ENTREVISTA

Ada Colau: “No descarto un tercer mandato”

La alcaldesa de Barcelona lamenta que la “derecha radicalizada” se valga de la crisis sanitaria para “erosionar” al ejecutivo de Pedro Sánchez

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el sábado en la terraza del Ayuntamiento de la ciudad. FOTO: JOAN SÁNCHEZ / VÍDEO: GIANLUCA BATTISTA

“Por ser quienes somos se nos pide más. A veces es duro, pesa, y por ser mujer y de origen humilde, algunos adversarios se han permitido licencias que no se permitirían con otros”. Lo cree la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau (46 años), que en seis años gestionando el Ayuntamiento ha vivido el procés, un atentado terrorista en La Rambla y ahora la pandemia de coronavirus.

Pregunta. Barcelona ha dado una muestra de entendimiento con la Generalitat durante la pandemia. ¿Qué piensa cuando ve la situación de Madrid?

Respuesta. Una pandemia requiere que todas las Administraciones rememos juntas porque estamos en una emergencia sanitaria. La ciudadanía no entiende cuando se ponen por delante intereses partidistas o confrontaciones como la que está liderando el Gobierno de Madrid. No es lo que la gente espera de nosotros.

P. Cataluña ha tomado una de las medidas más drásticas con el cierre de bares y restaurantes.

R. Estamos en emergencia sanitaria y hay que contener la velocidad de contagio. No voy a entrar a cuestionar, pero sí exijo medidas igual de drásticas de apoyo a este sector, para que no sea una víctima. No tienen la culpa y son miles de puestos de trabajo.

Claro que no me gustan las vallas de cemento, no creo que sean el mejor elemento para intervenir en el espacio público

P. ¿Se ha tenido que morder la lengua ante al Gobierno independentista y sus medidas?

R. Se producen discrepancias y más en una situación nueva como esta, La cuestión es con qué actitud se enfrentan. Primero hay que intentar resolverlas desde el trabajo discreto y colaborativo. Públicamente, cuando la autoridad competente durante el estado de alarma es el Gobierno central y ahora son las comunidades autónomas, tenemos que ir a una. Suficiente está sufriendo la gente con lo que ha pasado; lo último que puede entender es que las diferencias no se resuelvan y se utilicen como arma arrojadiza. Nosotros con la Generalitat tuvimos discrepancias con las residencias, pero ofrecimos ayuda porque eran nuestros ancianos.

P. Sorprende que el país con los peores resultados sea incapaz de superar esa confrontación, en un Gobierno en el que usted está, del que los comunes forman parte.

R. No creo que la crispación la hayan compartido todas las Administraciones por igual. Estamos ante una derecha radicalizada que no acepta que haya un Gobierno progresista de coalición y que utiliza la crisis sanitaria para intentar erosionarlo. Eso a mí me parece inmoral. El Gobierno está haciendo muy buenas políticas, que siempre se pueden hacer mejor; yo le pido más cosas. Ha demostrado una sensibilidad social que no se ha tenido en crisis anteriores. Me preocupa el papel del PP: veo a un [Pablo] Casado acomplejado con Vox y un PP arrastrado por su estrategia.

P. Llegó a la alcaldía hace casi seis años con la bandera de combatir las desigualdades y garantizar el acceso a la vivienda, pero la situación empeora. ¿Faltó realismo en sus promesas?

R. Estoy orgullosa de que el Ayuntamiento de Barcelona sea la Administración pública de todo el Estado que está haciendo más política de vivienda: en cantidad, en presupuesto que se destina y en innovación. Lo hacemos solos, la Generalitat ha abdicado.

Exijo medidas igual de drásticas de apoyo a bares y restaurantes

P. Tuvo una época antiturismo. Ahora Barcelona está vacía. ¿Esas políticas nos dejaron en desventaja?

R. Nosotros nunca hemos sido antituristas. Dijimos que veníamos a salvar la economía de la ciudad, en claro peligro por la excesiva dependencia del turismo. Otros barrios han resistido mejor a esta crisis, el centro ha sido menos resiliente y debe cambiar a un modelo más mixto, con nueva actividad económica, como el centro tecnológico en el edificio de Correos, o las reformas pendientes de La Rambla o la Vía Laietana. Ahora hay que acelerar ese proceso en el que ya estábamos para que el modelo sea sostenible. No era realista pensar que solo haciendo campañas de promoción el turismo sería la gallina de los huevos de oro para siempre. Todos lo sabíamos.

P. Con el urbanismo táctico ha conseguido tener a media ciudad enfadada con la pintura y elementos en las calles. ¿Es temporal?

R. Cuando se hacen cambios se generan polémicas, bienvenido sea el debate. Pero hay que distinguir las transformaciones. Hay cambios ambiciosos y estructurales que ya impulsábamos en movilidad sostenible, para ganar espacio que no tienen marcha atrás. Lo hacen todas las ciudades europeas porque los niveles de contaminación y ruido son insostenibles y hay que ganar espacio para la vida. El ejemplo es el modelo de las supermanzanas. Otro cambio es proteger las escuelas con entornos pacificados. Con la pandemia y ante la falta de espacio público, se ha usado el urbanismo táctico, pero no es definitivo. ¿Se van a quedar las vallas Jersey de cemento que no nos gustan a nadie? Es evidente que no.

P. ¿No le gustan las vallas Jersey?

R. Claro que no me gustan, no creo que sean el mejor elemento para intervenir en el espacio público. Eran las disponibles y las más seguras. En una segunda fase se hará más bonito.

P. Siempre ha hablado de dos mandatos. ¿Habrá un tercero?

R. Es verdad que me planteé una temporalidad, pero nos ha tocado un tiempo excepcional. Teníamos una serie de proyectos que les ha costado arrancar porque hemos vivido el procés, un atentado en La Rambla y ahora la pandemia. No descarto, si fuera necesario, acompañar un tercer mandato porque lo importante del compromiso es que el programa de transformación de Barcelona hacia una ciudad más sostenible, justa y democrática y líder en innovación social, se pueda materializar.

P. ¿Le siguen pesando los votos de Manuel Valls a su investidura?

R. No fue lo deseado. Ahora, no me arrepiento de haber defendido legítimamente mi aspiración como formación política. Teníamos el derecho a aspirar a la alcaldía para que el proyecto de transformación de Barcelona no sea una anécdota en los libros de historia, sino una constatación de que se podía hacer política de manera diferente.

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