Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Lo bueno, lo malo y el sol

Hace años entendí que dejar que el sol roce los libros y los muebles era darles vida

El poeta, escritor y director de cine Jean Cocteau al sol en el jardín de su casa en Milly-La-Foret, en la región de Isla de Francia, al sur de París, en 1963. |
El poeta, escritor y director de cine Jean Cocteau al sol en el jardín de su casa en Milly-La-Foret, en la región de Isla de Francia, al sur de París, en 1963. |Gamma-Keystone via Getty Images

Conviene no olvidarlo: lo bueno y lo malo se redefinen constantemente a lo largo de una vida. Pensemos en el sol. Los pediatras recomiendan protección máxima. Pero advierten de lo contrario: desde que las pantallas han sustituido a las pelotas el déficit de vitamina D se ha extendido entre los niños. El inclasificable Jean Cocteau admitió que no podía estar sin él. Puede que porque vivía en París. “Solo tengo como amigos a mujeres riquísimas y a chicos muertos de hambre”, se lamentaba. Según Truman Capote, el poeta, dramaturgo y cineasta era célebre por su habilidad para no pagar la cuenta en los restaurantes: “Estaba convencido de que ya había pagado su parte con su brillante conversación”. Coco Chanel había contribuido a malcriarlo. En su impagable La novela de la Costa Azul (Periférica) Giuseppe Scaraffia escribe que, al ejercer con la modista de “gigoló sin sexo”, Chanel le pagaba “tanto las drogas como las clínicas en las que periódicamente ingresaba para desintoxicarse”. Lo dicho: bueno y malo se redefinen.

Jean Cocteau creció en casa de su abuelo, sobreprotegido por su madre desde que, con 10 años, su padre se disparara una bala en la cabeza. Pasó de mal estudiante a niño-poeta, es decir a niño-prodigio. Y esa infancia le enseñó dos cosas: era necesario huir de lo fácil; había que hacerlo buscando el sol. El calor lo encontró a veces en el vértigo de la vanguardia (trabajando con Picasso, Satie, Diaguilev o Stravinsky). Durante pocos años, en la mente y el cuerpo de su amado Raymond Radiguet, que murió a los 20 de fiebre tifoidea: “Su muerte fue como una operación de corazón sin anestesia”, escribió. Otras veces en la cura –desintoxicándose escribió Los niños terribles– e incluso, en ocasiones, en el catolicismo: dedicó sus últimos días a pintar iglesias. Con todo, donde siempre encontró consuelo Cocteau fue en el sol. Estaba convencido de que le daría la energía necesaria para trabajar. Nos ha hecho falta algo muy grande para pararnos a valorar las pequeñas cosas. Y no es que el sol sea pequeño, claro, es que rara vez nos paramos a reconocer su papel sustancial en nuestra vida cotidiana. En la película de Vittorio de Sica Milagro en Milán está explicado gráficamente: aparece el sol, se detiene el mundo y llega el buen humor. Este otoño, como Cocteau y como esos milaneses, necesitamos más sol para entender nuestro papel anecdótico en brazos de la naturaleza.

Nuestra normalidad ha quedado redefinida. El tedio de ver pasar la vida desde la ventana ha sustituido a la posibilidad de toparnos con lo inesperado. Una de las consecuencias de esta pandemia es que ahora lo inesperado es el miedo. Solo el miedo. La covid-19 es tan dura con los mayores como con los jóvenes. A los primeros los sepulta bajo el temor y a los segundos no les permite sentir que tienen la eternidad por delante. Ese sentimiento ya no volverá. “Vivir en el Sur significa que, al amanecer, la casa respira abierta... y que cuando el sol luce en su plenitud, la casa se cierra como una flor ofendida, calla, pierde la conciencia para despertarse cuando ese sol la deja en paz”. Colette pasaba en Saint-Tropez el mayor tiempo posible cuando allí había más tabernas que restaurantes de lujo. La escritora, que desayunaba siempre higos, estaba convencida de que un jardín debía servir para comer. Hoy los jardines urbanos –una conquista ciudadana que pasó de pertenecer a unos pocos a compartirse entre todos– nos devuelven la ilusión de la libertad cuando sentimos el sol en nuestra piel.

“Pasados los 40 es necesario estar el mayor tiempo posible bajo el sol. No hay una medicina que sirva para tanto. Ya estaría muerto si no hubiera entendido la sabiduría de las golondrinas, que cambian de lugar según la estación”. Ahora es Mérimée quien habla. Aunque a Virginia Woolf nunca le gustó la Costa Azul –al sol tenía calor y a la sombra frío–, Cocteau sí describió su amor por los veranos de playas con algas y alpargatas: “Me gustan esos lugares mediocres que no atormentan a quien los disfruta”. Hace años entendí que dejar que el sol roce los libros y los muebles era darles vida. Es bonito que nos acompañen y envejezcan con nosotros. Disfrutemos del sol, dejémoslo entrar por la ventana.

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