Los imprescindibles de un viaje a los Grandes Lagos de Canadá
Desde Toronto hasta el lago Superior, bosques boreales, vida salvaje, senderismo, kayak y grandiosos paisajes son los protagonistas de una ruta por una región que concentra una quinta parte del agua dulce del planeta

Al planificar un viaje por los lagos canadienses, lo difícil no es el itinerario, sino asumir una escala difícil de comprender: solo en la provincia de Ontario, fronteriza con Estados Unidos, hay más de 250.000 lagos. Aquí, en la región de los Grandes Lagos —donde se concentra una quinta parte del agua dulce del planeta—, las distancias dejan de medirse en kilómetros. Enlazando viajes desde el lago Ontario al Superior, pasando por Muskoka, la bahía Georgiana o el remoto norte, aquí todo es inmenso, silencioso. Todo un privilegio para viajar de otra manera.
Al margen de las dimensiones grandiosas, en el paisaje canadiense hay que dejarse llevar sin prisa por esos mares interiores, disfrutando de cada sensación y de cada paisaje. Los Grandes Lagos, formados hace unos 14.000 años, cuando los glaciares se retiraron del continente, dibujan una frontera líquida entre Canadá y Estados Unidos. Basta con situarse en la orilla norte para notar la diferencia entre ambos lados: en la orilla canadiense la presencia humana se diluye y el territorio recupera su carácter original. Es un territorio más salvaje que al sur, un paisaje dominado por el bosque boreal, donde se mueven con libertad alces, osos negros, castores y águilas. El viaje de Ontario hasta el lago Superior es una travesía en la que el agua actúa como hilo conductor y en la que se puede combinar kayak, senderismo, carreteras panorámicas y noches bajo cielos que, en verano, apenas oscurecen.
Los grandes lagos canadienses cubren sobre todo Ontario —provincia que es más grande que Francia y España juntas—, pero la ruta de lago en lago se podría extender por todo el país en un viaje casi infinito. Dos puntos a tener en cuenta: la importancia de la fauna (Ontario no se entiende sin su fauna, escondida en un bosque boreal que cubre casi todo el territorio y que es una de las mayores reservas de carbono del planeta) y su cultura indígena. Aquí están presentes los descendientes de pueblos como los algonquinos, hurones y ojibwe, que conviven con la tradición de tramperos franceses y de la colonización británica. Viajar por el territorio es también conocer y respetar este legado, al que los canadienses dan mucha importancia.
Más información en la guía Canadá de Lonely Planet y en en la web lonelyplanet.es.
Toronto y el lago Ontario
Todo viaje tiene un inicio, y el de los Grandes Lagos canadienses suele empezar en la ciudad de Toronto, a orillas del lago Ontario, el más pequeño de los cinco Grandes Lagos (con el Superior, el Hurón, el Míchigan y el Erie), pero también uno de los más accesibles. Sus aguas conectan con el Atlántico a través del río San Lorenzo, y su entorno mezcla naturaleza y huellas históricas. Ontario es un territorio inmenso. A diferencia del accidentado oeste del país, aquí el paisaje es muy llano, con algunas zonas montañosas y muchos lagos: cuatro de los cinco Grandes Lagos lindan con Ontario. El 50% de la superficie de esta provincia (50 millones de hectáreas) es bosque boreal (el “Amazonas del norte”), una de las mayores reservas de carbono del mundo, que cruza la provincia en una franja de este a oeste de hasta 1.000 kilómetros de ancho.

Toronto, capital de Ontario, es también la ciudad más importante del país, todo un fenómeno cultural en sí, con residentes de todo el mundo y muchos idiomas, costumbres y celebraciones distintas, con museos y galerías —como la Galería de Arte de Ontario (AGO), diseñada por Frank Gehry—, teatros y, sobre todo, muchos restaurantes de todas las cocinas imaginables. Pero tal vez lo más interesante de Toronto no está tanto en la ciudad como en su relación con el agua.
Desde el frente marítimo —el Harbourfront Centre o las islas frente a la ciudad— se entiende cómo el lago Ontario actúa como frontera líquida y espacio de ocio. Las Toronto Islands, con playas como Ward’s Island, ofrecen una primera inmersión suave en el paisaje lacustre: arena, silencio y skyline al fondo. A unas tres horas al este, entre Kingston y Gananoque, se llega a uno de los primeros grandes hitos de todo viaje a los lagos, la escapada imprescindible: el archipiélago de Thousand Islands, que en realidad son 1.864 islas. Aquí, el kayak es la forma natural de desplazarse. Remar entre islotes de granito cubiertos de pinos, con el silencio solo roto por el agua, es una experiencia única. En este laberinto acuático cada recodo tiene una historia: desde leyendas indígenas —que hablan del “Jardín del Gran Espíritu”— hasta restos de la Guerra de 1812 y viejos naufragios sumergidos. Pero, más allá de la historia, este primer contacto con los lagos lleva progresivamente desde lo urbano hasta lo salvaje, del lago domesticado al territorio indómito. Además de recorrer en kayak las islas (mejor al amanecer), lo suyo es dormir en un lodge o cabaña sobre el agua y navegar por el río San Lorenzo para entender la escala del sistema lacustre, mejor alquilando una canoa, en silencio: un verdadero lujo.
Las cataratas del Niágara
El principal reclamo turístico de esta zona son las cataratas del Niágara, entre los lagos Erie y Ontario, que siempre impresionan aunque se hayan visto mil veces. El lago Erie, que está 100 metros más alto que el Ontario, vierte sus aguas a este último por dos avenidas: el sistema escalonado de esclusas del canal de Welland y el torrente desbordante e imparable de las cataratas del Niágara.

