Moda

La historia que cuenta el armario de Carmen Alborch

Los hermanos de la exministra donan sus vestidos y complementos al Museo del Traje

Carmen Alborch, entonces ministra de Cultura, saluda a la emperatriz Michiko en presencia del emperador del Japón Akihito, Juan Carlos I, la reina Sofía y la infanta Elena, el 10 de octubre de 1994. La política llevaba un diseño de Issey Miyake.
Carmen Alborch, entonces ministra de Cultura, saluda a la emperatriz Michiko en presencia del emperador del Japón Akihito, Juan Carlos I, la reina Sofía y la infanta Elena, el 10 de octubre de 1994. La política llevaba un diseño de Issey Miyake.Manuel Hernández De León / EFE

Nació en el Mediterráneo. Carmen Alborch fue una niña valenciana que creció viendo a su madre coser todas las tardes. Una vez a la semana, Carmen, la costurera, iba a ayudarla. La pequeña Carmen vivió sus primeros años en un hogar en el que —como tantos de la España de mediados del siglo pasado— las agujas de punto, las telas, los patrones y los acericos no eran objetos ajenos. Esa pequeña, cuya infancia y adolescencia transcurrió vestida con el uniforme oscuro del colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón, llegó con su llamativa melena rojiza al Congreso de los Diputados en el verano de 1993 como ministra de Cultura del último Gobierno de Felipe González.

Alborch, con una chaqueta de Montesinos, en un desfile del diseñador en febrero de 2015, en Madrid.
Alborch, con una chaqueta de Montesinos, en un desfile del diseñador en febrero de 2015, en Madrid.GTRES

Alborch (Castelló de Rugat, Valencia, 1947- Valencia, 2018) llenó el Parlamento de color y de mediterraneidad. Un lugar ―la Camara baja y, por ende, la política― en el que poco se había salido de los trajes oscuros y monocromos hasta ese momento, como si los uniformes de las escuelas religiosas también rigieran allí. Fue política, en femenino, y llevó a gala su femineidad. Antes de su aterrizaje en Madrid, desprendió color en su tierra, de donde también lo tomaba. Fue la primera decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, donde entró como alumna. Impulsó y dirigió el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), creado antes que otros centros españoles dedicados al arte contemporáneo como el Macba en Barcelona, el Guggenheim en Bilbao, el Musac en León o el CAAC en Sevilla.

Ese color que rodeó a la política, escritora, feminista, profesora…. no podía acabar en otro lugar que no fuera un museo. El metafórico, el que irradiaba, se lo quedó su familia y en familia, Rafael Alborch (uno de sus hermanos) incluye a su extensísima red de amigos. El que la rodeaba físicamente, el de los trajes que vestía, con los que disfrutaba y epataba forma parte de las colecciones del Museo del Traje (Madrid). Los Alborch han donado su vestuario a esta institución, que actualmente se encuentra cerrada y aún no tiene fecha de reapertura. Juan Gutiérrez, conservador de Indumentaria del siglo XX del museo y experto en moda contemporánea, asegura que el armario de la exministra “guarda verdaderos tesoros, piezas importantes que completan la colección” y que el museo, en el futuro, tiene la intención de organizar una exposición que los muestre.

La exministra, con una chaqueta de Miyake, asiste al entierro de Ana Diosdado en octubre de 2015.
La exministra, con una chaqueta de Miyake, asiste al entierro de Ana Diosdado en octubre de 2015.Sergio R Moreno / GTRES

El diseñador valenciano Francis Montesinos y Alborch se conocieron cuando eran jóvenes, crearon un tándem, se retroalimentaron y a través de la moda, cuestión que muchas veces se frivoliza sin pensar en toda la carga significativa que la acompaña, formaron un discurso que hoy está totalmente en boga. Ella, desde la política de género; él, precisamente, rompiendo los roles de género. “Fue la génesis de una ideología totalmente actual”, explica Gutiérrez. De todas formas, cuando se le pregunta a Montesinos por su amiga, la recuerda entrando en su tienda, comprándose algo, alegrándose el día si alguno lo había tenido malo, pero por encima de todo destaca su amistad. “Carmen era la moda, la moda la enamoraba, la hacía cambiar de estado, pero a mí me ha dado mucho más como amiga, su cariño, su amor. Siempre estaba divina, divina, divina…”, rememora por teléfono.

El modista, que ha sido homenajeado por sus 50 años de profesión con una exposición que recorre su carrera en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad que probablemente itinerará por Gandía, Barcelona o Madrid, se emociona al recrear momentos vividos con Alborch: un desfile suyo en Berlín en el que ella llevaba un diseño transparente con flecos, una inauguración en el Museo del Prado en la que llevaba un vestido negro con un echarpe de organza con volantes (que ahora está en la muestra de Montesinos, pero acabará formando parte de los fondos del Museo del Traje). El diseñador marcó el principio tanto de la forma como del fondo de Alborch, esos años sesenta y setenta, la subversión de la imagen, la ruptura con lo establecido, no solo en la manera de vestir, la indumentaria era un elemento más que lo mostraba.

La moda fue una de las armas de Alborch, una estrategia, no era algo gratuito. Le gustaba, sí, “pero detrás de eso había unas lecturas psicológicas y psicosociales. A ella le tocó vivir la revolución de la indumentaria de la calle y también algunas revoluciones ideológicas, en su caso, centrada en el feminismo y la democracia”, asegura el conservador del Museo del Traje, que relata el hilo conductor de su armario en paralelo con su evolución profesional y personal. Las colecciones siempre retratan a los coleccionistas. Rafael Alborch respalda esta faceta al asegurar que Carmen concebía las prendas para usarlas, para disfrutarlas, pero también para conservarlas.

Carmen Alborch, vestida por Montesinos, en la cena de gala con motivo de la inauguración de la ampliación de Moneo del Museo del Prado, el 29 de octubre de 2007.
Carmen Alborch, vestida por Montesinos, en la cena de gala con motivo de la inauguración de la ampliación de Moneo del Museo del Prado, el 29 de octubre de 2007.MAM / GTRES

“Pasa de Montesinos a Del Pozo, Sybilla, por la parte internacional: Armani y de ahí a Miyake. La dibuja perfectamente, una evolución lógica que la muestra desde esa juventud subversiva hasta la madurez también reivindicativa, pero más sofisticada”, narra Gutiérrez como quien en vez de contar años cuenta trajes. Uno de los favoritos de Carmen era un vestido de Issey Miyake con el que asistió a una cena de gala que ofrecieron los Reyes a los Emperadores de Japón y que también se puso cuando cumplió 50 años.

Ahora se habla del efecto Illa (en referencia a Salvador Illa, quien fuera hasta hace unos días ministro de Sanidad y actual candidato del PSC a presidir la Generalitat catalana), pero hubo mucho antes un efecto Carmen Alborch, una manera innovadora de hacer política, desde la sonrisa, desde la forma y desde el color, pero también desde el fondo, desde la ideología. Antes de las mascarillas con mensaje ya llevaba ella pendientes en los que se podía leer “pelea por lo que quieres”.

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