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OPINIÓN i

Carmen y la alegría

Imposible imaginar esa risa en pasado. Reía siempre, y cuando no reía simulaba reír, como si consiguiera del fondo de sus risas un remanente que le afloraba en la boca

Carmen Alborch Ver fotogalería
Carmen Alborch, durante una entrevista en 2004.

Imposible imaginar esa risa en pasado. Reía siempre, y cuando no reía simulaba reír, como si consiguiera del fondo de sus risas un remanente que le afloraba en la boca, y ahí se quedaba, como un abrazo para los instantes tristes.

Cuando la nombraron ministra de Cultura, cuando en ese sitio no había ni un duro en caja, convocó a un amigo para preguntarle qué se hacía en la penuria. “Vete a los sitios”. Ella tomó el consejo al pie de la letra y su estadía en ese potro que viste mucho pero que da tantos disgustos fue un incesante ir y venir por conciertos, rockeros y de los otros, por cárceles a las que llevó flamenco y poesía, por librerías que ella atestaba con su presencia; elaboró en el aire fórmulas para atraerse a los sabios del lugar a todos los comités que antes estaban tan serios, y contagió a España, también al Parlamento circunspecto y gritón, de su espíritu de fallera civil, de mujer que no para de reír a la vez que instruía, seriamente, sobre los caminos que debe seguir la libertad cuando es la consecuencia de la cultura.

Desensilló sin ruido el potro de tortura que ella montó con tanta alegría, siguió en la política, aspiró a otras eventualidades de la burocracia de partido, pero sobre todo se hizo, quizá, la primera feminista que se tomó en serio que escribir sobre la mujer no es decir cuatro bobadas. Escribió libros, los fue a presentar por todas partes, y fue la capitana trueno de lo que luego sería celebrado en todo el mundo como el MeToo o como el malva de las manifestaciones del 8 de marzo. Donde quiera que fue, y donde quiera que estuvo sentada, basaba su autoridad en la responsabilidad de explicar con hechos su alegría: alegría del futuro, alegría de estar con otros, alegría de proponer una vida distinta para un país en el que nos disputamos, unos y otros, la hegemonía de la cicatería.

Era la misma mujer alegre siempre, cuando estaba con los grandes, la recuerdo animando a Paul Bowles en la última enfermedad de aquel hombre que ya parecía un pájaro en estado de grave despedida, y la recuerdo en sus charlas con las presidiarias a las que llevó poemas como abrazos, y la recuerdo hablando (por última vez, en este caso) del porvenir de la mujer, y de la vida, en las aulas de la Universidad de Valencia.

Más allá en la historia ella está revolucionando el IVAM, que fue el resultado de su mejor risa, la que adivinaba para Valencia un espléndido porvenir, en el que ella instaló a su tierra hasta que otros ceñudos administradores manirrotos convirtieron toda aquella ilusión en un desperdicio.

La risa de Carmen, su alegría. Es imposible ahora imaginar esa risa en pasado, completamente imposible decir sin llorar que ha muerto esta mujer que hizo de la cultura una peregrinación profunda y festiva, y ahora ya simplemente eterna.

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