Abstención electoral

La apatía sustituye a la cólera: por qué resurge el fenómeno de la abstención

Dos de cada tres ciudadanos no votaron en las últimas elecciones regionales de Francia. Cada vez en más países el número de ellos que se abstiene es superior al de los que vota. ¿Se arreglaría la abstención con el sufragio por internet o el voto obligatorio? El problema de fondo, advierten los expertos, es que parte de la sociedad siente que votar no sirve para nada

Sr. García

En la Ciudad de los Cosmonautas ya hace tiempo que las urnas dejaron de interesar. Es un barrio obrero y multicultural en el municipio de Saint-Denis, en el extrarradio norte de París donde los comunistas ocuparon durante décadas el poder municipal y acostumbraban a bautizar calles y plazas con nombres como Lenin o el astronauta Yuri Gagarin. Aquí el récord de abstención en las regionales en Francia del 20 y el 27 de junio no fue ninguna sorpresa.

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No sorprendió a los vecinos, muchos de los cuales perdieron hace tiempo la costumbre de votar, o nunca la adquirieron. Ni tampoco chocó en exceso a Céline Braconnier, una politóloga que lleva 20 años pateándose la Ciudad de los Cosmonautas, microcosmos de una tendencia en Francia y en parte de las democracias modernas: la caída de la participación y el desinterés en la democracia electoral.

“El domingo, como en cada escrutinio, se votó muy poco en este barrio”, constata Braconnier, directora del Instituto de Estudios Políticos de Saint-Germain-en-Laye y coautora con Jean-Yves Dormagen de La démocratie de l’abstention. Aux origines de la démobilisation électorale en milieu populaire (La democracia de la abstención. En los orígenes de la desmovilización electoral en un ambiente popular). En una “democracia de la abstención” el número de ciudadanos en edad de votar que no vota es superior al número de ciudadanos que vota.

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Braconnier explica que la participación en la Ciudad de los Cosmonautas fue del 15% en la segunda vuelta de las regionales, el 20 de junio. Desde que en 1958 el general Charles de Gaulle fundó la V República, en ninguna elección el porcentaje de abstención había sido tan alto en Francia como en estas regionales: un 66,7% en la primera vuelta y un 65,3 en la segunda. Dos de cada tres electores decidieron no ejercer su derecho de voto, más de 30 millones.

Después de años de convulsiones por el auge del nacionalismo o el populismo, pasiones políticas que polarizaban las sociedades, movilizaban a millones de votantes y a veces disparaban la participación, reemerge un fenómeno que no es nuevo, ni común en todo el mundo. En varias elecciones recientes la apatía ha sustituido a la cólera. Quienes alimentaban el voto antisistema se desentienden del proceso y engrosan las filas de la abstención.

Colegio electoral en Perpiñán (Francia), este pasado 20 de junio durante la primera vuelta de las elecciones regionales.
Colegio electoral en Perpiñán (Francia), este pasado 20 de junio durante la primera vuelta de las elecciones regionales.JC MILHET / Hans Lucas via AFP

“En democracias en todo el mundo, los votantes se han vuelto más cínicos y desapegados de la política partidista convencional en la era de los medios sociales”, resume el profesor de Stanford Larry Diamond, codirector del Journal of Democracy e investigador y divulgador sobre las tendencias globales en la democratización. Y añade: “Como tendencia general, los partidos establecidos se han debilitado y han perdido apoyos, lo que ha contribuido a un declive en la participación en algunos países, aunque esta sigue siendo alta en muchas democracias y semidemocracias, una media superior al 70% este año”.

Abdurashid Solijonov, experto del Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) y autor del informe Voter Turnout Trends around the World (Tendencias de la participación electoral en el mundo), explica en un correo que, desde los años noventa, se observa una bajada de la participación de todo el mundo. La bajada se ha registrado también durante la pandemia en la mayoría de países que han celebrado elecciones en este periodo, aunque no en todos. Estados Unidos batió en noviembre un récord de participación en unas presidenciales desde principios del siglo XX.

La caída de la participación en Francia ha coincidido con otras elecciones en puntos alejados del planeta. El 15 y 16 de mayo, seis de cada diez electores se abstuvieron en las elecciones constituyentes en Chile, donde el voto fue obligatorio hasta 2009. El 13 de junio, en la elección de los gobernadores regionales, la abstención fue de un 80%. Y el 18 de junio, Irán celebró elecciones presidenciales: participó menos de la mitad del censo.

Es difícil establecer una tendencia general teniendo en cuenta la multitud de elecciones que se celebran cada año, en niveles de gobierno distintos (nacional, regional, local) y en regímenes que no siempre pueden considerarse democracias. “La razón por la que la participación se hundió en Irán es que las elecciones se han vuelto completamente insignificantes ahí”, apunta Diamond.

Al buscar remedios tampoco es lo mismo una teocracia como la iraní que democracias consolidadas. Los remedios, en estos países, van desde el voto obligatorio, vigente en Bélgica y una veintena de democracias, al voto por internet, que se usa en países como Estonia.

