EDITORIAL
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Descompresión en Cataluña

El panorama político catalán es desalentador, pero hay pequeños resquicios para desinflamarlo

Pere Aragonès y Oriol Junqueras celebran los resultados de las elecciones catalanas.
Pere Aragonès y Oriol Junqueras celebran los resultados de las elecciones catalanas.Alberto Estévez (EFE)

El resultado de las elecciones catalanas no deja grandes márgenes de esperanza para aquellos que desean que Cataluña salga de la desgarradora senda en la que transita desde hace una década. El independentismo ha reforzado su mayoría. Su historia reciente y sus renovados planteamientos excluyentes alimentan pésimos presagios. Hay sobradas razones de desasosiego y el horizonte de las soluciones sigue presentándose con una oscuridad ciega. Sin embargo, sería irracional no observar que los movimientos internos en los bloques ofrecen un pequeño resquicio para impulsar una descompresión del conflicto, paso no resolutivo pero sí necesario. Por un lado, Esquerra Republicana, representante de una versión levemente más pragmática del secesionismo, ha logrado una posición de preeminencia dentro de la mayoría independentista, aunque sea sumamente frágil. En el otro lado del espectro, asume el protagonismo el PSC de Salvador Illa, abanderado de una positiva voluntad de diálogo —con un claro anclaje constitucional, posiblemente menos ambiguo que en otros momentos—. A diferencia de lo que sucedió en 2017, los éxitos de los presuntos bloques opuestos —a ambos lados de la línea divisoria del secesionismo— brindan una pequeña oportunidad para empezar a suturar las fracturas ciudadanas. Sería ingenuo ser optimistas, pero también estúpido ignorar el movimiento y no exhortar a aprovecharlo.

Por resultado y posición, pese a que el PSC alcanzó el domingo la primacía, es a ERC a quien compete la máxima responsabilidad política e institucional. Porque solo esta formación dispone de una relativa centralidad que permite un esquema de gobernanza viable: el configurado por una alianza secesionista o un alineamiento de izquierdas con distintas opciones. La tradición más reciente (10 años pueden parecer una eternidad), el tono exaltado de la campaña (con la firma de todos los independentistas vetando el acceso del PSC a responsabilidades de Gobierno) y la mayoría en votos de estos (aunque no relevante a efectos de pretender legitimar una ruptura, dada la alta abstención) inclinan la balanza, en primer término, hacia un Gobierno secesionista.

Ahora bien, la última legislatura ha ilustrado a todos sobre las dificultades del empeño. Pues no existe nada parecido a un bloque más que en el esquematismo de una idea sobre la cuestión territorial, o en el deseo compartido de ocupar poltronas y parcelas de poder.

Es palmaria la difícil coexistencia de ERC con los principales dirigentes electos de Junts: la imputada por corrupción Laura Borràs (cuya renuncia pidió Oriol Junqueras); el empresario autodefinido como trumpista Joan Canadell, o el exvicepresidente del Parlament Josep Costa, uno de los que más diatribas ha lanzado contra los republicanos en la última y paralizada legislatura. Así que no cabe descartar del todo otras opciones a lo largo de la legislatura que se abre, entre ellas fórmulas en el perímetro de la izquierda, más como informal alianza parlamentaria tras un Ejecutivo de minoría —lo que generaría menos problemas a todos— que como opción articulada de Gobierno.

En clave nacional, el 14-F proporciona, de entrada, un efecto estabilizador para el Gobierno de Pedro Sánchez. El PSC ha quedado en primera posición; su inestable aliado, Esquerra, ve avalada en las urnas su política de colaboración en Madrid; y Unidas Podemos, ni puede ufanarse de mejorar resultados, ni frustrarse y agitarse por un declive que no se produjo: los Comunes que con él comparten proyecto mantienen su representación en Cataluña, sin mejorarla ni empeorarla.

Desestabilizador es, en cambio, el efecto en el campo de la derecha. La humillación que ha sufrido el PP a manos de la ultraderecha de Vox debería inducir a sus dirigentes a replantear su enfoque estratégico, para consolidar un proyecto de centroderecha moderado y con responsabilidad de partido de Estado. Ciudadanos, que ha experimentado un nuevo estrepitoso desplome, deberá inevitablemente reflexionar sobre su discurso. Sería una pésima noticia para Cataluña y España que reaccionaran al auge de Vox radicalizándose.

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