Nochevieja en la cárcel: un año más y sobre todo uno menos
Cuatro reclusos, funcionarios y educadores cuentan qué supone cambiar de año entre rejas

En la cárcel de Zuera también ha sido Navidad. No lo parece cuando pasas los controles ―varios― y se cierra la puerta metálica corredera con un golpe seco y sonoro que estremece. Ni cuando atraviesas el patio con las alambradas encima del muro, pero un árbol decorado en mitad del césped y otro con espumillón dorado a la entrada del pabellón social te recuerdan la fecha, aunque allí pegue como a un mono dos pistolas. Las rutinas no se cambian y en Nochevieja tampoco. La cena es a las ocho de la tarde y las uvas, “si quieren, se las toman los internos por su cuenta, ya en su celda, solos o acompañados”, relata el director del centro penitenciario, Fernando Alcolea. Lo corrobora el funcionario de vigilancia, Sergio, al decir que “Nochevieja es una noche más”. Pero para los internos, aun con televisión en la celda para oír las campanadas, ni la situación ni la emoción son lo mismo.
Mientras fuera las calles se llenan de las últimas idas y venidas, compras de regalos, reuniones de amigos y familia y hasta carreras de San Silvestre, dentro de una prisión muchas actividades paran estos días. “Hay que tener mucha fuerza mental”, cuenta Abdel, que lleva seis años recluido en Zuera y otro más en la prisión de San Sebastián, donde residía antes de ingresar y sin disfrutar de un solo permiso. “Se pasa un poco mal estos días”, reconoce mientras explica: “Cambiar de año aquí es duro, aunque con siete años ya lo normalizo. Pero estos días el perfil es bajo. Estamos todos un poco tristes”. Y lo argumenta de un modo demoledor: “Los años que pasan no vuelven, así que tenemos que intentar disfrutarlos estando aquí o estando fuera”. Abdel es soldador, en la prisión se ha sacado el graduado escolar y ahora intenta el acceso a la Universidad. Su sueño para este 2026, acceder al grado superior de tornero fresador.
Porque los sueños no pueden recluirse ni entre rejas y aun en la cárcel, tenerlos los tienen todos. De libertad el primero y de fuerza para resistir hasta que llegue también. “El 2026 sigue la lucha”, dice Tania, una rara avis en prisión, mujer elegante y cultivada, médico de formación y madre de dos hijos que esta Navidad ha podido salir de permiso por primera vez en cinco años. “Volver es duro, no voy a negar lo que me hubiera gustado quedarme, pero veo la luz de más permisos y cuando me despedí de mis hijos en la puerta eso les dije, que este es el primer instante para el siguiente permiso”. Tania cuenta el dolor añadido que supone ser madre en prisión y no poder ejercer esa responsabilidad, “la culpa que se siente tan profunda”. Y a la vez explica cómo se refugia en los libros. Estudia la carrera de Sociología, escribe en la revista del centro penitenciario e intenta animar a hacer cosas a las demás internas.
En Zuera, como en el resto de prisiones españolas, la proporción entre hombres y mujeres es abismal. De los 1.000 internos que ahora mismo se encuentran en este centro penitenciario zaragozano, el 93% son hombres y solo el 7% mujeres, agrupadas aquí en un único módulo de los 14 totales. “Lo peor para las internas es la apatía. Nos tenemos que motivar, pensar que podemos hacer cosas y hacerlas”, dice Tania con convicción asombrosa. “La llave que abre la puerta de la suerte está en las manos del luchador”, asegura, “así que hay que seguir adelante”. Para ella el cambio de año es descontarlo, “un año menos, no un año más”, apostilla.
Como para Gonzalo, de Colombia, que roza con los dedos el tercer grado y la deportación a su país para este 2026: “Mi vida aquí se puso en pausa, pero el tiempo no para. Y es tiempo lo que perdemos aquí, tiempo con nuestras familias, las fechas especiales, todo esto es lo importante porque el dinero viene y va, pero el tiempo solo se va”. Este colombiano de rico castellano y formas educadas sueña con su tierra y con reunirse con la familia el año que viene. Lleva dos años y medio en Zuera y esta Navidad ha disfrutado de un permiso que le ha llenado, dice, de energía. Para él, el tiempo en la prisión ha sido para reflexionar y el cambio de año también es, como para Tania, para descontarlo. Su motivación es emprender y no volver a delinquir para no regresar a la cárcel. Como José Carlos, de Zaragoza, que tiene claro que no quiere volver. Tanto, que en la cárcel estudia un grado para ser educador social y casi lo está acabando ya. Este maño toca la guitarra y canta en Frecuencia Z, un grupo pop creado por los internos, que tiene ya hasta canciones propias registradas. Del nuevo año espera que “sea más fructífero todavía, avanzar y poder crearme oportunidades para no volver aquí, porque al final uno escarmienta y el paso del tiempo deja huella y marcas”.
Mariví, coordinadora de trabajo social, y Vicky, también educadora social, les echan una mano a todos. “Somos 70 trabajadoras sociales en las cárceles españolas” relatan, “pero nos faltan manos y personal”. Esto es lo que Mariví desea para el 2026, “más personal”. Su compañero Julio, funcionario, lleva 27 años ejerciendo, “por todos los módulos, fáciles y difíciles” y su trabajo le gusta. Antes fue pastor, ganadero en Asturias, a lo mejor por eso relativiza la soledad de la prisión y el tomarse solo las uvas como ha tenido que hacer más de una Nochevieja. “Comernos las uvas solos lo hacen muchos, muchos funcionarios, depende de dónde les toque esta noche”. Pero Vicky, la encargada del mercadillo navideño, o la revista de la cárcel, le parece que “es muy importante generar cierto espíritu navideño estos días, que haya Navidad en la cárcel y hasta uvas”. El objetivo de su trabajo, explican, es modificar la situación personal de los internos con estrategias educativas.
Y lo cierto es que cada uno tiene las suyas. “La vida”, dice con claridad Tania, “no para fuera porque nosotros estemos aquí dentro. Y seguimos siendo seres humanos con posibilidad de sentir, pensar y mejorar”.
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