Muchos van a pasar el día a las cataratas y a Clifton Hill desde Toronto, pero hay mucho que ver; de hecho, se necesitan varios días para conocer las maravillas de la península del Niágara. Además, Niágara tal vez no es la ciudad que uno espera: es como un parque de atracciones pasado de moda, un destino para recién casados desde que el hermano de Napoleón llevara allí a su esposa. Una maraña de casinos, moteles y trampas para turistas flanquea Clifton Hill y Lundy’s Lane, como una pequeña Las Vegas. Casi más interesantes resultan algunas de las ciudades más pequeñas o paisajes de los alrededores, donde hay otras cataratas secundarias, además de una zona vinícola (los viñedos del Niágara se hicieron famosos por su vino de hielo), o ciudades como Niagara-on-the-Lake (N-o-t-L), una de las poblaciones del siglo XIX mejor conservadas de Norteamérica, de innegable belleza, con calles arboladas y estética decimonónica en sus casas bien restauradas. Su encantadora Queen St está repleta de tiendas que venden antigüedades, recuerdos de estilo británico y fudge casero. Pero hay que esperar a que los turistas se marchen al atardecer para disfrutar la versión más auténtica del lugar.

Muskoka y Algonquin: el corazón del Canadá salvaje
Al norte de Toronto comienza el verdadero cambio de paisajes: de la civilización al bosque boreal. La región de Muskoka Lakes es conocida como la “tierra de las casas de campo”, un mosaico de lagos donde los canadienses se refugian en verano. Aquí se encuentran las casas de campo más extravagantes de Ontario, muchas en la fabulosa Millionaires’ Row (fila de los millonarios), en el lago Muskoka.

Aunque el verdadero cambio llega en el Algonquin Provincial Park, uno de los espacios naturales más emblemáticos del país y una de sus joyas para actividades al aire libre de fácil acceso. Con más de 7.600 kilómetros cuadrados de naturaleza protegida, este es el lugar donde se encuentra esa imagen de Canadá que todos tenemos en mente: canoas, alces y bosques infinitos. Es una región para practicar rutas en canoa entre lagos conectados, intentar ver alces al amanecer (sobre todo en primavera) o caminar por rutas como el Lookout Trail para tener unas impresionantes vistas panorámicas. Es aquí donde se entiende realmente por qué al bosque boreal canadiense se considera el “Amazonas del norte”: una masa forestal inmensa que atraviesa la provincia de este a oeste.

Puestos a escoger entre todos los pueblos y pequeñas ciudades de la zona, podemos detenernos en lugares como Huntsville, un bonito pueblo, el más grande de Muskoka, camuflado entre lagos y pinos. Es la entrada al Algonquin Provincial Park y una buena base para excursiones de un día por el parque y por Muskoka, o para prepararse para recorrer a fondo el Algonquin.
Por la vía Trent-Severn y los lagos interiores
Desde el lago Ontario es fácil internarse en el corazón de la provincia siguiendo la vía navegable Trent-Severn, un corredor de agua de casi 400 kilómetros que conecta el lago Ontario con la bahía Georgiana, que es una parte del lago Hurón y una de las joyas naturales de Ontario.

Aquí el paisaje cambia. Los grandes horizontes se sustituyen por lagos más íntimos, rodeados de bosques densos y rocas pulidas por el hielo hace milenios. Es el territorio clásico de la cabaña canadiense, del muelle de madera y de las canoas deslizándose al amanecer. Los lagos Kawartha, que forman parte de esta red, son un paraíso para quienes buscan desconexión: pesca, observación de aves, travesías en paddleboard o simplemente el placer de no hacer nada. La fauna es abundante y no es raro ver castores trabajando al anochecer o escuchar el eco lejano de un loon —el ave símbolo de Canadá— rompiendo el silencio. Este tramo acuático es menos espectacular que el lago Superior, pero más introspectivo. Invita a bajar el ritmo, a comprender la escala del país y a asumir que, en Canadá, la naturaleza no es un decorado: es la protagonista absoluta.

