Muy humanos, nada divinos

“Con Los Inhumanos tocaron músicos muy conocidos que ahora no lo cuentan porque van de comprometidos”

‘Historias inhumanas’ repasa con humor y honestidad los éxitos, fracasos y excesos del grupo valenciano a través de los recuerdos de Alfonso Aguado, uno de los fundadores del grupo que arrasó en los pueblos españoles en los ochenta con su rock desenfadado e incorrecto

Uno de los miembros de Los Inhumanos vuela sobre el público en un concierto en 2005.
Uno de los miembros de Los Inhumanos vuela sobre el público en un concierto en 2005.Enrique Guerra González / EL PAÍS

A principios de los años ochenta, el padre de Alfonso Aguado decidió hablar seriamente con su hijo. El chaval acababa de terminar la carrera de Derecho y el progenitor quería saber hacia dónde pensaba orientar su carrera profesional. ¿Tenía intención de ejercer como abogado? ¿Prefería hacer oposiciones? “Le dije: ‘Mira, papá, he escrito una canción que se llama Manué no te arrime a la paré que está funcionando bastante bien y quiero dedicarme a la música’. Casi le da un infarto”. Poco tiempo después, en 1985, al finalizar un concierto, el señor Aguado se acercó a su hijo y le felicitó por no haberle hecho caso y mantenerse firme en su decisión de seguir actuando con un grupo llamado Los Inhumanos.

La anécdota es una de las muchas que se recogen en Historias Inhumanas (Serie Gong, 2021), libro en el que Aguado repasa la historia de uno de los grupos más populares del pop español y, al mismo tiempo, más desconocido por el público. Una banda multitudinaria formada por 12 amigos. Suyos son clásicos de karaoke como Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000, aquella profecía de Instagram llamada Me duele la cara de ser tan guapo ―suma casi 10 millones de reproducciones en Spotify― o himnos de borrachera que hoy levantarían cejas entre las autoridades sanitarias como Alcohol, alcohol, alcohol.

“Se ha escrito mucho de la movida de los ochenta, en ocasiones demasiado, pero nosotros estábamos fuera del relato. Daba igual que hubiéramos actuado con Héroes del Silencio, Mecano o Loquillo. Nosotros teníamos muchos detractores, especialmente entre la gente que llevaba ensayando 20 años. Nos miraban mal porque éramos un grupo anárquico, en el que el que cantaba desafinaba y además no teníamos ninguna puesta en escena. Si se nos ocurría parar un concierto para irnos a tomar una cerveza, lo hacíamos, porque nos gustaba esa espontaneidad del pop y del rock que se pierde en los grandes conciertos en los que está todo medido. Además, nosotros subvertíamos el papel del artista. Los que estábamos arriba invitábamos a los que estaban abajo a subir a cantar con nosotros al final de los conciertos”, comenta Aguado, que recuerda cómo en uno de esos fin de fiesta multitudinarios, Los Inhumanos rompieron el escenario del mítico Rock Ola. “Nos contrataron para el 28 de diciembre, como concierto broma y, del peso, se abrió el suelo y nos caímos todos dentro”.

Libertad o seguridad

Antes de ser músico, Alfonso Aguado quiso ser director de cine. A los 16 años montó un cineclub en el que, en un primer momento, programó películas de la nouvelle vague en versión original subtitulada. “A la cuarta semana había vaciado el cine. Entonces empecé a poner películas de Mel Brooks, como Sillas de montar calientes, el primer Woody Allen con El dormilón, a los hermanos Marx…, y se me petó la sala. Ahí me di cuenta de que a la gente le mola ser feliz y que el mayor don de este mundo es hacer felices a los demás y a ti mismo. Eso era lo que pretendíamos transmitir con el grupo”.

Los Inhumanos se formó en 1981 en El Saler, Valencia, después de que un grupo de amigos decidieran combinar su afición por la música y la fiesta. Sus primeras actuaciones las realizaron en las fiestas de los pueblos de la zona, pidiendo prestados los instrumentos a los músicos de las orquestas de baile que descansaban entre pase y pase. A esas apariciones furtivas siguieron, ya con instrumentos propios, conciertos en discotecas de Valencia por los que recibían como remuneración cajas de botellas de champán, con las que rociaban a los asistentes y regalaban entre el público.

Actuación de Los Inhumanos en el cauce del río Turia ante más de 200.000 personas en la década de los ochenta.
Actuación de Los Inhumanos en el cauce del río Turia ante más de 200.000 personas en la década de los ochenta.Imagen cedida por Los Inhumanos

“Cuando todo estaba centralizado en Madrid, Valencia era la ciudad moderna por excelencia. No lo digo por patrioterismo, sino porque, mientras que en otras ciudades había cuatro, cinco o seis discotecas que hacían conciertos, en Valencia había cuarenta y tantas. En ese sentido, nosotros fuimos el resultado de esa forma mediterránea de vivir la vida y de la libertad de la época porque, si en cualquier sociedad se busca un equilibrio entre libertad y seguridad, en los ochenta la balanza estaba claramente inclinada del lado de la libertad”.

