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La era de los museos activistas. Hay que ir más allá del almacén de arte

El modelo prepandémico del arte apostaba por el turismo. Ahora, con falta de fondos y de público, se apuesta por lo local y por su potencial como instrumento transformador

Interior del Museo del Prado, el pasado
mes de octubre de 2020.
Interior del Museo del Prado, el pasado mes de octubre de 2020.

La luz turquesa que cubre la escena con Cleopatra muerta en sus aposentos va a salir de la oscuridad. Será la primera vez que se exhiba en el recorrido permanente del Museo del Prado una muestra de la amplia colección filipina, una treintena de cuadros que saldrán de los almacenes como parte de una reordenación de colecciones sin precedentes. Se rectificará el silencio que cubría la pintura social y política del siglo XIX, el arte de las colonias de ultramar del mismo siglo, así como el magisterio artístico de las mujeres. Si nada cambia, antes del verano podrá verse por primera vez en sala Cleopatra, el espléndido lienzo con el que Juan Luna y Novicio (Badoc, Islas Filipinas, 1857-Hong-Kong, 1899), un artista de éxito comercial internacional, fue premiado con una medalla de segunda clase en la Exposición Nacional de 1881. La salida de este artista español más allá de España rompe con el canon nacionalista y colonialista que se ha mantenido como criterio fundacional en los museos de Bellas Artes internacionales desde su creación, hace más de dos siglos.

También abandonará los sótanos Una huelga de obreros de Vizcaya (1892), obra de Vicente Cutanda ignorada por el museo y que supone un guiño a la clase trabajadora. Es este un gesto con el que pretende resultar más cercano y accesible, menos elitista.

Con la exposición Invitadas del año pasado, en la que se revisó la figura de la mujer a finales del siglo XIX, el Prado ha llegado a un público que, hasta ahora, no se sentía representado en el museo. Este y otros museos empiezan a responder así a las demandas de una comunidad que quiere participar. En el horizonte aparecen museos más inclusivos y polifónicos, destinados al diálogo crítico sobre el pasado y el futuro, capaces de escuchar, reconocer y abordar los conflictos y desafíos de la ciudadanía. Será bienvenida cualquier estrategia que rompa el aislamiento en el que se habían instalado.

La colaboración y la conversación con la ciudadanía es más urgente que nunca porque los espacios artísticos quieren ser relevantes. Una mayor transparencia, igualdad y diversidad pueden contribuir a ello. “Profundizar la relación con la comunidad significa aumentar la sostenibilidad del museo en el futuro”, asegura Julia Pagel, Secretaria General de Red Europea de Organizaciones de Museos (NEMO, por sus siglas en inglés). El 70% de 600 museos encuestados reconoce que sufrirá recortes en las aportaciones públicas a sus presupuestos anuales, según un informe de hace unos días publicado por esta asociación. Y más del 40% cree que no recuperará la antigua normalidad antes del verano de 2022. El anuncio del Metropolitan de Nueva York, avisando de que venderá fondos para reducir el déficit de ingresos (que estima en 125 millones de euros), terminó de confirmar que estos templos de la cultura atraviesan la era más complicada desde su creación, a finales del siglo XVIII. Desaparecen los ingresos de taquilla, toca reinventarse.

La definición del Consejo Internacional de Museos (ICOM) dice que los museos están al servicio de la sociedad. Ahora, más. El modelo prepandémico apostaba por el turismo. La alternativa es hacerlos más accesibles al entorno más próximo. Los museos necesitan abrirse políticamente, descentrar su sujeto hegemónico, ser despatriarcalizados y descolonizados. Y deben ser los públicos quienes intervengan en esta construcción, desde dentro, como agentes activos que defiendan la representación de minorías políticas. El camino de la participación comunitaria excede el control institucional y recala en la incertidumbre al abrirlos al debate y la crítica. Pagel reclama que sean los curadores, los artistas y los públicos los que imaginen juntos la nueva institución. Así sucedió con el resurgimiento en el Prado de El Cid, de Rosa Bonheur, cuadro que salió de los almacenes por petición popular vía Twitter.

Como señala el manifiesto para el aprendizaje y la participación en los museos, publicado hace unas semanas por la Asociación de Museos (MA, por sus siglas en inglés), es el momento de una “innovación social radical”. La organización recoge las inquietudes de los profesionales de estas instituciones en el Reino Unido y explica que las artes y la cultura han tenido un papel menor en el proceso de renovación civil y cambio social. Es momento de comprometerse con la reconstrucción de nuestras sociedades. El asesinato de George Floyd y la reacción del movimiento Black Lives Matter, indica la MA, han puesto al descubierto el racismo que todavía afecta a la sociedad y a los museos, donde las exposiciones no representan la diversidad de la sociedad del siglo XXI.

En ese manifiesto se pide museos “valientes y desafiantes”, es decir, “activistas”, por ejemplo, en la narración y lectura de sus colecciones. Que se posicionen contra el racismo, el machismo o el cambio climático. Porque “los museos no son neutrales”, sostienen. La MA tiene en marcha una campaña Los museos cambian vidas, en todo el Reino Unido, con la que crean espacios de reflexión, debate y compromiso a partir de las preguntas de nuestros días. El objetivo es escuchar lo que necesitan las comunidades y ayudarlas a lograrlo. Aseguran que los museos aumentan la sensación de bienestar gracias a la inspiración, desafío y estimulación que promueven. “Existen claras evidencias de que los museos pueden mejorar la salud y el bienestar de las personas si se les da voz en lo que sucede en las salas”, indica vía correo electrónico Sharon Heal, directora de la MA.

En este paso de ruptura con el modelo decimonónico, la incorporación de la voz de la mujer es esencial. En el Reino Unido, una red de feministas en museos llamada Museum Space Invaders promueve un manifiesto de tres puntos: igualdad de poder e influencia (más mujeres en las direcciones), condiciones laborales justas y representación real de las mujeres en las colecciones y las narrativas de las historias

La idea del museo que conserva y custodia queda atrás y es superada por la actividad social. El reto es potenciar su papel como instrumento cultural transformador, que deje de ser un mero almacén seguro que cuida de nuestro patrimonio. “Garantizar que los museos reflejen de forma precisa y accesible las comunidades a las que sirven es primordial para reforzar su posición como actores en la creación de un tejido social fuerte y sostenible. Su labor es importante en la erradicación de los prejuicios y las desigualdades”, explica Alberto Garlandini, presidente del ICOM (asesores de Unesco). El responsable de ICOM subraya que estos centros son proveedores de información, creadores de contenidos y comunicadores del conocimiento, así que tienen “responsabilidad clave en la lucha contra la desinformación”. Los imagina convertidos en referentes capaces de hacer frente a la desinformación, de neutralizar los prejuicios de los antivacunas o el escepticismo sobre el cambio climático.

El museo que está por construirse quiere erradicar prejuicios, además de desigualdades. Crecerá como centro de comunicación y educación. Ahora falta la participación, que los públicos sean escuchados. Pero esto no se resuelve con directos en Instagram.



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