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Crítica:70ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID | ENSAYO

Fouché. Retrato de un hombre político

Biografía. El gran escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), además de ser autor de magníficos relatos y novelas con el trasfondo del conflictivo mundo psicológico de las primeras décadas del siglo XX europeo, publicó insuperables semblanzas biográficas de escritores y personajes históricos. Con su claro estilo, su ingenio y su moderada erudición nos legó maravillas literarias tales como los magníficos retratos de Hölderlin, Casanova, Nietzsche, Montaigne o Erasmo, así como biografías en toda regla, como las inolvidables de María Antonieta o María Estuardo. Cualquiera de estas obras logra encandilar a los lectores, envueltos de inmediato en torbellinos de acción y perspicacia psicológica.

Fouché. Retrato de un hombre político

Stefan Zweig

Traducción de Carlos Fortea Gil

Acantilado. Barcelona, 2011

280 páginas. 20 euros

Libro electrónico: 12,50 euros

El Fouché que ahora publica Acantilado en la excelente traducción de Carlos Fortea es de absorbente lectura. Zweig narra con su acostumbrado vigor las vicisitudes de aquel homo politicus por excelencia que fue el maquiavélico y correoso Joseph Fouché (1759-1820). Según Zweig, la Historia ha sido injusta con este político francés, que lo ha tildado sin más de espía y traidor sin comprender la singularidad de su maligna relevancia. Balzac fue de los pocos que reconoció su genio, y como Zweig admiraba tanto al autor de la Comedia humana, también sospechó que Fouché tendría algo de admirable. Tras meticuloso estudio de testimonios y memorias, su Fouché apareció en 1929.

El camaleónico personaje se las trae. De furibundo jacobino, regicida y "ultracomunista" (escribió un verdadero "manifiesto comunista" antes de Marx, asegura Stefan Zweig), pasaría a ser ministro de Policía de Napoleón y, luego, ennoblecido con el título de duque de Otranto, efímero ministro de Luis XVIII. Como todo lo que escribía Stefan Zweig (que exclamaba un ¡hurra! cuando era capaz de tachar alguna línea superflua en sus escritos), su Fouché está exento de retórica, y con su estilo conciso y exultante bien podría leerse de un tirón. El lector se sumerge en el apasionante periodo de la Convención y el Directorio, con la caída en desgracia de Dantón y Robespierre -orquestadas por Fouché- para adentrarse a continuación en la intrigante atmósfera cortesana del despótico Napoleón Bonaparte. La encarnizada lucha de voluntades que sostuvieron ambos hombres fue titánica. Al final fue Fouché el taimado quien venció al abrupto Napoleón. El ministro de Policía era correoso e infatigable: seco, callado y calculador. Servil cuando hacía falta, pero siempre independiente e imprevisible en su fuero interno. Trepa, espía, chaquetero..., pero de algún modo admirable en su ausencia de dignidad y carácter, en su entera falta de idealismo y cruel pragmatismo. Zweig, como digno sucesor de Plutarco, quiso recordar el mundo a través de su apasionante retrato del "más extraño de los políticos" esa parte imperecedera y negra del alma de la política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 2011

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