Tener un propósito es ser más feliz

Todos hemos tenido la sensación de lograr lo que anhelábamos, vivir el subidón de un éxito y quedarnos igual de vacíos pasado un tiempo. La alternativa para salir de ese bucle es construir un sentido vital

LAURA WÄCHTER

En ocasiones pensamos que la felicidad depende de las cosas que nos ocurren. Creemos que si tenemos un mejor salario, si nos reconocen más en nuestro trabajo o si comenzamos una nueva relación amorosa nos sentiremos más realizados. Todos hemos tenido la sensación de lograr lo que anhelábamos, vivir ese subidón de energía y quedarnos igual de vacíos pasado un tiempo. Cuando eso ocurre, definimos nuevas metas, trabajamos hasta conseguirlas y volvemos a saborear el vacío. Así, una y otra vez, como si corriéramos como un hámster en una rueda giratoria. Hay una alternativa para salir de ese bucle. En lugar de vivir según las expectativas, podemos vivir de acuerdo con nuestra aspiración.

El propósito es el sentido que nos mueve. La respuesta de por qué hacemos lo que hacemos. Es algo personal que podemos definir independientemente de la edad o de nuestras circunstancias. Es un compromiso con uno mismo que nos genera energía interna, a diferencia de la expectativa, cuya energía recibimos de fuera en forma de reconocimiento, éxito u objeto material, como explica el psicólogo José Conejos, compañero en consultoría y maestro de yoga. Algunos ejemplos son: “Mejorar la calidad de vida de mis pacientes”, “traer belleza a este mundo a través de mis diseños gráficos” o “apoyar a mis hijos para que desarrollen la mejor versión de sí mismos”. Los enunciados anteriores difieren de la expectativa de ser un magnífico médico, un excelente diseñador gráfico o convertirnos en la mejor madre.

Vivir sobre la base del propósito nos ayuda a ser más libres para decidir lo que realmente nos conviene. Posiblemente hayamos conocido a personas agotadas y quemadas por haberse dejado la piel en algo que no era de su interés, que buscaban éxito, poder o dinero. Por eso, en momentos de incertidumbre personal, de crisis, o si no sabemos muy bien qué queremos hacer, es importante definir el plan que nos mueve, como ya sugirió el psiquiatra austriaco Viktor Frankl en su inspirador libro El hombre en busca de sentido. Este proceso no es inmediato. De hecho, no solemos reparar en él. No obstante, identificarlo nos resultará muy útil.

Es recomendable recoger la idea en una frase. Es lo mismo que hacen las empresas cuando definen su objetivo. En el caso individual, tiene diversas dimensiones. Puede ser en el ámbito profesional o personal, pero, en ambos casos, está relacionado con el estado interior que queremos alcanzar y con el impacto que nos gustaría dejar en otros: clientes, familia o sociedad en su conjunto. Nuestra finalidad es algo que necesitamos definir cada uno de nosotros. Lleva un proceso que comienza con una reflexión sobre los momentos del pasado en los que nos hemos sentido plenos: qué hacíamos, cómo estábamos y qué impacto creamos en otras personas.

No hablamos de éxito, un subidón de energía que luego pasa. De lo que hablamos es de momentos de serenidad. De sentirnos realmente bien. Algo que nos pudo suceder cuando estábamos en contacto con la naturaleza, cuando ayudábamos a otras personas con nuestro trabajo o en determinados momentos con nuestra familia o amigos. En esos instantes posiblemente nuestra mente no se centraba en los problemas, sino en lo que sucedía mientras ayudábamos a otros.

Una vez que hemos pensado en esos momentos especiales, nos proyectamos hacia el futuro. ¿Cómo queremos ser recordados? Para enunciarlo tenemos que utilizar verbos que impliquen acción, que sean inspiradores y completamente personales. Respecto a la huella que queremos dejar, Conejos recuerda que el principal punto de partida del propósito es estar bien con uno mismo. Desde nuestro bienestar personal ayudamos y contribuimos sin erosionarnos. Hay personas que se entregan en ayudar a los demás, pero se olvidan de sí mismos y terminan agotándose. Esto sucede porque el foco no es correcto. Si buscamos dejar una huella, hay que comenzar con nuestro propio bienestar interior.

La aspiración da sentido a todo lo que hacemos. Como recoge un popular relato, durante la Edad Media, un hombre se encontró a tres picapedreros trabajando y les preguntó por lo que hacían. Uno contestó que picar piedra, otro dijo que estaba construyendo un capitel, mientras el último respondió que construía una catedral. Los tres hacían lo mismo, pero la sensación de sentido de cada uno variaba sustancialmente. Así pues, ¿cuál es nuestro propósito personal?

Definir una idea ayuda a nuestra salud mental y física, y a disfrutar más de lo que hacemos. Según una publicación en Proceedings of the National Academy of Science, los mayores de 65 años y con un objetivo claro se preocupaban de manera activa por su salud, lo que los ayudaba a reducir enfermedades posteriores. En una investigación publicada en la Journal of Economic Behavior & Organization se cuantificó la falta de interés y su influencia en el rendimiento. Hicieron un experimento con personas que construían legos. Aquellos que encontraron un sentido fueron un 50% más productivos.

Pilar Jericó es coordinadora del blog Laboratorio de felicidad en EL PAÍS.

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