Donald Trump

Los Hilton y los Trump, dos familias con historias paralelas

Ambas son descendientes de inmigrantes alemanes, comenzaron su fortuna con el negocio hotelero y se parecen hasta en cómo consiguieron pasar de ricos a famosos

Donald Trump y su hija Ivanka durante un encuentro en la Casa Blanca el pasado 26 de junio.
Donald Trump y su hija Ivanka durante un encuentro en la Casa Blanca el pasado 26 de junio.Drew Angerer / Getty Images

”Los Hilton fueron los Trump antes de que los Trump se convirtieran en los Hilton”, esta es la teoría del columnista Ben Widdicombe, un periodista veterano del gossip y la crónica social en Manhattan, que firma la columna semanal No regrets de la sección de Estilo de The New York Times. En su último libro, Gatecrasher, explora las alianzas entre las grandes familias neoyorquinas y las fabulosas coincidencias entre las grandes sagas de la ciudad.

Despliega su teoría de los Hilton y los Trump desde el mismo origen de ambas familias. El patriarca de los Hilton, Augustus, fue un inmigrante noruego que llegó a Estados Unidos en el siglo XIX y se casó con una americana de origen alemán. Friedrich Trump, el abuelo de Donald, fue también un inmigrante alemán. Ambas familias se dedicaron casi desde su llegada al negocio hotelero. Según cuenta Ben Widdicombe en su libro, Friedrich Trump comenzó gestionando un burdel y un pequeño hotel con un restaurante, mientras Augustus Hilton compraba cada vez más habitaciones de un negocio hotelero en Nuevo México. Fue su hijo, Conrad, quien en 1919 adquirió el hotel Mobley en Cisco, Texas, y puso la primera piedra del imperio Hilton. Casi al mismo tiempo, y tras la muerte de Friedrich Trump, su hijo y su viuda fundaron un negocio de construcción en Queens que más tarde fue llamado Trump Organization.

Widdicombe explica que la fortuna de los Trump fue creciendo despacio mientras los Hilton se hicieron ricos en muy poco tiempo, se dejaron querer por Hollywood y cruzaron antes la delgada línea que separaba entonces a los magnates de las celebrities. Conrad Hilton inauguró el arquetipo del playboy del siglo XX, un seductor que bebía martinis en los clubes nocturnos y al que le sobraba el dinero. Un empresario que ocupaba más páginas en las revistas del corazón que en las sesiones de Economía y Negocios de los diarios.

En 1940 se casó con la húngara Zsa Zsa Gabor y se convirtió en el segundo de los nueve maridos que tuvo la actriz a lo largo de su vida. En 1950, su hijo Conrad Jr. se casó con la actriz Elizabeth Taylor, que también acumuló un largo historial de matrimonios, ocho en total. Con estos mimbres la familia Hilton entró con paso firme a la categoría del dinero elegante, ese que se codea con el arte que entonces se centraba en la emergente industria americana del cine.

Mientras todo esto pasaba en Los Ángeles, y los Hilton se bañaban en glamur, los Trump crecían en un escenario con menos brillo pero igualmente lucrativo: construían casas en Queens. En aquella época las familias tenían poco que ver de cara al gran público, porque los Trump no podían estar más alejados de los escandalosos Hilton que aparecían cada semana en las portadas de las revistas por sus excesos con el dinero y sus célebres romances.

Según la versión del autor del libro Gatecrasher, este estado de cosas podría haber continuado toda la vida si no hubiera sido precisamente por Donald Trump, el actual presidente de los Estados Unidos. Él era el más ambicioso de los nietos de Friedrich y se mostró desde sus inicios casi desesperado por conseguir que su familia cambiara el marginal barrio de Queens por el centro del poder, Manhattan.

Él sí estaba dispuesto a dejarse seducir por las revistas, lo estaba deseando, y junto a su joven esposa que en aquella época era Ivana, la madre de sus tres hijos mayores, consiguió hacerse amigo de los Hilton, especialmente de Richard, ‘Rick’ y su mujer, Kathy Richards, antes de dar el salto a la Gran Manzana en los años 80.

“Las dinastías de Donald Trump y Rick Hilton podrían ser, en cierto modo, imágenes enfrentadas frente a un espejo, incluso en su modo de transitar de ricos a celebrities para cambiar el perfil de sus respectivas familias”, afirma Ben Widdicombe. Si Donald estaba constantemente teniendo relaciones, casándose y divorciándose pero trayendo al mundo una descendencia aparentemente estable, Rick y Kathy disfrutaban de un matrimonio plácido pero sus hijas (Paris, 1981, y Nicky, 1983) siempre parecían estar al borde del escándalo.

Hay más coincidencias entre los Hilton y los Trump: Rick y Donald llamaron Barron a uno sus hijos, un nombre con resonancia aristocrática que antes había llevado el abuelo de Paris, quien fue presidente del imperio hotelero durante tres décadas. Y ambas familias han experimentado la muerte prematura de alguno de sus miembros por problemas con el alcohol.

Las extravagancias de cada familia han creado un contexto cultural y una plataforma que incrementa sus famas respectivas. Esta es la tesis que sustenta este libro, que recuerda que si los Hilton fueron los primeros famosos, los Trump dominaron los tabloides en los años 80 y 90 con sus divorcios y su estilo de vida. Un estado de cosas que cambió con la irrupción en el panorama de París Hilton a quien Donald Trump —que fue quien le ofreció su primer contrato como modelo a los 19 años— vio venir desde que esta tenía doce años y era amiga de su hija Ivanka.

La reina del rosa chicle, la primera influencer y la que hizo el primer selfie de este mundo —según consta en sus propios registros—, puso a la familia Hilton otra vez en la cumbre de la fama, pero en esta ocasión de un mundo global e incipientemente conectado.

Y así siguió hasta que Donald Trump se convirtió en el presidente más políticamente incorrecto de la historia de Estados Unidos, y el partido volvió a estar en tablas entre ambos clanes. Desde entonces los dos personajes, Paris y Donald, se mueven en un delicado equilibrio de apoyos y desplantes, donde ella anuncia que lo va a votar porque “lo conoce de toda la vida” o lo critica en público por su política migratoria. Y el presidente…, bueno él todavía está intentado explicar qué quiso decir exactamente cuando conoció a Paris a los 12 años en la casa de sus padres y exclamó: “¿Quién demonios es esta?”.

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