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Miami, la ciudad de paisajes recargados y espíritu sostenible

Más allá de los clásicos, el turista atento puede ver y entender qué se está haciendo para que esta urbe e isla de Florida no quede afectada por la subida del nivel del mar

El Metromover, un monorraíl sin conductor, sobre un puente en Downtown Miami (Florida).MikeDot ( Alamy / CORDON PRESS )

En Miami hay que estar pendiente de las alertas y las advertencias de tormentas tropicales y huracanes. Lluvias torrenciales y vientos veloces a los que hay que sumar la subida del nivel del mar como consecuencia del calentamiento global derivado del cambio climático. Los porosos cimientos de piedra caliza del sur de Florida son como una esponja. A medida que sube el nivel del mar, el agua subterránea lo hace hasta el nivel del suelo. Para que Miami no se convierta en la Atlántida no queda otra que elevarla sobre el agua, algo que se está haciendo en Sunset Harbour, entre otras zonas residenciales —se puede consultar la aplicación móvil MB Rising Above—. Un plan estratégico recogido en el Pacto de Cambio Climático del Sureste de Florida.

A esa elevación hay que sumarle la dotación de un servicio de transporte público masivo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, una de las causas del calentamiento global. La escasa profundidad del subsuelo de Miami hace que las principales carreteras y las vías por las que circula el Metromover —un monorraíl sin conductor, compuesto por dos vehículos y gratuito— discurran por encima de las calles. Al lado de una de sus paradas elevadas, Park West, está el CitizenM Miami World Center, un hotel de esos denominados inteligente y sostenible, en el que un porcentaje muy alto de su electricidad procede de las energías renovables y en el que las botellas de plástico se han sustituido por fuentes de agua para que los huéspedes rellenen sus botellas.

A la altura del céntrico barrio de Brickell, y por debajo del monorraíl, se extiende el alargado y estrecho Underline Park, en el que se suceden zonas de descanso, aparatos para hacer calistenia, parques infantiles e instalaciones singulares, como unas mesas de ping pong para recoger y aprovechar el agua de la lluvia. Imbuido de ese mismo espíritu sostenible está el Brickell City Centre, un centro comercial bajo una cubierta escultórica e inteligente que aprovecha la luz y la lluvia para iluminar sus tres edificios conectados de cuatro plantas y alimentar, en parte, a sus aparatos de aire acondicionado, respectivamente. En Miami no es extravagante caminar en sandalias con una bufanda enrollada al cuello.

Por las calles, además de circular muchos coches, también lo hace un tipo de vehículo denominado Trolley. Una especie de tranvía con ruedas que opera de manera gratuita en diferentes zonas de la ciudad, como Wynwood. Este es un barrio poblado de almacenes que se ha convertido en un animado espacio urbano artístico cultural, del que uno sospecha hasta qué punto es o no artificial todo lo que se ve subido a un Segway, un medio de transporte práctico y divertido con el que moverse por este vecindario decorado con murales grandes y coloridos y salpicado de restaurantes en los que la leche no es de vaca y las pizzas no llevan queso, como es el caso del concienciado, con trazas veganas, y saludable Love Life Café.

Sin el tren Miami no existiría

En la línea de medios de transporte menos contaminantes entra en juego la Estación Central de Miami. Una estación con aspecto y aroma de recepción de hotel coqueto y desde la que salen y llegan los trenes de la compañía Brightline con destino o procedencia a otras ciudades de Florida, como Orlando, Fort Lauderdale y Boca Ratón. Si Miami es lo que es hoy es, en parte, gracias al tren. Una gran helada en 1895 y la compra de unas parcelas de tierra —las que se convertirían en lo que es Miami— por parte de Julia Tuttle (conocida como la “madre de Miami”), convencieron a Henry Flagler para hacer llegar el ferrocarril a la costa sudeste de la península de Florida. Una zona a la que promotores y visionarios no tardaron en reconocer su potencial como destino turístico de sol y playa y no dudaron en dragar la bahía de Biscayne, creando nuevas islas y rellenando la costa de manglares.

Lo que se conoce como Miami es un condado y una ciudad asentada en el sudeste de la península de Florida. Entre esta península, la isla de Miami, donde se encuentran las playas orientales del Atlántico, y los cayos Virginia y Biscayne, está el Canal Intracostero, que lo salvan puentes y carreteras que discurren sobre el agua. Al sur de este entramado urbano anfibio, en la punta de la península, se encuentran los Everglades. Se trata de una tierra pantanosa protegida, preservada y cuidada por los nativos Miccosukee. Otros nativos, los Tequesta, se asentaron antes en la bahía Biscayne, en torno a la desembocadura del río Miami, actual centro urbano de la ciudad.

En el siglo XVI los conquistadores españoles colonizaron Florida, península que cedieron a Estados Unidos en el siglo XIX. A partir de entonces se comenzaron a construir puentes y carreteras que comunicaran la ciudad asentada en tierra firme y la isla de enfrente, en la que se levantó una ciudad a la que se bautizó con un nombre que se ha convertido en una marca: Miami Beach. Al sur de la misma, en lo que se conoce como South Beach, a lo largo de Ocean Drive y Collins Avenue, en la década de 1930 un reducido grupo de hoteleros empezaron a construir pequeños alojamientos: Beacon, Victor, Breakwater, Avlon y el Sea Isle Hotel, entre otros. Este último se encuentra en el medio de la isla y en la actualidad es el Palms Hotel & Spa, un resort de bienestar de lujo para todas las edades “inspirado en la naturaleza” y con la idea fija de minimizar su impacto en el medio ambiente y crear conciencia ecológica entre locales y huéspedes, a los que animan a limpiar su trozo de playa por las mañanas junto al Equipo Verde del hotel.

