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El chef ‘de la CIA’ que compró un palacio renacentista en Úbeda y lo transformó en una fiesta

Un inmenso salón de baile escondido en un ropero, las famosas Cenas Jocosas de las que escribió el poeta Baltasar de Alcázar... La vida regresó a Úbeda con la llegada de los Guth al Palacio de los Medinilla; también, la fantasía, el arte y el diseño

A la izquierda, vista exterior del Palacio de los Medinillas, en Úbeda, en los años setenta. A la derecha, Francis Guth selecciona un vino en la bodega. |
A la izquierda, vista exterior del Palacio de los Medinillas, en Úbeda, en los años setenta. A la derecha, Francis Guth selecciona un vino en la bodega. |Archivo familiar / House & Garden

Cada casa familiar tiene su propia historia. Pero no todas tienen una de espías americanos, ni han visto colgado un Picasso ni han pertenecido a un “carnal (amigo íntimo)” de Mario Moreno Cantinflas; y pocas, muy pocas, esconden un salón de bailes en un ropero del baño y han recibido al embajador de Estados Unidos en un guateque durante la Transición. La que mis padres compraron en Úbeda en 2010, sí.

Nada de eso lo sabía cuando ellos me contaron que habían comprado un cortijo. Empecé a sospechar cuando fui a verla por primera vez y descubrí un palacio que jamás hubiera imaginado. Lo corroboré a medida que iba desempolvando todos los papeles, libros y revistas que había en su biblioteca, y que sometía a un descarado tercer grado a todos los mayores que conocieron a sus antiguos inquilinos. Para los ubetenses no existe otra versión: el palacio perteneció a un agente de la CIA. Y aunque la diplomacia estadounidense, de hecho, comenta abiertamente que trabajó “en la compañía”, no es algo que aparezca en las reseñas públicas de la época. Por lo que he podido leer acerca de Mr. Guth, fue un chef disfrutón (o esa era su tapadera), yerno, eso sí, de un diplomático de Estados Unidos para zonas de conficto. Esta es la historia que hasta el día de hoy he podido rescatar del palacete renacentista de los Medinilla.

Don Héctor Manuel Alcocer y su esposa, Clara Cajiga de Alcocer, viajaban de Madrid a Sevilla en coche. Corrían principios de los años ochenta y habían llegado a la capital en avión desde Guanajuato, en México, de donde procedían y donde conocieron a Mario Moreno antes de que fuera el ínclito Cantinflas, para hacer un viaje por Andalucía. Pasado Despeñaperros, al ver la desviación de Úbeda, don Héctor frenó en seco y le dijo a su mujer: “Vamos a Úbeda; allí está aquella casa maravillosa, vamos a buscarla”.

La “casa maravillosa” era el Palacio de los Medinilla, un edificio renacentista protegido en pleno casco histórico (hoy Patrimonio de la Humanidad) que Alcocer conocía gracias un artículo de la revista estadounidense House & Garden, cuyo recorte, de varias páginas, guardaba como oro en paño. En él su propietario, un millonario americano con grandes dotes culinarias, hablaba de sus festines palaciegos.


Sin GPS ni más direcciones, llegaron a “la casa maravillosa”, agarraron las aldabas de la puerta, tocaron y preguntaron si podían visitarla.

Los dueños, Francis y Jenny Guth, les citaron a tomar café a las 16:30 y juntos recorrieron los 2.000 metros cuadrados en dos plantas que formaban el edificio. Visitaron algunos de los rincones que ya habían visto en el papel cuché, como la cocina, con esa encimera volada donde Guth preparaba sus famosas “Cenas Jocosas” (sobre las que escribió el poeta Baltasar de Alcázar). Después las servía en una enorme mesa de mármol sobre la que caía una lámpara de Murano. Allí se encontraba la colección de platos de cerámica ubetense, amarillos y verdes, con retratos y alegorías tapizando toda la pared. Y los jarrones de Manises de montañas de frutas como sumergidos en un baño de cal y los espejos con anuncios de sherry. Decorando el resto de paredes, había unas pinturas originales hechas por Jenny, que había recibido clases de Arte en Nueva York, en las que se representaba a ella misma jugando a las cartas con los beodos del pueblo, o incluso retrataba a la criada con el delantal y la cofia de su uniforme.

Francis y Jenny les enseñaron el patio central, típico del renacimiento y perfectamente conservado. En él se erigía una de las piezas más excéntricas del palacio: una enorme escultura dedicada a la patata frita diseñada por su propietario en una simbiosis de sus dos grandes pasiones: el arte y la cocina. Y pasaron al jardín, con restos de columnas y fragmentos de esculturas entre la maleza, y una piscina, la primera que se hizo en Úbeda (Jaén), con una curiosa forma trapezoidal junto a un templete clásico, “entre villa paladiana y Grey Gardens”.

