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Buscar enemigos hasta el fin del mundo

Stalin envió a escuadrones de la muerte por todo el globo, algo que la CIA hizo también durante la Guerra Fría

El líder de la revolución rusa Leon Trotski habla ante un grupo de soldados, en 1922.
El líder de la revolución rusa Leon Trotski habla ante un grupo de soldados, en 1922.DE AGOSTINI PICTURE LIBRARY / GETTY IMAGES

El escritor Stefan Zweig llamó, con razón, al político francés Joseph Fouché el “genio tenebroso” en su biografía de este personaje, que alcanzó un poder insólito bajo el terror jacobino de la Francia revolucionaria y el Imperio. Por orden de Napoleón, orquestó una operación que inspiró a Balzac su novela Un asunto tenebroso y sobre la que el gran novelista francés escribió que “había producido un escándalo insólito en Europa”. Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé, duque de Enghien, que fue acusado de participar en un complot contra el futuro emperador, acabó siendo secuestrado en Alemania, llevado a Francia y fusilado en 1804. El alboroto fue tan grande que se atribuye a Fouché la siguiente frase: “Ha sido peor que un crimen, ha sido un error”.


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Aquel remoto secuestro encuentra ecos en la actualidad con la orden del dictador bielorruso Alexandr Lukashenko de desviar y forzar el aterrizaje de un avión de Ryanair en la capital del país, Minsk, el pasado domingo, para detener al periodista disidente Roman Protasevich, otro crimen y, seguramente, otro error. “Es un acto escalofriante, que incluye múltiples crímenes: apoderarse de forma ilegal de un avión, secuestro, terrorismo, posiblemente tortura…”, explica desde Londres el jurista Philippe Sands, experto en derechos humanos y autor de Calle Este-Oeste (Anagrama), sobre el nacimiento de la justicia internacional. Preguntado sobre si existen precedentes, responde: “Creo que siempre ha ocurrido, sobre todo en el siglo XX, solo que en nuestra época de manera diferente. La tecnología y los medios de comunicación social son transformadores de esto también, ¿no?”.

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Protasevich escribía en un canal opositor de Telegram con dos millones de seguidores, mientras que el periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado y descuartizado en el consulado de su país en Estambul, no solo criticaba a la monarquía saudí desde The Washington Post o la CNN, sino que tenía 1,6 millones de seguidores en Twitter. Antes de la era de las redes sociales, una de las grandes obsesiones de tiranos y mafiosos ha sido perseguir a sus oponentes hasta el fin del mundo. Es famosa la frase que el arrepentido Tommaso Buscetta le espetó al juez Giovanni Falcone antes de que le interrogase: “No olvide que la cuenta que ha abierto con la Cosa Nostra solo se cerrará con su muerte”. Muchos poderosos la suscribirían y, desgraciadamente, no solo los sátrapas: no hay que olvidar que EE UU, bajo el demócrata Barack Obama, impulsó la política de asesinatos selectivos utilizando drones y ordenó matar a Osama Bin Laden en Pakistán. Ni siquiera intentó capturarlo como había hecho Israel en los años sesenta con Adolf Eichmann, uno de los máximos responsables del Holocausto, al que sometió a un proceso que resultó, además, fundamental para conocer cómo se ejecutó la Shoah.

La propia palabra “asesino” viene de la voluntad de asesinar a distancia a los enemigos, de buscarlos hasta el fin de mundo. Es una derivación de hachís y hace referencia a una secta persa del siglo XIII dirigida por Hasan-i Sabbah, que enviaba desde la mítica montaña de Alamut a sus Ashishin, como les llamó Marco Polo, a la caza de aquellos a los que condenaba. La leyenda sostiene que a través del hachís dominaba la voluntad de los mortíferos mensajeros. Pero la época dorada de los asesinatos selectivos no fue la Edad Media, ni siquiera la era de Fouché cuando se forjaron los sistemas policiales de vigilancia, sino el siglo XX y tuvo un gran protagonista: Stalin. No se limitó a ordenar matar a León Trotski en México en 1940, sino que envió a asesinos a cualquier lugar en el que se escondiese un posible opositor.

Unos bomberos investigan los restos del coche en el que fueron asesinados Orlando Letelier y su ayudante Ronni Karpen Moffit, en Washington.
Unos bomberos investigan los restos del coche en el que fueron asesinados Orlando Letelier y su ayudante Ronni Karpen Moffit, en Washington.

El periodista Enrique Bocanegra relata en su libro Un espía en la trinchera (Tusquets) las andanzas en los años treinta de muchos de estos esbirros del dictador soviético, eficaces asesinos, “sobre todo de nacionalistas ucranianos y generales del Ejército blanco”, explica. Los más famosos fueron Alexander Orlov —agente de la policía política soviética, seguramente responsable del asesinato en España del líder del Partido Obrero de Unificación Marxista Andreu Nin y del republicano José Robles Pazos— y el dirigente del espionaje soviético Pável Sudoplátov, implicado en el reclutamiento de Ramón Mercader, asesino de Trostki. El mayor escándalo internacional, similar al que provocó el secuestro del duque de Enghien, lo causó la captura en París en 1937 del general Yevgueni Miller, trasladado a Moscú, torturado y asesinado.

Durante la Guerra Fría, la CIA se sumó a estos crímenes a distancia, al igual que las dictaduras latinoamericanas: el chileno Augusto Pinochet ordenó en 1976 el asesinato en Washington de Orlando Letelier, excanciller de Salvador Allende. En Legado de cenizas. La historia de la CIA (Debate), Tim Weiner relata no solo los asesinatos de líderes comunistas que organizó el espionaje estado­unidense, sino los rocambolescos intentos para matar a Fidel Castro, por ejemplo, enviándole puros explosivos. “Aparte de que estas acciones encubiertas sean deplorables moralmente”, escribió el experto en espionaje Steve Coll, “sus resultados como estrategia de seguridad nacional no resultan alentadores. En ocasiones, las intervenciones han aportado ventajas a corto plazo a Washington, pero a largo plazo suelen causar problemas más profundos”. No parece que ni democracias ni dictaduras hayan aprendido la lección.

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