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Vox
Opinión

Es el autoritarismo

El crecimiento de Vox no es una fatalidad estructural ni un reflejo mecánico de la pobreza, la edad o el lugar de residencia: es el resultado de decisiones individuales

El presidente de VOX, Santiago Abascal, en un acto electoral, en una imagen de archivo.Javier Cintas (Europa Press)

Muchos intentamos entender el crecimiento de Vox —con su carga autoritaria, xenófoba y machista— y buscamos explicaciones que, en general, nos tranquilizan más que nos iluminan. Se dice que lo votan los jóvenes porque no saben qué fue la dictadura; que lo apoyan los mayores porque la añoran; que es el partido del campo; que es el refugio de los menos formados o de los más castigados por la precariedad. La última versión sostiene que avanza porque los partidos democráticos no hacen suficiente autocrítica. El problema es que los datos no avalan esos atajos.

El CIS de enero de 2026 (voto + simpatía) muestra que entre los jóvenes de 18 a 24 años el apoyo a Vox es del 11,6%. Es decir, casi nueve de cada diez no lo votan ni simpatizan con él. Entre los mayores de 75 años baja al 7,8%. Más del 92% tampoco lo apoya. Puede haber jóvenes desinformados y mayores nostálgicos. Lo que no hay son mayorías generacionales. Tampoco hay un voto rural dominante. En municipios de menos de 2.000 habitantes el apoyo es del 14,3%. En ciudades de entre 400.000 y un millón alcanza el 17,9%. No es el partido del campo, ni siquiera claramente más rural que urbano.

Ni es el partido de los menos formados. Ni el de los más formados. Ni el de los pobres. De hecho, entre quienes se declaran clase baja o pobre el apoyo es del 8,8%, mientras que entre quienes se consideran clase alta o media alta asciende al 15%. La pobreza subjetiva no empuja a Vox; si acaso lo frena. Y tampoco es mayoría entre los favorecidos. Tampoco es el partido al que se van los votantes socialistas desencantados, solo un 3,9% lo hace. El grueso del incremento del voto a Vox procede de personas que en las últimas generales votaron al PP o se abstuvieron. Vox no es el voto natural de parados o estudiantes. La precariedad puede influir en decisiones individuales, pero no convierte a la mayoría de quienes la sufren en votantes de extrema derecha.

El voto de Vox es tan transversal como el del resto de partidos; como lo es el voto por opciones análogas en otros países; como lo fue la mayoría que escogió a Trump, sin transiciones ni dictaduras en su memoria, configurada por personas en situación precaria en igual medida que por profesionales o directivos, por titulados superiores y hasta por ciudadanos que fueron inmigrantes y siguen siendo hijos de inmigrantes.

Son quienes recurren a discursos que enfatizan orden, autoridad, identidad nacional, liderazgo fuerte y seguridad. Lo que distingue a quienes votan a Vox no es el deseo de resolver los problemas sociales —inseguridad, vivienda, calidad de los servicios públicos—; ese deseo es compartido por la inmensa mayoría. La diferencia está en qué concepción del orden político se propone: una limitada por reglas, controles y pluralismo, o una más inclinada a concentrar el poder.

Puede que a algunos les decepcione obtener una explicación en lugar de un culpable. Pero, puestos a elegir, es preferible una explicación sin culpables que un culpable sin explicación. Ahí está la disputa.

La diferencia no es que Vox atienda a los problemas o demandas de grupos de ciudadanos “distintos” y el resto de partidos no lo haga. La diferencia es que donde otros reconocemos límites, dificultades, exigencias y compromisos, Vox los ignora y ofrece seguridades y remedios que sólo seducen a sus más directos beneficiarios y a los muchos que quieren reconfortarse en lo que todos sabemos que ni es posible ni es éticamente asumible; y lo vemos cada día allí donde gobiernan los modelos de Vox.

El crecimiento de Vox no es una fatalidad estructural ni un reflejo mecánico de la pobreza, la edad o el lugar de residencia. Es el resultado de decisiones individuales. Y en democracia las decisiones cuentan. La responsabilidad política del crecimiento de Vox corresponde, en primer lugar, a quienes lo votan, con independencia de su edad, su clase social o su nivel educativo. No son víctimas sociológicas sin decisión ni voluntad: son ciudadanos que eligen una concepción del orden político más inclinada a la concentración del poder que al pluralismo.

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