Rachas de viento con aroma de pandemia
El vendaval deja a Barcelona a medio gas, semiconfinada y con teletrabajo


El rugir del viento, el baile de los ficus gigantescos y el ladrido asustado de los perros. Pablo y Mar, una pareja del Poble Sec de Barcelona, con dos gemelos de ocho años, no ha podido dormir pendiente de las ventanas y las persianas. Ahora es mediodía y desde el balcón se ve cómo los árboles siguen agitadísimos y los técnicos de parques y jardines talan dos enormes ejemplares. Marta, profesora de Historia del Instituto Milà i Fontanals, no ha podido examinar de Renacimiento y Barroco a sus alumnos de Segundo de Bachillerato y ahora está en casa con su hijo y un amigo de éste, vestidos con la camiseta del Barça, con los planes patas arriba. “Un poco sí me ha recordado a la pandemia”, conviene, “sobre todo por esa sensación de incerteza”.

El Govern de Salvador Illa activó este miércoles la alerta presidencial por vendaval, suspendió las clases y la actividad sanitaria no urgente al advertir del mayor temporal de viento en 15 años con rachas superiores a los 100 km/h. El cierre ha sido en cadena: han echado la persiana centros culturales, universidades, gimnasios y hasta estaciones de esquí. Un centenar de vuelos han sido suspendidos. El paisaje esta mañana era de decenas de árboles caídos, motos derribadas, bicicletas amontonadas en el suelo, mesas de pimpón por los aires y hasta banderas huidas de los mástiles. El viento ha desplazado contenedores, ramas de árboles, bolsas de basura y hojas por todas partes. La jornada se ha saldado, de momento, con nueve personas heridas, una de ellas muy grave tras sufrir el impacto de la caída de un árbol. Otras están graves al derrumbarse muros.






“Iba tranquilamente al trabajo y de repente me he encontrado con la palmera encima. Por suerte no me ha pasado nada”, ha explicado en TV3 Sandra García, una conductora que ha visto cómo el árbol se desplomaba sobre el techo de su vehículo en la N-II en Mataró. Ese accidente se ha multiplicado y reproducido por todas partes. Jaime, de 60 años, ha aparcado a las 7.00 de la mañana su coche en la calle Vallhonrat, en Barcelona. Ha ido a desayunar a casa con su familia y cuando ha vuelto a a recoger el coche para ir a trabajar en una obra en Sant Joan Despí un árbol se ha derrumbado sobre la parte posterior del vehículo, aboyándolo y rompiendo la luna posterior. “El viento ha soplado muy fuerte. No lo había visto nunca”, explica, tampoco en Perú, su país de origen. El seguro le ha avisado de que en principio no le cubirirá la reparación pese a que es un siniestro provocado por una catástrofe.

Ciutat Vella amaneció con las bolsas de basura sin recoger y esparcidas. El mar, siempre tranquilo en el Port Vell, estaba revuelto y Las Golondrias no han salido tampoco por precaución, mientras en el horizonte no estaban los buques cargueros que acostumbran a varar frente a las instalaciones portuarias mientras esperan el acceso para cargar o descargar. La Boquería, que acusa también las obras de La Rambla, estaba a medio a gas y con muchas paradas cerradas. “Si esto sigue así, nos vamos al mediodía”, dice un camarero. No ha sido muy diferente en Badalona. Pedro, un taxista de la ciudad, ha recogido a su segundo cliente del día a las 11.30. “Se ha notado una bajada brutal de la movilidad sobre todo a primera hora. Me acordé de la pandemia. En la zona del Besòs hay muchas motos y árboles caídos y era un peligro circular”.

“En Montjuïc y en Canyelles ha sido espectacular”, lamenta un jardinero que trabaja en la calle Oliveras en la plaça de Santa Madrona. Ha pasado, de hecho, en toda la ciudad. “Señora, vamos de un servicio a otro”, replica un bombero a una vecina, Manel Tort, presidente del eje comercial Poble Sec-Paral.el, que regenta una pescadería, mira a los jardineros que talan por precaución dos ficus gigantes. El viento ha tumbado uno de raíz. “Eran dos árboles preciosos. Y hace tiempo pedíamos al Ayuntamiento que los podara. Nos decían que no podía ser porque era una agresión. Y ahora no los tenemos. Es un crimen”, deplora.
La fiesta va por barrios porque hay vecinos que dicen que ahora tendrán más luz. En el otro lado de la plaza, Mar, la profesora de Historia, lamenta que perderá verde pero ahora podrá ver la casa Joaquima Vendrell, una vivienda Bien de Interés Cultural (BIC) que las hojas le ocultaban. Sus planes se han torcido: quita importancia a no poder ir a decorar con los colores de Joan Miró la escuela de sus hijos por la fiesta del carnaval y le preocupa, eso sí, no haber podido resolver las dudas de los alumnos antes de los exámenes. Y algo que le fastidia: este miércoles hizo huelga de profesores en defensa de la reducción de ratios, aumento salarial y menos burocracia y participó en el corte de circulación del Cinturón del Litoral. “Fue una huelga histórica pero ha pasado rápido por el vendaval. Nos la ha eclipsado, la ha dejado en segundo plano”.

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