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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No queremos volver a dar vergüenza      

La agenda del actual ‘president’, como del anterior, es facilitar el ladrillazo para volver a gritar “¡Viva el PAI!” en una boda

Los valencianos volvemos a dar vergüenza. Se nos mira con incredulidad y pena, con la lástima que se reserva a los adictos que han vuelto a las andadas y no pueden evitar tirar su vida por el retrete. Como si estuviese inscrito en nuestra naturaleza y el meninfotisme fuese la clave de bóveda de la identidad valenciana.

Durante años aguantamos las bromas recurrentes que se lanzaban desde comunidades autónomas que despedían un terrible hedor a corrupción, cuyas instituciones estaban carcomidas por quienes se las apropiaron -y siguen haciéndolo- en beneficio propio, de su partido y de sus amigos. “La corrupción como la paella, en València como en ningún sitio”, se choteaban quienes nadaban en el caldo de cocidos podridos o se untaban la piel con la zurrapa lustrosísima de la corrupción y el clientelismo. Los chistes de valencianos se volvieron canon en una villa y corte repleta de cajas B y larvada de chanchullos que, de tan descomunales, no podían ni querían mirar con la distancia suficiente. Algunos, de hecho, sólo se pudieron identificar desde la orilla del Mediterráneo, lo cual dice mucho -y nada bueno- de una justicia que, por acción u omisión, también participaba y participa de la receta de la corrupción.

Sin embargo, quienes vivimos en el “Levante feliz” -término que el franquismo adoptó entusiasmado pero cuya génesis corresponde al Madrid republicano y a su inquina a la retaguardia valenciana- fuimos capaces de decir basta. Mientras otros seguían con sus chistes, pero gobernados por políticos y partidos cada vez más reaccionarios, cazurros y corruptos, aquí se produjo un cambio sísmico. Durante ocho años no hubo un solo caso de corrupción institucional grave a la izquierda del PSPV, y ni siquiera en este partido, al que apenas salpicaron unos pocos casos de escaso recorrido judicial y mínima relevancia política y electoral. No era pues una cuestión consustancial a esa arcadia de despilfarro y glotonería urbanística, sino de quienes la gobernaban.

El segundo decreto “Simplifica” de la Generalitat Valenciana nos encarrila aún más en la senda de la burla y la vergüenza. La agenda del actual president, como del anterior, es facilitar el ladrillazo para volver a gritar “¡Viva el PAI!” en una boda. Desentenderse de su trabajo, relajar la normativa, allanar el terreno para especuladores y depredadores del territorio, también para amigos y empresas vinculadas a tramas corruptas del PP, a las que ya han concedido decenas de millones en contratos de emergencia post-dana.

Pérez Llorca es peor rival para la izquierda que Carlos Mazón: menos frívolo y más inteligente, capaz de hablar la lengua propia del territorio que gobierna, cultiva un perfil más institucional y no proyecta la imagen de terraceo y pachanga constante de su predecesor. Sin embargo, nada de ello debe ocultar que comparten principios, organización, objetivos, formas y favores. El nuevo Consell es tan incapaz y mediocre como los anteriores, una peligrosísima oda a la incompetencia y a la falta de experiencia. Un premio para quienes han despreciado sistemáticamente a la institución y una victoria para quienes no creen en ella.

Somos millones los valencianos y valencianas que no queremos volver a dar vergüenza, ya no sólo por dejar de ser el blanco de chanzas ajenas sino por pura autoestima, que tantísimo nos costó recuperar. Durante años pudimos proclamar con orgullo de dónde veníamos, también quienes no votaron por el gobierno del Botànic, aunque nunca fueron capaces de admitirlo en público (sí en privado). El único propósito de año nuevo de la izquierda debería ser poner los cimientos para desterrar esta vergüenza autoinfligida, algo de lo que no han sido capaces durante 2025. Este año que acaba de empezar puede que sea la última oportunidad de hacerlo.

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