hundimiento griego, y un discurso moralista que estigmatizaba a los países del sur por su “despilfarro”, autoelogiándose por el ahorro alemán. Esos prejuicios nacionales, remozados de argumentos económicos, convirtieron su visión moralista en la ortodoxia que acabó imponiendo un ordoliberalismo errático e injusto que abrió la década populista.

dos manifestantes sostienen una pancarta en una protesta en defensa de la sanidad pública en diciembre de 2021.
dos manifestantes sostienen una pancarta en una protesta en defensa de la sanidad pública en diciembre de 2021.Atilano Garcia (SOPA Images/LightRocket via Gett)

Nuestro aprendizaje, también ambivalente, es la política de hoy: 10 años separan dos crisis de naturaleza distinta y contestadas de forma radicalmente opuesta. La financiera profundizó las brechas que ya abría la globalización, la prolongación del “There’s no alternative” de Thatcher o la incapacidad de imaginar alternativas, como diría Tony Judt. Estábamos ante la “monoeconomía” de Albert Hirsch­man, que volaba por los aires el dictum marxista: el trabajo no se emanciparía del capital, más bien al contrario. La crisis financiera, causada por el hombre, terminó culpabilizando al Estado de las contradicciones del feroz capitalismo especulativo que la generaba. La pandemia, al contrario, es el resultado de la revuelta de la naturaleza y ha forzado el advenimiento del nuevo régimen climático: lejos de denostar al Estado, ha terminado por prestigiarlo. El resultado es el nuevo paradigma, que sustituye al consenso de Washington y que fortalece a la socialdemocracia, a priori quien mejor podría contener y encajar con los valores de un tiempo pospandémico.

Pero no nos engañemos, la nueva socialdemocracia europea de Olaf Scholz bebe mucho de la ineptitud y el abismal agujero ideológico y programático en el que anda metido el conservadurismo. Merkel ha estado muy sola los últimos 15 años, y han sido ella y su particular forma de hacer, para bien y para mal, las que han gestionado todas las crisis, desde la anexión de Crimea hasta el drama del Mediterráneo y, finalmente, la pandemia. Su salida, sin embargo, puede hacer que arraigue el radicalismo, como parecería confirmar la elección de Merz, y que una parte del conservadurismo europeo elija entre el giro húngaro o el extraño neoliberalismo soberanista de Boris Johnson. El reto de la familia progresista europea será hegemonizar el cambio iniciado por la covid, que, según el optimista (historiador) Adam Tooze, ha quebrado al fin la larga era neoliberal. El nuevo ciclo podría ser aprovechado por la socialdemocracia si lograse dar forma al futuro, consolidando y convirtiendo el Next Generation EU, por ahora temporal, en el embrión de una política fiscal europea.

Una trabajadora sanitaria administra la primera dosis de la vacuna contra la covid-19 a una niña en Castilla-La Mancha, en diciembre de 2021.
Una trabajadora sanitaria administra la primera dosis de la vacuna contra la covid-19 a una niña en Castilla-La Mancha, en diciembre de 2021.Pablo Blazquez Dominguez (Getty Images)

El riesgo está en que persista este vacío intelectual y político, también académico, incapaz de encarar y nombrar las causas de la nueva fragmentación social y de entender cómo se trasladan a nuestros sistemas políticos. Lo vemos en la Francia de la no representación y los chalecos amarillos, pero también en la extraña confusión de quienes se dicen “insumisos” y siguen a Mélenchon, campeonísimo del establishment; y también en la extrema derecha racista de Le Pen y Zemmour, en la dureza de la liberal Pécresse, en el clásico desnorte socialista, en los pujantes verdes o en un Macron que hace malabares con Europa bajo el síndrome del palacio del Elíseo, activando el peligroso juego de identificar los intereses franceses con los intereses de la Unión. Los contendientes se encuentran en posición y pueden dar lugar a cualquier combinación en las elecciones de abril. Es el resultado de una nación múltiple y dividida que ya no encaja con el viejo republicanismo jacobino. La división territorial lo es también de los estilos de vida, y la brecha afecta también a esa Francia graduada que mira con desdén a quienes no tienen estudios. Al menos sabemos ya que esas fallas se identifican mirando a nuestras emociones, a todos los miedos que condensaba Sumisión, de Houellebecq. Aún hoy, sin embargo, vemos el antagonismo entre el orgulloso París y las invisibles periferias, el socavamiento obstinado de la cohesión social, las perennes barreras de clase, atravesadas ahora por formas de desprecio actualizadas.

El populismo explotó las nuevas divisiones sociales mientras el liberalismo reaccionaba como una ideología de trinchera. Su incapacidad para canalizar las heridas la compensó bravuconeando contra la amenaza de los charlatanes y los autócratas. Las “soporíferas simplezas” de los liberales de salón sobre la democracia, sus enemigos y el mundo libre, leemos en el incisivo Mishra, los llevó a experimentar el mundo como un cúmulo permanente de catástrofes. Y mientras, el progresismo habla de las “clases populares” como si aún pudiéramos designar a un nuevo y único sujeto de la emancipación, reconociendo sin quererlo su incapacidad para entender lo que ocurre. Hay una extraña miopía en juzgar a movimientos como el #MeToo o Black Lives Matter como “política de la identidad” mientras recorren el globo, incluida China. Una nueva forma de protesta ha llegado para quedarse, dice Phi­lipp Blom, pero nos dedicamos a mirar al pasado “para proyectar identidades y comercializar con la nostalgia”.

Un manifestante ondea la bandera nacional en el interior del Capitolio tras el asalto al edificio, el 6 de enero de 2021.
Un manifestante ondea la bandera nacional en el interior del Capitolio tras el asalto al edificio, el 6 de enero de 2021.Miguel Juarez Lugo (DPA vía Europa Press)

Pero cuando vinculamos la percepción de lo que nos ocurre a una sensación de irremplazabilidad, la melancolía se abre camino. Ocurrió con el surreal asalto al Capitolio, pero también en el caos de Afganistán y la irrealidad de su veloz caída. Porque hay un nuevo orden internacional, con una Rusia fuerte enseñándonos lo que significa la guerra híbrida y una India que podría ser el contrapeso de China. Y en medio de esto, un maestro del cinismo como Tony Blair (que hablaba de valores cuando quería decir poder) arremete contra la “imbécil” decisión de Biden de irse de Afganistán… ¿Cómo pretender que el mundo se parezca a Occidente si este ha dejado de actuar como un bloque? La ruptura entre el mundo anglosajón y el continental la vemos a diario en las disputas entre Johnson y Macron y el peligroso juego de Biden, sacando a Francia del Aukus. Estas son las piezas que hay sobre el tablero, acompañadas de las voces que dicen querer preservar una forma de organización política, nutrida de derechos como ninguna otra, que sin duda merece defenderse. Pero para ello hay que mirar al mundo de frente y, en palabras de ­John Gray, ensayar, de nuevo, un cierto sentido de realidad.

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