Continuaron con la bodega subterránea y abovedada, donde Guth tenía una excelente colección de vinos, champanes y sherrys centenarios en colmenas, y unas mesas basculantes. Visitaron uno a uno todos los dormitorios, el de las camas de dosel, el de las paredes tapizadas con papel inglés, el de las dos camitas donde se recuperó de apendicitis la hija del embajador de Estados Unidos, y la habitación árabe, con un baño con papel pintado imitando los azulejos sevillanos, donde un falso armario daba acceso a una puerta secreta que llevaba a una sala de baile de más de 200 metros llena de espejos.

Se asombraron con el espectacular baño en suite en su dormitorio, cubierto por suelo y paredes de corcho y espejos de suelo a techo, y su pornográfica bañera cuadrada excavada en el suelo de mármol negro iluminada por otra lámpara de Murano.

Así fue como los Alcocer conocieron a los Guth y descubrieron que tenían, además de gustos e intereses compartidos, amistades comunes, pues ambas familias poseían sendos ranchos en San Antonio (Texas, Estados Unidos). Esa tarde se plantó la semilla de una gran amistad y, cuando los Guth invitaron a los Alcocer a pasar la Semana Santa a Úbeda, no sabían aún que algún día ese palacio sería suyo. “Mis papás enloquecieron con la belleza del lugar, de poder quedarse en el palacio, de vivir la Semana Santa en Úbeda y de conocer a tanta gente maravillosa que vivía allá”, cuenta ahora su hija Maru, desde Valle de Bravo, México.

Francis y Jenny habían comprado la casa a finales de los sesenta y, como es de imaginar, su llegada supuso una gran revolución en la ciudad. Rápidamente corrió la voz de que él era un agente de la CIA masón –una historia que en Úbeda ya es más verdad que la propia biografía de Francis Guth–, y pronto se supo que los Guth había vendido un palacio en el Gran Canal de Venecia para comprar esta casa, y que además el Banco Exterior de Crédito le había concedido un crédito ilimitado. Con ese préstamo, y con lo que le proporcionó la venta del palacio veneciano, Guth fue adquiriendo para su recuperación varias casas históricas y emblemáticas de Úbeda, algunas en ruinas, lo que generó trabajo en la ciudad.

Es lo que hacían. Lo cuenta la hermana de Jenny en una autobiografía que escribió para el proyecto de tradición oral de la asociación estadounidense de Estudios diplomáticos y las Relaciones exteriores: “Viajaban constantemente, comprando casas exóticas, decorándolas y vendiéndolas para ir a la siguiente casa exótica”. Por estas páginas sabemos también que Jenny había nacido en un barco en mitad del Océano Pacífico y que Francis era en realidad un chef de alta cocina, con dos hijas de un matrimonio anterior, al que Jenny había conocido en México, donde la familia vivió unos años.

En Úbeda, los vecinos mayores aún se acuerdan de las fiestas que organizaban, de la elegancia de los vestidos, de las joyas nunca vistas que desfilaban por allí, de los cubiertos de oro con mangos de marfil, de cuando Analía Gadé vino aquí a rodar una película y también de los eventos que Jenny y Francis celebraban en Navidad invitando a los más desfavorecidos.

Pepe Almagro, anticuario y escritor, fue uno de los que más trató a Francis en esa época, ya que, después de cocinar y comer, el arte y el coleccionismo eran las grandes pasiones del estadounidense. Hacía años que Almagro no hablaba de él, pero lo recuerda con memoria fotográfica. “Era alto, grueso, con pinta de cocinero, con la tez roja y el labio belfo, un poco parecido a Arguiñano. Jenny también era alta, delgada, y siempre iba como el correcaminos, seguramente para que no le pararan y le preguntaran por su marido”.

“Francis nunca andaba con dinero encima, en su lugar llevaba la chequera en el bolsillo. Tenía una firma muy rara, muy simple, como una letra hebrea, una U invertida, lo que siempre generaba desconfianza la primera vez”. Así le pagó a él el coche de caballos del siglo XIX que le vendió, y que hoy sigue a la entrada de la casa. Uno de esos en los que se iba a la sierra de Segura, como recogía el Diario Jaén en 1971 en su artículo a toda página “Vuelve la vida a un palacio de Úbeda”.

En él también se habla de las mesas de maderas tropicales de una sola pieza, de los sillones de Marcel Breuer y Le Corbusier, de los cuadros del pintor peruano Chaves y del italiano Pomorado e incluso de un Picasso. Tito, el alfarero más famoso de Úbeda, lo vio con sus propios ojos. “Don Francisco me invitó a su casa a comer unos mantecados una Navidad y allí estaba. Yo tenía solo 25 años y no lo valoré en todo su esplendor”.

