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Opinión

El mal votar

El pueblo llega a su casa cansado y no puede leer ningún análisis porque ya no le queda cabeza para ello. Por eso una buena parte de la clase trabajadora de este país vota contra ella misma

Oigo a menudo por ahí a cierta izquierda alucinada e indignada con ese extraño fenómeno democrático en el que el proletariado vota a la derecha. “Pero, ¿¡cómo va a ser eso posible!? ¡Están votando contra sus propios intereses!” Si bien es cierto que el asunto es bastante alucinante a primera vista, si nos acercamos un poco al caso, es casi coherente.

Cuando el proletariado llega a su casa, lo hace cansado. Currar por el salario mínimo en una empresa que hace millones de beneficio cada año cansa bastante. También cansa estar apretado en el metro o tirado por ahí en el Rodalies. Cansa mucho buscar las ofertas en el súper, hacer túpers, tener que hacer las lavadoras a no sé qué hora en la que la electricidad es más barata. No poder ir de vacaciones, pelearte con tus hermanos por quién paga la residencia de mamá y tener que rellenar el maldito formulario para pedir la beca del comedor de las criaturas es realmente agotador. Agota especialmente la cabeza, aplasta las neuronas una tras otra hasta dejarlas hechas trizas. Y entonces, a esta gente cansada, se le pide que vote con responsabilidad.

Votar con responsabilidad requiere de un tiempo y una energía que el propio sistema roba al proletariado. El pueblo llega a su casa cansado y no puede escuchar ningún diálogo ni leer ningún análisis porque ya no le queda cabeza para ello. Se tumba agotado en el sofá y desde el sofá oye unos gritos de fondo. Son los gritos de la derecha. Son las mentiras, los bulos, el fango... Es mucho más fácil oír eso que un debate o una propuesta de nada. Es mucho más fácil conservar que progresar. Por eso una buena parte de la clase trabajadora de este país vota contra ella misma, contra la calidad de la sanidad pública, la regulación del precio de la vivienda, la escuela pública de calidad… porque el sistema no les deja cultivar un criterio que vaya en consonancia con sus propios intereses.

Quien sí puede formarse tranquilamente ese criterio son esos que ganan decididamente bien, esos que no van apretados en el metro, esos que al mediodía van al restaurante sin mirar siquiera si hay menú. Toda esa gente, que son pocos, muchos menos que todos los demás, sí tiene el tiempo y la energía para pensar antes de votar. Tienen las circunstancias adecuadas para escuchar con calma, oír los debates, leer las informaciones de unos y otros, las propuestas… y esa gente, mucha de esa gente, a pesar de ello, decide conscientemente joder al personal. Deciden joder lo público, quitar derechos, empeorar deliberadamente la vida de sus vecinos. El sistema está construido a su favor, tienen las herramientas y el espacio mental necesario para la empatía y aun así deciden no practicarla. ¿No es eso más alucinante que lo otro? ¿Por qué no nos cabrea e indigna tanto? Presuponemos una lógica indiscutible cuando la gente pudiente vota la derecha porque lo hace a favor de sus propios intereses y eso no debería ser tan lógico ni tan indiscutible: precisamente porque tienen energía para la empatía, para el análisis y el rigor, precisamente por eso deberían ser ellos quienes votaran a favor de los demás.

Mientras no sea así, más vale que la izquierda deje de indignarse tanto con el proletariado y busque las estrategias necesarias para seducirlo a pesar del ruido de fondo. Unas estrategias que muy probablemente se mueven en metro, comen de túper y ponen lavadoras a las tantas de la noche.

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