Salto de fe
Columna
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Por la vida

No sabía lo bastante sobre tumores. No sabía lo bastante sobre el cáncer. Cuando ocurrió, ni siquiera sabía consolar.

Una mujer pasa frente a una estatua con un lazo rosa, el símbolo del cáncer de mama.
Una mujer pasa frente a una estatua con un lazo rosa, el símbolo del cáncer de mama.JOAQUIN SARMIENTO (AFP)

Era julio cuando la pantalla de mi móvil se iluminó con un mensaje que empezaba con un “Marga, es maligno”. Las pruebas lo confirmaban. Cuando la llamé, su voz sonaba como siempre. No había ningún rastro maligno en ella. ¿No es sorprendente? Saber que allí estaba, que a lo mejor crecía a cada segundo. Que a lo mejor estaba haciéndose más grande mientras ella me contaba que en el campo anochecía y estaba llenando la piscina y yo imaginaba el agua clara y transparente y fresca y sin rastro de maldad.

No sé consolar así que mientras ella me decía todo eso yo solo agradecía mentalmente que cuando inventaron las lágrimas las hicieron silenciosas, para que mi amiga no oyera mi cara empapada. Rezaba por no sorber ruidosamente la nariz, ni hipar, ni cualquier otra constatación de que mi cuerpo era, en ese momento, escombros en vez de un punto de apoyo.

Recuerdo que cuando tuvieron que hacerle una resonancia en un hospital que estaba tan a las afueras de Madrid que Ayuso lo consideraría España vaciada, yo me ofrecí a acompañarla. Estuvimos esperando cinco horas y ella me pidió perdón por llevarme a comer a las cuatro de la tarde y yo le dije que no tenía nada que perdonarle a alguien con cáncer. Recuerdo que nos reímos porque era nuestra única forma de normalizar una enfermedad que te elige de forma absurdamente aleatoria, que te zarandea y zarandea a todos a los que quieres y que, cuando vuelve a dejarte en el suelo, el suelo que conocías ha desaparecido.

Las cinco horas esperando la resonancia me hicieron comprender que la vida de lo instantáneo era una farsa. Yo quería que curasen a mi amiga con la misma rapidez que a mí me llegaban los whatsapps, pero resultó que la sanación era una carrera de fondo y que no era una batalla. Que vivieras o no, no dependía de tus esfuerzos ni de tus ganas ni de lo bien que te habías portado en la vida ni de si habías fumado, amamantado o tomado la píldora. Resulta que no dependía absolutamente de nada: un cáncer es la cosa más irracional de nuestra vida. Una dialéctica de lucha quizá consuela a los que sobreviven, pero deja en un lugar terrible a los que mueren. ¿Acaso alguien se atreverá a decir a una hija que ha perdido a su madre porque esta no luchó lo suficiente?

La resonancia confirmó que no era un tumor maligno sino tres: tres gotas de cianuro endurecido en su pecho que tenían forma de estrellas diminutas y debían ser extirpadas. Ella pidió, en un acto de valentía que sigo admirando a diario, que ya que la iban a meter en un quirófano, que le quitasen también el otro pecho por prevenir. Yo seguía sin saber consolar.

Ahora ella tiene unas tetas nuevas de mujer de titanio. Sigue de baja. No está luchando, está curándose. Enseñándome, cada vez que la veo, a celebrar cada día. Ahora, siempre que brindamos, lo hacemos solo por una cosa: por la vida.

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