Ese conjunto arquitectónico de hoteles de tonos blancos y pastel dan vida a lo que se conoce como el Distrito Histórico Art Déco de South Beach. En el número 1001 de Ocean Drive se encuentra el Centro de Bienvenida Art Déco, que organiza recorridos turísticos con paradas en los edificios más atractivos y singulares diseñados en este estilo, así como mediterráneo. Algunos de esto hoteles se convirtieron en improvisados cuarteles entre 1942-45, cuando medio millón de miembros del Cuerpo Aéreo del Éjercito de Estados Unidos fueron destinados a este soleado lugar para realizar sus maniobras de entrenamiento antes de partir a los diferentes frentes abiertos en la Segunda Guerra Mundial. Tras la misma, muchos soldados establecieron su residencia en Miami Beach y alrededores.

Algo que también hicieron los cubanos que se exiliaron en 1959, cuando Fidel Castro se hizo con el gobierno de Cuba. Se fueron instalando tantos cubanos en una misma zona que al sitio se le acabó conociendo como Little Havana. Hoy los cubanos viven diseminados por toda la ciudad; como lo hacen los cientos de miles de latinoamericanos que se han instalado en una ciudad y una isla en la que se habla mucho español y en la que casi todo el mundo hace referencia a la huida y a la esperanza al preguntarles por qué están aquí.

Una relación complicada con el agua

Miami es un lugar del que casi nadie es y en el que muchos quieren estar. También es una isla rodeada y atravesada por agua. A orillas de los canales toman asiento mansiones provistas de embarcaderos y la primera línea de playa de South Beach está copada por rascacielos de apartamentos y hoteles. Estos últimos despliegan sobre la arena su ejército de tumbonas y sombrillas al ritmo de grandes éxitos de música latina. Este no es lugar ni de saxos, ni de pianos. Miami parece prohibir el aburrimiento, estarse quieto y el silencio. Es una ciudad exagerada en la que la ostentosidad tiene sentido y resulta hipnótica y fotogénica. Un paisaje recargado, obsceno en ocasiones, que a uno le traslada a lo visto en Corrupción en Miami y Scarface, aunque esta imagen nada tiene que ver con la actual. De corrupta y criminal se ha pasado a la concienciación ecológica y a tratar de mitigar los efectos del cambio climático en tierra firme y en la isla. Es la línea de trabajo que se está implantando en el barrio de Sunset Harbour, en Miami Beach, uno de los más bajos respecto al nivel del mar y que se está elevando como medida para hacer frente a su subida. Paseando por este lugar se pueden ver las estaciones de bombas de aguas pluviales, que, además de proporcionar fuerza y velocidad, recogen, filtran y evacuan el agua lo más limpia posible a la bahía, y las barreras de mar, que reducen la erosión y proporcionan protección contra las inundaciones.

En Miami el agua es una fuente de placer y tragedia. También de inspiración. El renovado Centro de Convenciones de Miami Beach es una enorme construcción translúcida con forma de ola, realizada bajo la premisa de la resiliencia y en el marco del respeto al medio ambiente y a las prácticas sostenibles en todos los eventos que se celebran aquí. Ese mismo agua hace de despensa de restaurantes como Stiltsville Fish Bar, en Sunset Harbour, en el que el pescado y el marisco se marida con salsas y se presenta de maneras poco ortodoxas para los paladares más clásicos, como su hamburguesa con langosta.

Pescar y remar es algo que se puede hacer en el Oleta River State Park. Estuario fluvial que en el pasado fue uno de los asentamientos de los nativos Tequesta y en el que hoy se puede hacer kayak en unas aguas tranquilas y flanqueadas por manglares. Si hay suerte es posible ver delfines y manatíes. Para tratar de ver aligátores hay que ir a los Everglades, en la punta de la península de Florida. Una punta líquida, inquieta y viva, como los pocos nativos que quedan de la comunidad de los Miccosukee, guardianes de esta tierra pantanosa a los les gusta enseñarla por medio de unas planeadoras impulsadas por unos grandes ventiladores situados en la parte de atrás. Este recorrido, Tigertail Airboat Tours, tiene lugar sobre carreteras de agua flanqueadas por vegetación y sobrevoladas por diferentes aves.

A pesar del ruido de la planeadora, uno puede concentrarse y procesar el paisaje acuático en el que se adentra. Una orquesta sinfónica en la que el viento mueve a los juncos y hace correr al agua bajo el sol, mientras Jean Sarmiento, del movimiento Love the Everglades, cuenta a los visitantes qué significa este lugar para sus ancestrales y actuales habitantes, para quienes el agua es sagrada y les une. Aunque, como ya se ha dicho, en el caso de Miami el agua también es un problema. Bueno, la subida del nivel del mar, para la que la ciudad y la isla se están preparando. Es el precio que hay que pagar por ser una soleada ciudad peninsular e insular construida donde se construyó.

Cómo llegar. Iberia y American Airlines operan vuelos directo a Miami desde Madrid y Barcelona. La duración del mismo no llega las diez horas.

Dónde Comer. Dentro del albergue Generator Miami, se encuentra Hoja Taquería, un restaurante mexicano en el que también sirven cócteles. Más formal y amplio es 27 Restaurant & Bar, donde los platos son una amalgama de cocinas del Caribe, Sudamérica y judío israelí. Para degustar una mariscada con vistas a la isla de Miami hay que ir a Amara at Paraiso.

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