ENSAYOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No tenemos que salvar a la filosofía. Es la filosofía la que nos debe salvar a nosotros

Es falso que esta disciplina esté en peligro de extinción: aunque le espere una nueva Edad Media, seguirá avanzando enmascarada hasta volver a renacer. Pero para ello necesita aire fresco, no respiración artificial

Busto del pensador griego Epicuro, en el Museo Británico de Londres.
Busto del pensador griego Epicuro, en el Museo Británico de Londres.Prisma (PHAS/Universal Images Group via )

La filosofía no es un oso blanco al borde de la extinción haciendo equilibrios sobre un trozo de hielo. La filosofía vio desaparecer el mundo griego, el Imperio Romano y la Edad Media, y ahora espera a ver, con divertida curiosidad, en qué nuevo delirio se transforma nuestro mundo. La filosofía tampoco es una anciana consagrada a enterrarnos a todos gracias a su mala salud de hierro. Es un caballo de batalla que salta sobre las cabezas de aquellos que le clavan sus lanzas. Sócrates fue condenado, Hipatia masacrada, Bruno quemado, Spinoza anatemizado, Diderot encarcelado. Y aun así nadie recuerda los nombres de aquellos príncipes o sacerdotes que los hostigaron, y aún menos el de los banqueros, soldados o celebridades que los ignoraron. Aunque a la filosofía le espere una nueva Edad Media, seguirá avanzando enmascarada hasta que vuelva a renacer, como Atenea, pertrechada con todas sus armas.

¿Quiere decir esto que no debemos defender su presencia en primaria, en secundaria y en la universidad, por no decir en la prensa, en los Parlamentos y en las calles? Para nada, debemos hacerlo. Pero no por las razones que solemos aducir. Primero, porque, como acabamos de ver, es falso que la filosofía esté en peligro de extinción (y la falsedad, por muy efectiva que pueda parecer en términos propagandísticos, es un bumerán que acaba regresando desde el ángulo más inesperado, y doloroso). Segundo, porque ni siquiera es efectivo, pues ¿a quién puede parecerle atractiva una actividad cuyos defensores no hacen más que llorar en procesión tras sus reliquias? Eso podría despertar la compasión de la gente, mas no su deseo. La filosofía necesita aire fresco, no respiración artificial. Y para dárselo sería bueno abrir de par en par una nueva perspectiva: que no es la filosofía la que debe ser salvada por nosotros, sino que somos nosotros los que debemos ser salvados por la filosofía.

A muchos les sonará raro el término “salvación” (si bien el mismo nombre de Epicuro fue traducido como “el que socorre” o “el que salva”). Lo cierto es que, en sus orígenes, la filosofía era concebida como una soteriología laica; esto es, como una teoría y una práctica de la salvación, entendida como el arte de buscar en esta vida una cierta felicidad, individual y colectiva, sin la ayuda de los dioses, sino sólo gracias a nuestra razón y a nuestro esfuerzo. Para lograrlo, la filosofía ofrecía toda una serie de prácticas que habían de servir para incorporar las ideas filosóficas que uno deseaba para sí. Hoy en día, esas prácticas, como la conversión, el examen de conciencia o la ejercitación existencial, nos suenan religiosas, pero, tal y como aprendimos leyendo a Pierre Hadot, en la Antigüedad eran competencia casi exclusiva de la filosofía o la política. In illo tempore, la religión no reclamaba para sí la interioridad de las personas, como sí lo haría más adelante el cristianismo, quien se apropió de todos esos métodos existenciales. Despojada de su función principal, la filosofía se convirtió en esclava de la teología, esto es, en una actividad meramente teórica, reducida a demostrar unos dogmas intangibles fijados a priori por la religión.

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Durante el Renacimiento, el humanismo intentó devolverle a la filosofía sus competencias originales. “Lo que le das a los hombres se lo quitas a Dios”, le espetó Lutero a Erasmo. Los Ensayos de Montaigne son a la vez una conversión, un examen de conciencia y unos ejercicios espirituales (en este caso, epicúreos y escépticos). Aquejada de un síndrome de Estocolmo de más de 1.000 años, la filosofía moderna regresó velozmente al redil de la teoría, y le devolvió la esfera de la práctica a la religión, primero, y a la psicología y a la autoayuda, después. Desde entonces, salvo algunas excepciones, la filosofía académica ha languidecido entregada a lo teórico y a lo abstracto, cuando no directamente a lo abstruso. Valga como prueba el hecho de que buena parte de la gran filosofía de los últimos siglos se haya hecho en libertad, fuera de los zoológicos académicos: Erasmo, Montaigne, Spinoza, Hume, Diderot, Nietzsche, Emerson, Camus.

Pero no se trata sólo de una cuestión religiosa o académica, sino también política. Pues el capitalismo también se acabó interesando por ese conjunto de prácticas existenciales con las que ha logrado conformar un verdadero sistema de adoctrinamiento. Así, frente a la salvación laica de la filosofía, entendida como búsqueda de la felicidad individual y social, el capitalismo ha impuesto su propia happycracia, que sirve para hiperresponsabilizar a los individuos e invisibilizar el poder, tal y como han estudiado Cabanas e Illouz. Frente a las virtudes clásicas, como la sabiduría práctica, el autocontrol, la persistencia y la justicia, que buscan la liberación de los individuos respecto de los sometimientos exteriores e interiores, el capitalismo ha difundido las virtudes de la emprendeduría, la creatividad, la reinvención y la asertividad, que han transformado nuestra existencia en un medio de producción. ¿Pero todo esto no es filosofía? ¿La idea de fin de la historia no es filosofía de la historia? ¿La concepción del hombre como un ser interesado y egoísta no es antropología filosófica? ¿La práctica de la posverdad no implica toda una epistemología? ¿Y la noción de mano invisible del mercado o el Volksgeist no son pura metafísica?

La verdad es que nunca ha habido más filosofía que hoy en día. Lo único es que ha caído, de nuevo, en las manos de los poderosos, que parecen ser los únicos en darse cuenta de su utilidad, pues, gracias a ella, su dominio se ha vuelto invisible e íntimo, casi religioso. Por eso la quieren sólo para ellos, y ya les va bien que sigamos defendiéndola como una disciplina teórica, algo arcaica e inútil, aunque muy valiosa. Pero mientras no dejemos de representárnosla como un jarrón chino, ésta no cambiará de manos (o se romperá en el forcejeo). Por eso, además de una mayor presencia de la filosofía en el sistema educativo, necesitamos tomar conciencia de los modos “filosóficos” con los que el poder nos domina, y asumir que no es la filosofía la que debe ser salvada, sino que somos nosotros los que debemos salvarnos por la filosofía. Quién nos iba a decir que éramos nosotros el oso blanco que hacía equilibrios sobre el trozo de hielo de la filosofía. Si le prendéis fuego, nos hundiremos. Una pena por nosotros. ¿Y la filosofía? Ya resurgirá con el invierno.

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