En una época en la que los ciudadanos consumen a golpe de clic o gestionan sus cuentas bancarias con el móvil, puede parecer anacrónico vetar el voto por internet. No es tan sencillo. De entrada, es dudoso que este método sirva para aumentar la participación, según Véronique Cortier, directora de Investigaciones en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) y especialista en protocolos de voto electrónico.

Medidas contra la covid en un centro electoral de Toulouse, Francia, el 15 de marzo de 2020
Medidas contra la covid en un centro electoral de Toulouse, Francia, el 15 de marzo de 2020FREDERIC SCHEIBER / Hans Lucas via AFP

A esto se suman otros problemas, según Cortier. “El principal”, dice, “es la transparencia del escrutinio. ¿Cómo puede usted estar seguro de que su voto se ha contado bien?”. Cortier lo compara con las cuentas bancarias. Primera diferencia: “Si usted protege mal su ordenador, no vigila con sus contraseñas y se produce un ataque a sus cuentas, por lógica a mí no me importaría, porque no habría ningún problema con mis cuentas. En cambio, si a usted, en tanto que elector, le piratean su cuenta, a mí, como ciudadana, me afecta”. Segunda: “Si le roban dinero en su cuenta bancaria, usted se dará cuenta. En cambio, un ataque de éxito en el voto electrónico es un ataque invisible”.

Hoy, explica Cortier, no existe un sistema de voto electrónico suficientemente seguro ante manipulaciones internas o extranjeras, y a la vez capaz de proteger el secreto y evitar la compraventa de votos. “Técnicamente, queda trabajo por hacer”, dice.

A la pregunta sobre si un día dejaremos de votar físicamente en el colegio electoral, Cortier responde: “No lo sé. Pero, ¿por qué hacerlo? ¿Porque es más moderno?”. No existe tecnología más segura y transparente, por ahora, ni más protectora ante intrusiones y presiones, ni que inspire más confianza, que la urna, la papeleta, el sobre y la cabina.

Otra opción que se plantea cada vez que la abstención se dispara es el voto obligatorio. En Bélgica existe desde 1893.

Jean Faniel, director general del Centro de Investigación y de Información Sociopolíticas (CRISP) en Bruselas, recuerda que, después de años de luchas por el derecho de voto para los hombres mayores de 25 años, los partidos liberal y católico de Bélgica temían que los nuevos votantes obreros y campesinos encumbrasen a los socialistas. La solución: forzar a todos a votar y evitar así que solo los más motivados se movilizasen.

“Por eso”, dice, “se impuso el voto obligatorio, para que los ‘buenos ciudadanos’, si puede decirse así — la burguesía o clases más bien intermedias—, hicieran contrapeso a las voluntades quizá un poco más radicales de los obreros”. Más de un siglo después, en Bélgica la abstención suele estar entre el 10% y el 15% y, aunque hay sanciones previstas por no votar, su aplicación no siempre es estricta.

“Mecánicamente el voto obligatorio es una solución que permite luchar contra la abstención”, dice Faniel. “La gente va a votar y, aunque no sea necesariamente por placer, se ven obligados a reflexionar al menos dos minutos sobre quién elegirán”.

Si las elecciones fuesen un mercado, la abstención reflejaría un problema de oferta y demanda. El problema de la demanda puede ser visible en la desidia de los votantes, pero también en los obstáculos para votar, como se ha visto en Estados Unidos a lo largo de las décadas con las condiciones para ejercer este derecho que buscaban disminuir en algunas partes del país el voto de las minorías, en especial la afroamericana.

A la vez, hay un problema de oferta. La politóloga Braconnier habla del “desencanto político de los ciudadanos más frágiles económicamente y que han visto sucederse alternancias políticas que no tenían impacto verdadero en las dificultades de lo cotidiano”. “Es más difícil hacer votar en estos ambientes populares”, añade, “cuando tienen la impresión de que votar no sirve para nada”.

No es extraño que la abstención en las regionales francesas, sin nada trascendental en juego en apariencia, se vea atenuada por una participación superior al 70% en las presidenciales, donde los votantes creen que hay mucho más juego y que esto afecta a sus vidas. Y, sin embargo, incluso en las presidenciales las cifras son menores en barrios como la Ciudad de los Cosmonautas que en la media de Francia.

“Sigue siendo un territorio”, explica Braconnier, “representativo de los barrios populares donde se baten récords nacionales de abstención. Aquí la población acumula dificultades: hay menos titulados, es más frágil económicamente, la tasa de desempleo es elevada en particular para los jóvenes y son votantes jóvenes. Se acumulan factores de la abstención”.

Y la abstención, sostiene Braconnier, acaba afectando a las políticas públicas, que atienden más a quienes votan con asiduidad —mayores, más titulados, con más estabilidad económica— que a los abstencionistas. “No sabemos cómo salir de ello”, dice. “Si las políticas públicas no se dirigen a los jóvenes, estos se sienten más abandonados y votan menos”. Un círculo sin fin. En la Ciudad de los Cosmonautas —con sus bloques uniformes de los años sesenta, sus calles dedicadas a los soviéticos Valentina Tereshkova o Vladímir Komarov, pero también a los estadounidenses Alan Shepard y Virgil Grissom— el mensaje podría ser similar al que la nave Apollo 13 enviaba al centro de control en Houston: “Democracia, tenemos un problema”.


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