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Música
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La gran fiesta de ellas

En un concierto apoteósico, el primero de dos en Apolo, Mushkaa se perfiló como radiante icono de las músicas urbanas

Concierto de Mushkaa en la Sala Apolo de Barcelona. 1 de febrero 2024.
Concierto de Mushkaa en la Sala Apolo de Barcelona. 1 de febrero 2024.Nil Ventura

Fue salir al escenario, oculto el rostro bajo una capucha, y las gargantas explotaron. Un griterío franco, agudo, estridente, ilusionado, enfebrecido y de absoluta entrega. La nueva reina. La nueva reina de ellas, que sin menospreciar la presencia de ellos, eran las princesas de la noche. Primera noche en Apolo, llenándolo como lo hará en la segunda. Hace muy poco sólo la conocían las seguidoras más reputadas, las que todo lo saben y a todas se adelantan, pero hoy, esas mismas ya han de estar buscando una nueva celebridad aún oculta porque Mushkaa tiene su carrera en pleno despegue. Con apenas dos discos ya desata griteríos que reventarían cristales, gritos de excelsa juventud enarbolada y de la felicidad y empatía que supone encontrar una portavoz generacional que tampoco da consejos pues con el ejemplo de su vida y sus letras ya dice suficiente. Papás y mamás, cada una los suyos. Hoy las cosas suben y bajan rápido, pero lo de Mushkaa no tiene pinta de flor de un día.

¿Griterío sólo para recibirla? En absoluto. También para incrementar sus decibelios cuando se descubrió mostrándose feliz ante ellas. Griterío sostenido con las primeras piezas, “SexySensible”, “Habibi” y “Barras Warras” (barras son los versos, las frases, y warras no necesita traducción). Cantaba, con la voz debidamente “tuneada” “la meva nena em fa esperar/ després em fa córrer/ deia que no li agradava i ara em roba la gorra/ quina morra”. El amor, siempre el amor, un amor abierto, sin restricciones más allá de las voluntades y en las antípodas de la toxicidad. Amor romántico y abierto a la sensibilidad, que no bobalicón ni sometido de quien puede babear, pero sin resbalar. Ellas, las seguidoras, desearían amar así y así proclamarlo. Mushkaa lo hace por ellas. Tras el trío de de composiciones de inicio, primer remanso, también amoroso, con Imperio: “Que yo te compro un imperio / si tú juegas en serio”. La cadencia rítmica, reposada, downtempo, cimbrea caderas, algunos brazos se yerguen y la composición prosigue en rimas consonantes.

En escena, ella y tres músicos con una corista. Hay sonidos no programados y se escuchan golpes de ritmo que se ven, arreglos de teclados, guitarra, una voz de apoyo. Dos elásticas jóvenes bailan y el primer colaborador que sale a escena, Akilon 340 en Turra malvada, canción en castellano, idioma que mayormente se usa para infiltrarlo en un catalán letal para la normativa. Letraheridos abstenerse, lletraferits también. Entre los artistas urbanos el idioma es un gomoso torrente de palabras adaptado al habla coloquial, al mensaje escrito en pantalla, palabras recortadas para facilitar su dicción, términos en inglés encajados con la naturalidad del arroz entre las lentejas y un respeto deliberadamente elástico tanto a la ortografía como a la sintáctica. Una forma de hablar que cierra las fronteras de un mundo que sólo pertenece a quienes lo habitan. Que los de fuera digan misa.

El concierto sigue y la presión no baja. Mushkaa dice estar emocionada, aún casi pellizcándose ante la cantidad de cosas que le están pasando. Cuando habla muestra que no está ni sobrepasada, ni abobada, que es plenamente consciente del terremoto del que es epicentro. Su imagen no es sofisticada, no es una diva, no mira con desdén, no se muestra por encima de sus seguidoras, más bien parece ser una de ellas, una más que en un arranque de determinación se ha subido al escenario sin cambiarse, ataviada con la ropa de salir a por tabaco. Camina como cualquiera, es igual que cualquiera, pero a diferencia de cualquiera ha sabido explicar esa normalidad, la de pilotar su vida aunque cueste. Irma tiene 19 años.

El escenario se puebla de colaboradores que salen, cantan, hacen subir la presión y se van. El ámbito colaborativo de las músicas urbanas. Salen entre otros Julieta en No m’estima y el suelo tiembla cuando todas botan, también 31 FAM en Bona vida, y entonces se astilla la madera de la sala; con The Tyets y El tonteo ya parece que es la escayola la que llueve resquebrajada del techo, y eso que el reggaetón mueve las caderas en horizontal. Tas loko ya había puesto del revés a la audiencia, y en un jolgorio de satisfacción y fiesta, todos los músicos, con Mushkaa en cabeza, bailaban en el escenario. No hay diferencia entre lo que pasa encima y ante él, todo el mundo se comporta igual, todo el mundo se abandona. Hablando de abandono, las barras parecían el desierto de Atacama, solas como un lingüista en un concierto de trap. Para la parte final, un momento de sinceridad que reflexiona sobre el hecho de ser artista, de la imagen que se proyecta y de las distorsiones que ello puede provocar en la vida personal. Canta en El disfraz un medio tiempo que define como su canción favorita, “Una bala y me das / dispárame que yo pediré más / si te ves capaz de quererme si no llevo disfraz”. Si lleva disfraz, el de Mushkaa es transparente.

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