Contra la Universidad
La educación superior goza de prestigio pero la falta de recursos, el abuso de control político y la burocracia ponen en jaque todo lo ganado en las últimas tres décadas

Corren tiempos de erosión gratuita de las instituciones. Algunas formaciones políticas y muchos líderes de opinión en redes sociales esparcen bulos sin fundamento sobre la inutilidad de la Universidad. Las críticas se centran en la falta de práctica y el exceso de teoría, en los contenidos obsoletos, o en titulaciones innecesarias porque las empresas valoran más la experiencia demostrable. Algunos youtubers censuran que los profesores están desmotivados o que haya cierta desorganización. Parte de estos reproches podrían aceptarse sino fueran tan genéricos, pero la mayoría solo recogen la experiencia personal del propio influencer, sin más.
La irrupción de la inteligencia artificial ha arrojado más leña al fuego y no son pocos los opinantes que aseguran que no será necesario el paso por la Universidad porque el conocimiento será remplazable por contenido enlatado. Como si para aprender solo fuera necesario acumular conocimiento sin técnica pedagógica ni plan de estudio alguno. Tal vez Séneca y la idea de que es necesario aprender mientras dura nuestra ignorancia, es decir, mientras vivimos, pueda servir de inspiración a los escépticos de la enseñanza superior.
Otros actores que relativizan con desfachatez la Universidad, especialmente la pública, son algunos políticos. Les importa poco que el modelo universitario haya tenido un papel clave como ascensor social contra la desigualdad o como institución de legitimación meritocrática. Demuestra este menosprecio la autorización desbocada de Universidades privadas en algunas autonomías y la falta de financiación en centros de larga y excelente tradición. Hay universidades privadas de gran nivel, pero otras están naciendo con el objetivo de mejorar la cuenta de resultados de las empresas y los fondos de inversión que las promueven.
La Universidad debe estar orientada a formar ciudadanos, no solo profesionales según las necesidades del mercado. Los centros de enseñanza superior contribuyen al avance del conocimiento. En este punto la Universidad pública es tractor de investigación básica y aplicada. Lo revelan los mejores rankings internacionales como el Academic Ranking of World Universities, el QS World University Rankings, o el Times Higher Education, que evalúan docencia, excelencia e investigación. Los centros catalanes lideran el sistema español con buenos resultados de las universidades de Barcelona (UB), Autònoma de Barcelona (UAB), y Pompeu Fabra (UPF). Estos centros se sitúan entre los dos cientos mejores del mundo, un dato que no es menor si se tiene en cuenta que en el conjunto del planeta hay más de 30 mil universidades. Junto con las catalanas, también destacan la Universidad Complutense de Madrid (UCM), la Autónoma de Madrid (UAM), o la Carlos III (UC3M). En el conjunto del Estado, unas 36 universidades, casi todas públicas, aparecen entre las primeras mil del mundo.
Las Universidades deben hacer autocrítica y mejorar en aspectos como el exceso de burocracia, la incorporación de profesorado joven y, especialmente, en la transferencia de los resultados de investigación a la sociedad. La educación superior goza de prestigio entre la ciudadanía, pero la falta de recursos económicos, el abuso de control político, y la burocracia excesiva que retrasa la necesaria modernización, ponen en jaque todo lo ganado en las últimas tres décadas.
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