Los Inhumanos supieron sacar buen provecho de esa libertad, de la falta de regulaciones y de los vacíos legales en los años ochenta. De esta forma, durante la época de mayor éxito del grupo, los valencianos subieron al escenario burros, elefantes, llegaron a tocar ante más de 200.000 personas en un concierto en el cauce del Turia y realizaron una actuación benéfica en la cárcel de mujeres de Valencia.

“Una de mis películas favoritas es El guateque, en la que hay una fiesta de la espuma con un elefante y siempre quise hacer una cosa parecida. Buscamos un domador ruso que aceptó llevar tres elefantes, aunque nos decía que él no se responsabilizaba de lo que pudieran hacer los animales. Lo de la cárcel fue porque, desde que era pequeño, nuestro mánager tenía la fantasía sexual de entrar en una prisión solo para mujeres. Por eso, me confesó posteriormente, nos organizó esa actuación benéfica”.

“El ‘rock and roll’ español ha sido aburridísimo”

En opinión de Alfonso Aguado, “la gente tiene patrones sobre el rock and roll muy equivocados. Salvo contadísimos grupos, el rock and roll español ha sido aburridísimo. Las estrellas de los ochenta y noventa acababan el bolo y no dejaban que nadie accediera al camerino, lo contrario de nosotros, que incitábamos a que la gente entrara para invitarles a las botellas que teníamos, y que eran muchas, porque pedíamos un catering brutal. Además, mientras que otros artistas se iban al hotel, nosotros nos quedábamos los últimos en los pueblos y, a las ocho de la mañana, todavía estábamos preguntando: ‘¿No hay ningún sitio abierto?’. Los del pueblo, claro, nos respondían: ‘¿Queréis largaros ya a vuestra puta casa?”.

La llegada de Los Inhumanos a los pueblos de España era un acontecimiento que, en ocasiones, tenía efectos inesperados a largo plazo. En Vidas inhumanas, Alfonso Aguado confirma una de las leyendas que siempre rodearon al grupo: las relaciones sexuales con las fans y sus consecuencias, como el nacimiento de un hijo que, años después y con las pistas que le dio su madre, buscó a su padre biológico entre los miembros del grupo. “En el libro hablo del caso y pongo el nombre del padre, que ya tiene tiene cinco hijos reconocidos de cinco mujeres diferentes. Le conté que lo iba a incluir y me respondió que no tenía problema, que incluso le gustaría conocer al chico. La única condición que me puso es que no viniera a pedirle responsabilidades o a reclamarle la pensión de los últimos 25 años”.

Alfonso Aguado, de Los Inhumanos, durante la presentación del libro de memorias del grupo.
Alfonso Aguado, de Los Inhumanos, durante la presentación del libro de memorias del grupo.Sergi Albir

Además del sexo y las fiestas, otro de los compañeros de viaje de los grupos de los ochenta fueron las drogas, especialmente la heroína, que se llevó por delante a muchos de los artistas de la época. Si bien en libro de Aguado se centra en sustancias como el alcohol y alguna aparición esporádica del cannabis, en un glosario final en el que se recogen los términos empleados coloquialmente por los miembros del grupo entre s—, aparecen algunos, como Tiro libre, Nominado a un Grammy, Acabar a tiro limpio, Recién pintado, Delineantes, Tiralíneas o Farlópez, claramente relacionados con la cocaína.

“No he tomado cocaína nunca porque soy muy nervioso y me excitaba mucho. Pero no te voy a negar que había gente que la tomaba. Éramos muchos y había de todo. Había gente que votaba a Izquierda Unida y había gente que votaba a la derecha porque lo que nos unía eran las ganas de pasarlo bien y de la fiesta. En todo caso, lo que no encajaba en el grupo era la heroína. Imagínate a alguien de Los Inhumanos puesto de caballo. Hubiera sido imposible. Lo único que nos pasó relacionado con la heroína fue que, durante los conciertos, organizábamos El concurso del Simca 1000, que consistía en que subían parejas al escenario para escenificar que hacían el amor. El público votaba y a los que mejor lo hacían les dábamos 10.000 pesetas. Un día subieron dos yonquis y el tío le dijo a la chica: ‘Quítate la ropa, que nos dan 10.000 pelas para el pico’. Los pobres se quedaron desnudos en el escenario convencidos de que iban a ganar”.

