La risa

San Pablo prohibió las bromas y Platón criticó la risa en público. Las carcajadas siempre han sido sospechosas

El humor siempre ha sido una cuestión de clase, escribe el crítico Terry Eagleton en este extracto que adelanta ‘Ideas’. Hay una clara distinción entre la diversión civilizada y las risotadas vulgares

Isabel II y el príncipe Carlos de Inglaterra, en septiembre de 2012 durante un acto en Braemar, Escocia.
Isabel II y el príncipe Carlos de Inglaterra, en septiembre de 2012 durante un acto en Braemar, Escocia.Max Mumby/Indigo / Getty Images

Las élites gobernantes de la Europa antigua y medieval no sentían un gran aprecio por el humor. Da la impresión de que, desde las épocas más remotas, la risa siempre ha sido una cuestión de clase: hay una clara distinción entre la diversión civilizada y las risotadas vulgares. Aristóteles insiste en la diferencia entre el humor de la gente educada y la maleducada en su Ética a Nicómaco. Asigna un distinguido lugar al ingenio, situándolo junto a la amistad y la sinceridad como una de las tres virtudes sociales, pero el tipo de ingenio del que habla requiere refinamiento y educación, como cuando se emplea la ironía. Platón, en su República, frunce severamente el ceño ante la costumbre de reír en público de los ciudadanos atenienses y no tiene ningún problema en dejar la comedia para los esclavos y los extranjeros. La burla puede ser perturbadora desde un punto de vista social, y el insulto puede causar peligrosas divisiones. Platón recomienda estrictamente que no se cultive la risa entre la clase de los guardianes, al igual que condena las imágenes de dioses o héroes que ríen. San Pablo, en su Epístola a los Efesios, prohíbe las bromas, o lo que él llama eutrapelia. Es probable, en cualquier caso, que san Pablo estuviera pensando en groseras bufonadas, y no en el tipo de ingenio sofisticado que Aristóteles habría aprobado.

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[El lingüista] Mijaíl Bajtín señala que “la risa, en la Edad Media, permaneció fuera de todos los ámbitos ideológicos oficiales y fuera de todas las estrictas formas oficiales de establecer relaciones sociales. La risa fue eliminada del culto religioso, de las ceremonias feudales y estatales, de la etiqueta y de todos los géneros de pensamiento elevado”. La regla monástica más antigua que conocemos prohibía las bromas, y la regla de san Benito advierte contra la provocación que supone la risa, impertinencia para la que san Columbano imponía el castigo del ayuno. El temor a lo cómico que sentía la Iglesia medieval conduce al asesinato y al caos en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco. Tomás de Aquino, como es característico de él, se muestra más permisivo con esta cuestión en su Suma teológica, y recomienda el humor por sus cualidades terapéuticas, valorando los juegos de palabras y los actos cuyo único objetivo es proporcionar placer al alma. El humor es necesario, según él, para el consuelo del espíritu. De hecho, el rechazo del humor le parece un vicio. Para la teología cristiana, el placer sin propósito de una broma refleja el acto divino de la creación, que, en cuanto “acto gratuito” original, se llevó a cabo como un fin en sí mismo, no impulsado por una necesidad y sin atribuirle funcionalidad alguna. El mundo se hizo porque sí. Se parece más a una obra de arte que a un producto industrial.

