Mi amiga Lucía escucha colores: yo soy el verde
La sinestesia es un trueque sensorial, una característica extraordinaria que nos recuerda que la percepción del mundo es algo personal, subjetivo e íntimo

Mi amiga Lucía escucha colores. Para ella, los sonidos van tintados de arcoíris y pintan cada palabra de un tono diferente. Dice que zapato es rojo oscuro, silla es amarillo y bocadillo y croqueta, negros. Su sinestesia es tan maravillosa como su paciencia para aguantar todas las preguntas curiosas que le hacemos siempre sobre ello. “Es que lo que yo no entiendo es cómo a vosotros no os pasa, cómo no veis colores al escuchar una palabra”, ríe cada vez que le sacamos el tema.
Lo que ocurre es que su cerebro activa más de un sentido ante el mismo estímulo. Y para ella, eso es lo más normal del mundo. Para nosotros, simplemente fascinante.
Este verano, tumbadas al sol una tarde de agosto, las amigas volvimos a bombardearla a preguntas. Primero, claro, sobre nuestros nombres: Candela es naranja, Carmen es marrón anaranjado y Patri, más rojizo. Jessica es verde y Mouzo, “negro, clarísimamente”, resolvía sin dudas. A Paula no le gustaba nada el suyo — “una mezcla entre rojo y marrón”—, pero ¡qué se le iba a hacer! Lucía —que a sus oídos suena azul añil, por cierto— no elige los colores. No, al menos, conscientemente.
Casa y mapa, por ejemplo, son palabras muy rojas. Pero con verano tiene dudas: ella lo ve anaranjado, pero no sabe si es así porque es el color que le evoca realmente o porque su cerebro lo relaciona con esos atardeceres que tanto añora sobre las playas de Ferrol. El sintagma “amigas pesadas”, como nosotras, que no parábamos nunca de preguntar, es rojo y negro.
Dice Ignacio Morgado, catedrático emérito de Psicobiología en el Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, que la sinestesia es algo así como un trueque sensorial. Probablemente, derivado de una alteración en la conectividad de las neuronas durante el desarrollo del cerebro. Aunque su origen exacto no se sabe con certeza, admite.
Lo que sí saben seguro es que no es, en absoluto, una enfermedad o algo patológico. Más bien, si acaso, una característica extraordinaria que nos recuerda que la percepción del mundo es algo tan personal, subjetivo e íntimo que no se puede explicar del todo. “Una cosa curiosa de la sinestesia es que las personas suelen darse cuenta tarde de que la tienen. Una persona que ve sonidos u oye colores cree que le pasa a todo el mundo. Tengo alumnos que descubrieron que tenía esta característica en clase, cuando les hablé de ello. Nunca podemos estar seguros de que aquello que sentimos individualmente, los demás lo sienten igual”, sopesa Morgado.
Lucía lo sabe bien. No supo que tenía sinestesia hasta que, hace poco más de una década, un día, en el trabajo, olvidó el nombre del becario nuevo que acaba de entrar en el equipo y preguntó a otro compañero: “Oye, ¿cómo se llama ese chico... ay, el que tiene un nombre muy negro y rizadito?”. Su colega se quedó atónito y otro más se coló en la conversación para quitarle la venda a la chica de azul añil: “Mi compañero me dijo: ‘¿Tienes sinestesia?’ Yo no tenía ni idea de qué era eso y cuando me lo explicaron, fue como una revolución… ¿Es que no todo el mundo veía color en las palabras? Aluciné”.
Lo cierto es que la sinestesia no afecta a más del 4% de la población, anota Morgado: “Ver sonidos, oír colores, percibir el color rosa al probar el sabor de un pepino… Todo eso solo es una más capacidad más, como otros tienen la de memorizar mucho, por ejemplo. El cómo percibimos el mundo es de una individualidad extraordinaria, así que alguien con sinestesia solo es un tipo raro en medio de otras rarezas perceptivas”.
El científico recuerda que hay también un cordón invisible que vincula la sinestesia con la creatividad. “A fin de cuentas, una persona con sinestesia siente más que una persona normal, siente dos veces”, sonríe. Y cita algunos ejemplos, como el compositor finlandés Jean Sibelius o el pianista Duke Ellington. También el físico y premio nobel Richard Feynman veía las letras de sus ecuaciones coloreadas y el cantante Billy Joel percibía tintados los sonidos.
Lucía, desde luego, no está sola. Pero ella, algo más prosaica, explora su creatividad con fines más terapéuticos que artísticos: pinta canciones por puro placer mental. Un día, nuestra amiga Patri —la de color rojizo— le regaló un bloc de lienzos para que dibujase lo que veía y empezó a colorear lo que le evocaban algunas melodías. “Me ayuda mucho a evadirme porque es volcar un sentido en papel. Es con lo poco que me concentro”, relata.
A veces, además de colores, ve formas. Como le pasó con el nombre “negro y rizadito” de aquel becario —se llamaba Jorge, por cierto—. Por eso, para ella, El clave bien temperado, obra de Johann Sebastian Bach, es una especie de fondo amarillo, pajizo a ratos, y salteado con pequeñas ondas anaranjadas y moradas. En cambio, la canción A cualquier otra parte, de Dorian, es más un torbellino de colores intensos, azules, verdes, rojos, amarillos y lilas, que se desvanecen en fronteras irregulares. “No quiero aprender a pintar con técnica como tal porque le restaría naturalidad”, asegura.
Lucía es extraordinaria. Y además, tiene sinestesia.
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