Crisis de Rodalies: sin trenes ni confianza
La derrota de lo público con la crisis de Rodalies debería sonrojar a Renfe y Adif, y también obliga a los gobiernos a persistir en la inversión para evitar el colapso

Otra crisis de infraestructuras achicharrando a un gobierno socialista. Debe ser por la edad, que ya permite surcar en lo vivido, pero cuando el accidente mortal de Gelida derivó en semana horribilis en la red ferroviaria catalana, la memoria de este columnista recorrió el episodio agitado de 2007. Descalabro en Rodalies en otoño de aquel año y manifestación multitudinaria en diciembre, y esa conferencia de José Montilla en Madrid entre el caos y la protesta, con advertencia de la “desafección” que se cocía en Cataluña a cuenta del “maltrato inversor”.
Alarman los paralelismos con el presente que debe torear el ejecutivo de Salvador Illa, porque el desastre es vigente dos décadas después, sin solución a la vista. El Govern solo puede forzar dimisiones tras evidenciar que está a merced de terceros, y el Estado promete cumplir lo pactado y más millones, aunque solo se ejecuten uno de cada tres euros prometidos por Adif y Renfe continúe sin ser un operador fiable, realidad que alimenta la indignación ciudadana. Habrá nueva manifestación, porque la irritación persiste. Una desafección actualizada que es mala noticia en tiempos de auge de los populismos extremistas.
La crisis de Rodalies propulsa el germen de la desconfianza, ese es el problema de fondo que debe resolver la Generalitat y el Estado. Cuando el usuario que espera el tren cada mañana en la estación asume que no puede confiar en la palabra de sus representantes se resquebraja una relación que es difícil de suturar. En este final de enero funesto, el Govern no pudo cumplir lo que prometió sobre el sistema ferroviario y es consciente que la herida de credibilidad puede reabrirse en cualquier momento, terreno pantanoso para quien proyectaba excelencia en los servicios públicos, lema de legislatura lesionado antes del ecuador del mandato.
Para cambiar el semblante enojado de los ciudadanos tampoco ayudó que Óscar Puente admitiera que el servicio de Rodalies es “pésimo”. En abril de 2025, el ministro de Transportes insistía en el Congreso -después de que ERC y Bildu forzaran su comparecencia por la penúltima crisis en las vías de Cataluña- que las incidencias estaban “disminuyendo” y que no eran consecuencia de la “falta de inversión”, porque el déficit crónico de obras se estaba revirtiendo desde 2019 tras el letargo vivido bajo gobiernos del PP. Ciertamente, hay casi dos centenares de actuaciones simultáneas, un voluminoso plan inversor y un traspaso en marcha. Pero el número dos de Puente, José Antonio Santano, tuvo que anunciar la semana pasada en Barcelona que se duplicaría el presupuesto en mantenimiento hasta 2030 para cambiar la tozuda realidad. Menudos virajes discursivos.
Cataluña gana población a un ritmo de más 100.000 nuevos ciudadanos al año, pero el sistema de Rodalies ha perdido casi 43.000 pasajeros los días laborables desde 2018 por las continuas incidencias, un lastre del que se lamenta también el tejido económico. La derrota de lo público debería sonrojar a Renfe y Adif, que siguen sin actuar coordinadamente -para perplejidad de todos-, y también obliga a los gobiernos a dar un vuelco a la situación. Un país de más de ocho millones de habitantes que crece sin querer colapsar no se puede vertebrar sin trenes. Primera estación, recuperar la confianza del usuario.
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