Esta descortés consideración del humor como algo sospechoso no surge de un mero miedo a la frivolidad. Mucho más importante es que refleja el terror ante la perspectiva de perder el control, también a escala colectiva, lo cual no es un asunto menor. Esto es lo que, desde el punto de vista de Platón, puede ser el resultado de un exceso de risa, una función corporal natural que se sitúa al mismo nivel que otras descargas tan desagradables como vomitar y excretar. Cicerón establece unas elaboradas reglas para bromear y se muestra receloso ante cualquier clase de estallido cómico espontáneo. La disolución del cuerpo individual en la risa podría presagiar una revuelta popular, y el carnaval medieval —una especie de revolución social con una forma ficcionalizada, fantástica y estrictamente esporádica— se acercaba al caos humorístico lo bastante como para justificar estas preocupaciones. El cuerpo plebeyo se halla en constante peligro de desmoronarse, al contrario que el higiénico cuerpo patricio, disciplinado, encantadoramente acicalado y eficientemente regulado. Además, la risa tiene un elemento democrático que la vuelve peligrosa, ya que, a diferencia de actividades como tocar la tuba o la neurocirugía, está al alcance de cualquiera. La risa no exige tener ninguna capacidad especial, ni pertenecer a un linaje privilegiado ni haber desarrollado escrupulosamente ciertas habilidades. Lo cómico plantea una amenaza al poder soberano no solo por su propensión a la anarquía, sino también porque resta importancia a cuestiones trascendentales como el sufrimiento o la muerte, disminuyendo así la fuerza de algunas sanciones judiciales que las clases gobernantes tienden a sacarse de la manga. El humor puede fomentar una temeraria despreocupación que reste capacidad de control a la autoridad. En su modo carnavalesco, también puede generar una ilusoria sensación de inmortalidad, lo cual va contra la sensación de vulnerabilidad que es esencial para el mantenimiento del orden social. Incluso Erasmo, autor del célebre Alabanza de la estupidez, escribió un tratado sobre la educación de los niños que advierte de los peligros que conlleva la risa. Esta obra aconseja a los alumnos que aprieten con fuerza las nalgas cuando vayan a tirarse un pedo para evitar hacer un ruido excesivo, o que oculten ese indecoroso sonido con un oportuno ataque de tos. En su Ensayo acerca del humor en la comedia, el dramaturgo William Congreve se queja del tipo de espectáculos cómicos que lo obligan a albergar pensamientos degradantes sobre su propia naturaleza. Nunca podría mirar a un mono durante un rato largo, reflexiona, sin sentirse profundamente mortificado. Las parodias, las imitaciones y las aberraciones nos recuerdan la alarmante fragilidad de nuestras propias normas (…). El crítico del siglo XVIII John Dennis sostiene que el humor prospera principalmente entre las clases más bajas. Como es una cuestión más corporal que mental, tiende a florecer entre quienes carecen de educación y no han aprendido a reprimir sus instintos animales (…).

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El novelista victoriano George Meredith busca en el humor “viveza mental y no ruidosas monstruosidades”, y trata con gran entusiasmo de diferenciar la risa refinada del tipo de comedia “tosca” que “va de un lado a otro gritando bajo la divina protección del Hijo de la Botella”. Numerosas comedias son vulgares y bufas, mientras que la literatura es algo elevado . ¿Incurrimos, por lo tanto, en una contradicción en los términos si hablamos de “literatura cómica”? ¿Es también un oxímoron la teoría de la comedia? Podemos establecer grados de refinamiento, según nos informa Meredith, mediante el “timbre de la risa”, una afirmación que nos lleva al punto de partida de este estudio. Las verduleras se tronchan, pero los hombres de Estado sonríen.

A pesar de todos sus remilgos, Meredith es uno de los pocos teóricos del humor anteriores al siglo XX que se aventuran en el terreno del género. Numerosas manifestaciones de lo cómico, sostiene, giran en torno a la guerra de los sexos. Este autor desempeña un papel fundamental, pues asciende a las mujeres de la condición de “hermosas idiotas” a la de personas dotadas de un ingenio admirable. Considera que en Oriente falta humor, y desde su punto de vista, esto es resultado del bajo estatus de las mujeres en esa parte del globo. Allí donde las mujeres carecen de libertad, insiste, lo cómico no puede existir. No puede haber verdadera civilización sin igualdad sexual, y “nunca habrá comedia donde la civilización es imposible”. En ausencia de dicha civilización, el espíritu cómico se ve “impelido a descender hasta las más repulsivas alcantarillas para saciar su sed”. Donde las mujeres se ven reducidas a esclavas domésticas, la forma que adopta lo cómico tiende a ser primitiva; donde son razonablemente independientes pero incultas, el resultado es el melodrama; pero donde hay igualdad sexual, el arte de la comedia encuentra las condiciones para florecer.

Terry Eagleton es crítico literario y escritor, autor, entre otros, de ‘¿Por qué Marx tenía razón?’ e ‘Ideología’. Este extracto pertenece a ‘Humor’ (Taurus), que se publica este 3 de junio.

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