Patio de decibelios

Las 10 de... Coque Malla

De Los Ronaldos a los titubeantes comienzos solistas y la madurez clamorosa: una trayectoria muy ajetreada

Coque Malla posa en un restaurante de Madrid.
Coque Malla posa en un restaurante de Madrid.VíCTOR SAINZ

Le han cundido sus primeros 50 años a Jorge Malla Valle (Madrid, 1969) para hacer lo que a algunos les llevaría varias vidas. Lo llevaba en la sangre: es hijo del reverenciado director de escena Gerardo Malla y de la añorada y maravillosa actriz Amparo Valle. Fue (y es) actor, rockero precoz y chuleta, autor de algún himno que se sabe media España. Y disfruta de una madurez comparable a la de pocos.

Me Gustan Las Cerezas

(Los Ronaldos. De Los Ronaldos. 1987)

Un Coque pipiolo y aniñado, con apenas 18 años y serias dificultades para que le dejaran entrar en los garitos, se coloca al frente de un cuarteto rudo, guitarrero, bullicioso y abiertamente stoniano. Malla quiere ser Jagger y en Me Gustan... saca provecho a su veta más lúbrica y rijosa. Aire chulesco y juvenil: nulo bagaje, pero ya muchísima actitud. Un hito en los estertores de la Movida malasañera.

Yo Detrás

(Los Ronaldos. De ¡Idiota!, 1994)

Tras algún arrebato psicodélico para 0 (1992), llegó el quinto y más elaborado esfuerzo ronaldista, con los chicos travestidos y monísimos en portada: una obra ambiciosa que terminó siendo una fuente de frustración. Sobre todo por la indiferencia con la que fue acogido este Yo Detrás, debilidad confesa y manifiesta de su autor, candidata “evidente” a erigirse en éxito gracias a su deje sabroso y medio latino, muy compatible con la eclosión en aquella época de Los Rodríguez. Misterios de la vida: de aquella, nadie le hizo caso.


No Hay Nadie En La Tierra

(De Soy Un Astronauta Más, 1999)

El debut en solitario, aún muy dubitativo en la búsqueda de un lenguaje alejado de “los tres acordes de siempre”. Malla define aquel trabajo como “fallido, extraño e incomprendido”, pero se cuela esta preciosidad (teclados vintage, coros femeninos) que merece urgente reivindicación. “Soy el mismo de ayer y no hay nadie que lo crea”, repite Coque con rara lucidez, como si se comunicara con su alter ego de dos décadas más tarde.

El Rey

(De Sueños, 2004)

El segundo LP con nombre propio, el más desconocido y fracasado de toda su carrera, incluye una de las páginas de las que su autor se siente más orgulloso. “Es larga, triste, densa, con una parte instrumental larguísima y un espíritu nada comercial”, nos describe. “Pero, por estructura, letra, profundidad y emoción, es de lo mejor que he escrito nunca”. Nadie, ni en la crítica ni entre sus seguidores, reparó en ella. Solo un fan muy especial y generoso: era la favorita de Antonio Vega.

No Puedo Vivir Sin Ti

(Los Ronaldos. 4 Canciones, 2007)

Qué cosas. De una reunión puntual de Los Ronaldos, para la que se grabó un pequeño EP con intención de disponer de algún tema de refresco en la gira, sale el mayor éxito en la historia de nuestro protagonista. Tanto como para que Vox la utilizara (sin permiso) en los mítines, aunque solo hasta que los ultras descubrieron su verdadero significado: estaba inspirada por el amor entre dos amigos gays de Coque. “Es una bonita canción que les ha ayudado en su vida de pareja”, desveló en 2018.

Hasta El Final

(De La Hora De Los Gigantes, 2009)

El disco, por fin, del gran estirón artístico se abría con este espléndido tiempo medio con evidente vocación de himno. Letra sobre incertidumbres amorosas (”No más ceniza en los colchones”) para uno de los clásicos favoritos entre los fans más tenaces, aunque entre el gran público sigue sin cuajar del todo.

Termonuclear

(De Termonuclear, 2011)

Balada deliciosa (”A la vez que se secaron nuestros ojos / juntos empezamos a rezar”) compuesta a medias con Iván Ferreiro y con rutilante arreglo de cuerdas. Da título al “disco favorito” de Coque, pese a que el refrendo del éxito mayoritario aún estuviera por llegar. Malla: “Fue el momento en que me sucede algo, en lo musical y lo emocional, que cambia mi manera de cantar y de escribir”.

GDBD

(De Canta a Rubén Blades, 2015)

Inaudito. Coque se enamora repentinamente del repertorio salsero del panameño Rubén Blades, que le era muy ajeno, y le dedica ¡un disco entero!, registrado en junio de 2012 al incomparable calor del Café Central y publicado tres veranos más tarde. GDBD es un acrónimo, o casi un acertijo (“Gente despertando bajo dictaduras”), que sirve para desarrollar un cáustico y casi recitado retrato costumbrista. Contra toda lógica y pronóstico, magnífico.

Cachorro De León

(De El Último Hombre En La Tierra, 2016)

Malla en su plenitud. Seis minutos enmarcados por el órgano y los maravillosos arreglos para metales de su hermano, el saxofonista Miguel Malla. Escrito bajo el muy evidente influjo de Van Morrison, apodado “El León de Belfast” a raíz de su tema Listen To The Lion. Incluso hay una parte tarareada (naranana nara...), justo como tantas veces le hemos escuchado al norirlandés.

El Gran Viaje a Ninguna Parte

(De ¿Revolución?, 2019)

Un final a media voz, muy evocador, cinematográfico y setentero, para un disco casi tan ambicioso y brillante como su hermano mayor. Cuerdas y metales, alteraciones armónicas ingeniosas, unos coros finales de filiación góspel... Parece la sintonía de alguna serie televisiva de nuestra infancia, lo que la hace aún más fantástica.

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