Francis y Tito forjaron una buena amistad. “Don Francisco” pasaba casi todos los días por su taller, siempre ataviado con un traje de tres piezas. Venía puntualmente para ser testigo de la apertura del horno con las piezas, y le hacía casi todas las semanas encargos para enviar a sus amigos: “Esta va para Londres, estas dos para Nueva York y aquella para Rusia”. Le traía libros de alfarería, le enseñaba piezas de otros lugares, y le abrió su universo. Tito también tuvo una buena relación Jenny. Ella le encargaba platos que “luego pintaba como quería, lo que le apetecía, sin corsés… Era una persona de muchísimo talento”.

Su hijo Pablo insiste en que el americano fue uno de los primeros clientes que tuvo su padre y un personaje relevante en la artesanía local. “Le dio libertad creativa y sugerencias e influyó en la cerámica posterior de Úbeda con esa apertura de miras y esa valentía a la hora de incorporar influencias de otras culturas. Fue un muy importante para él”.

No solo para Tito. Guth ejerció de mecenas en su manera particular: invitaba a artistas y les pagaba su estancia para que crearan y tenía en plantilla a los mejores artesanos, carpinteros y restauradores de la ciudad, que trabajaban en la entrada del palacio.

Guth dibujaba los diseños a lápiz y ellos ejecutaban. Desde sillas y armarios hasta cocinas portátiles para usar en cualquier habitación, con placas de Westinghouse traídas de Estados Unidos e insertadas en carritos de madera; o mesas de cata de aceite y de vino, de las cuales todavía Paco Castro, también anticuario, y actual propietario del museo Andalusí, conserva una. Luego, los Guth llevaban sus creaciones a ferias de artesanía en Europa.

Guth amaba todo lo relacionado con la cocina. En la práctica y también en la teoría. Poseía una de las mejores bibliotecas gastronómicas de España, con libros antiguos, revistas en varios idiomas, incluidas en las que él mismo escribía dando recetas españolas con alimentos kilómetro cero, y contando, además de sus peripecias en Úbeda, las equivalentes que trajinaba en otra de sus mansiones, la de Cork, en Irlanda, donde pasaba la otra mitad del año. Entre los artículos se encuentran amplios reportajes en la revista House & Garden que también incluyó una producción en el palacio ubetense en 1972.

Llaman la atención en la inmensa biblioteca unos sillones orejeros, “como los que hay en los museos ingleses para que duerman los vigilantes y no se les vea”, como él mismo explicó a Almagro, hechos de una de las maderas más caras, la de coral, junto a sillas venecianas, códices incunables, y una pieza de forja del siglo XIV que le había vendido el anticuario.

Mientras Francis cocinaba, escribía o leía, Jenny pintaba, esculpía, moldeaba o encuadernaba en la habitación contigua, con “un suelo de mármol de colores y bajo una lucerna traslúcida”, recuerda Almagro. “Mi señora trabaja la cerámica artística, también el óleo y la acuarela, todo figurativo, y también teje”, explicó Guth en una entrevista.

Pasaron algunos años y los Guth decidieron, por razones que se desconocen, vender el palacio con todo lo que tenía dentro. Como “no querían que se quedara en manos de alguien que no lo amara”, explica Maru Alcocer, se lo ofrecieron a sus padres. “Y así fue como mi papá compró el Palacio de Medinilla en 1988. Tenía 74 años y mi mamá 68, ya estaban mayores para asumir la magnitud del proyecto, pero estaban llenos de vitalidad y entusiasmo. Mi padre amaba las casas antiguas y sus casas fueron su vida. En México, tuvo su primera casa-ruina a los 19 años. La restauró y, poco a poco, la vida le fue llevando por lugares especialmente bellos y con un legado histórico importante, como la Casa del conde de la Valenciana, en la ciudad de Guanajuato”.

Cuando Héctor falleció, Clara decidió vender la propiedad y quiso hacerlo con la misma filosofía: pasarle el testigo a alguien que fuera a cuidarla como se merecía. Conoció a María Teresa, mi madre, historiadora del arte y cuyo padre había sido médico en Baeza en la época en la que Antonio Machado daba clase de francés, y enseguida hicieron buenas migas. Tras varias reuniones en una suite en el hotel Ritz de Madrid, y otras tantas tasaciones de continente y contenido, llegaron a un acuerdo. Ahora mi familia alquila el jardín del palacio para celebraciones de eventos (aquí se casó Moisés Nieto) y ha conservado la casa prácticamente intacta. Incluida la escultura de la patata frita, las pinturas de Jenny en la cocina y una foto de doña Clara en el salón. Al Picasso se le perdió la pista.

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