Fin de ciclo

Los Inhumanos vendieron millones de copias de sus trabajos, recibieron discos de oro, discos de platino, hicieron giras por República Dominicana, por Argentina y llegaron a dar 120 conciertos en un año por los que cobraban tres millones de pesetas (18.000 euros) y en los que, en contra de lo que puede parecer, tocaban en riguroso directo. “El playback era solo para la televisión porque no dejaban hacer otra cosa, pero nos negábamos a hacerlo en los conciertos. Siempre hemos llevado buenas bandas porque teníamos claro que nosotros podíamos montar el desacato, pero para que todo eso no fuera un puto descontrol, los músicos debían ser excelentes”, recuerda Aguado que, entre esos profesionales que pasaron por la banda, menciona a un jovencísimo Carlos Goñi, líder de Revolver. “Goñi estuvo al principio de Los Inhumanos pero, además de él, hubo miles de músicos muy conocidos que luego no lo ponen en su biografía porque ahora tienen la imagen de cantantes comprometidos socialmente”.

A pesar de los particulares del grupo y de esa frenética actividad, Los Inhumanos consiguieron controlar con bastante acierto los problemas propios de la convivencia, los egos y las ambiciones personales. Sin embargo, con lo que no pudieron lidiar fue con la crisis de la industria y el cambio generacional. “Los Inhumanos éramos como una despedida de soltero continua y, como todas las despedidas de soltero, tenía periodos de resaca. Se creaban grupos, surgían rencillas… pero cuando las cosas giran en la misma dirección, funcionan. Una rueda, por ejemplo, puede pararse, pero cuando va para un sitio, acaba yendo siempre para ese lugar. Por eso, cuando había algún problema podías estar mosqueado pero, a los dos días, la cosa volvía a rodar. El problema llegó cuando dejaron de reírnos las gracias, cuando dejó de apoyarnos la gente que nos apoyaba y nos fuimos a tomar por el culo”.

En los años noventa la discográfica Zafiro fue absorbida por Ariola. Con la fusión, los directivos decidieron darle la carta de libertad al grupo, que no encontró una nueva compañía y se disolvió temporalmente. “Era la época de la música de baile, en la que un artista de éxito que sonaba en la radio tocaba en playback en una discoteca, acompañado de tres bailarinas por un caché de 1.000 euros. Por eso, es cierto que fue una cuestión de cambio generacional, pero también económica, que no solo nos afectó a nosotros sino a Hombres G o a Radio Futura”.

Solo para hombres

Una de las características de Los Inhumanos es que nunca hubo mujeres. La explicación, según Alfonso Aguado, respondía a que “la tradición en los grupos de pop-rock es que acaben liándose entre ellos. Lo que en principio no habría estado mal y podría haber hecho muy divertidos los viajes en bus y las esperas en los camerinos. Pero esa misma tradición indica que esos líos pasajeros intergrupales acaban siempre convirtiéndose en parejas estables y no teníamos ningún interés en ser un grupo con 15 Sergios y 15 Estíbalizs”. Por esa razón, la banda siempre estuvo formada por hombres que, en la actualidad, podrían ser calificados como de individuos cisheteros que, además, hacían gala de ello en sus letras y sus apariciones públicas. Sin embargo, como sucede en el fútbol español, es difícil creer que, aunque solo sea por cuestiones estadísticas, no hubiera ningún homosexual en la banda.

“Sí, claro que había homosexuales. Es cierto que había una mayoría de heterosexuales, pero también había gais porque, como te decía antes, había gente de todo tipo”, explica Aguado que recuerda que, independientemente de la opción sexual, no cualquiera podía ser miembro de Los Inhumanos. “Para entrar había que superar diferentes pruebas, aunque la verdad es que el jurado era absolutamente corrupto. Todo dependía de si el tío nos caía bien o no, porque lo importante era que la persona demostrase que no tenía vergüenza, que iba a saber convivir en el grupo y que no iba a estar tocando los huevos o diciendo que había cosas que no iba a hacer. El otro día, por ejemplo, me escribió un colega de Toledo por Facebook que me dijo que se había hecho fan nuestro porque iba paseando con sus amigos por una alameda y se encontró a uno subido a un árbol desnudo. Se pararon a preguntarle si le pasaba algo y les respondió que se fueran, que estaba haciendo una prueba para entrar en Los Inhumanos. Le dejaron ahí y, a partir de ese momento, se hizo fan”.

En 2021, Los Inhumanos cumplen 40 años de actividad. Una fecha que, de no haber sido por las restricciones provocadas por la covid-19, se habría celebrado por todo lo alto. “Me hubiera gustado reunir a personas de las diferentes formaciones y hacer todas esas cosas que se nos quedaron en la cabeza y que al final no hicimos. Por ejemplo, ser lanzado como hombre bala, que es algo que siempre me ha hecho ilusión”, explica Aguado quien, a pesar del tiempo transcurrido, mantiene intacta la filosofía con la que nacieron Los Inhumanos. “Queríamos que la gente se divirtiera y lo conseguíamos. En ese sentido, el éxito que nos negaron los medios nos la sudaba porque teníamos la sensación de estar haciendo lo que queríamos. Hacer lo que quieres, aunque no te lo reconozca nadie, es el éxito”.

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