La bahía Georgiana y el lago Hurón
El siguiente salto lleva hasta la bahía Georgiana, una extensión del lago Hurón que muchos consideran uno de los paisajes más bellos del país. Aquí el paisaje canadiense se muestra en todo su esplendor: rocas rosadas, pinos retorcidos por el viento y aguas claras que cambian de color según la luz. Esta bahía es un reino inmenso de verdes y azules. Son los paisajes que inspiraron a los pintores canadienses más conocidos y que siguen recibiendo a artistas prometedores.

En el arco sur de la bahía está la playa de Wasaga, el arenal de agua dulce más largo del mundo (tiene unos 14 kilómetros). Y en las vecinas Collingwood y Blue Mountain se encuentran las pistas de esquí de invierno más famosas de la provincia. Si desde Owen Sound se va hacia el norte por su costa oeste, nos topamos con la magnífica península de Bruce, con sus dentados farallones calizos, sus acantilados y sus playas abruptas. Allí están Tobermory y la isla de Manitoulin: un lugar ideal para pasar unos días.

El lago Hurón, conectado con el Míchigan, forma en realidad un único sistema acuático. Sus orillas canadienses están menos urbanizadas que las estadounidenses, lo que permite disfrutar de una sensación de aislamiento difícil de encontrar en otras latitudes. El kayak vuelve a ser protagonista. Navegar entre islotes, acampar en pequeñas playas y observar el cielo estrellado sin contaminación lumínica son experiencias habituales. En verano, el agua puede ser sorprendentemente templada y las playas —de arena blanca en algunos tramos— recuerdan más al Mediterráneo que a Canadá. La pequeña localidad de Tobermory es la puerta de entrada a este territorio de aguas sorprendentemente claras. Desde aquí se accede a rincones que figuran siempre entre las zonas más bellas de Ontario, como el parque marino nacional Fathom Five, famoso por sus pecios y formaciones rocosas, o Flowerpot Island, con sus icónicas columnas de piedra.
El diminuto Tobermory es también uno de los mejores lugares de Norteamérica para bucear entre pecios y aguas cristalinas. Hay 22 pecios separados, algunos de principios del siglo XIX, pero, eso sí, el agua está helada. Desde Tobermory parte el ferri hacia Manitoulin Island, otro hito del viaje y otro lugar para bajar el ritmo, con comunidades indígenas, carreteras solitarias y playas casi desiertas. Manitoulin (“isla de los espíritus”, en lengua ojibwe) es un lugar mágico y remoto con unas vistas de postal. Es la isla situada en un lago de agua dulce más grande del mundo y sus pueblecitos, con nombres como Mindemoya, Sheguiandah y Wikwemikong, están separados por kilómetros de distancia. Los haweaters (oriundos de Manitoulin) ya ven venir al visitante cuando se traba con las palabras de más de seis sílabas. Pero estos trabalenguas no deben ser un impedimento para visitarla: pasar unos días en Manitoulin es una experiencia inolvidable.
El lago Superior, el gran final
El Superior no es solo el mayor de los Grandes Lagos norteamericanos: es un océano interior, con una extensión inabarcable a la mirada. Contiene por sí solo una décima parte del agua superficial dulce del planeta. Su costa norte, en Ontario, es uno de los paisajes más salvajes de América del Norte. Aquí se encuentra el Lake Superior Provincial Park, un espacio protegido de más de 1.500 kilómetros cuadrados que combina playas, acantilados, bosques boreales y arte rupestre indígena. El agua es fría, incluso en verano, las olas pueden levantarse como en el mar y el clima es impredecible. Pero, precisamente por eso, este lugar tiene algo hipnótico.

En sitios como las islas Rossport o la zona de Nipigon, el kayak se convierte en una aventura que permite remar entre islotes deshabitados, acampar en playas solitarias y compartir territorio con caribúes o aves migratorias. Algunas islas, como Michipicoten o Simpson, son auténticos refugios de vida salvaje. También es un paisaje magnífico para el senderismo: el Lake Superior Coastal Trail recorre 65 kilómetros de costa escarpada, atravesando playas, bosques y formaciones geológicas de más de 2.600 millones de años. Es un sendero exigente, pero también uno de los más espectaculares del continente.
La costa de este mar interior está protegida en parte por el Lake Superior National Marine Conservation Area, la mayor área marina de agua dulce del mundo. Aquí reina un silencio casi absoluto. Solo el viento, el agua y, de vez en cuando, el grito de un águila.
Entre lo imprescindible de ver y disfrutar en el lago Superior están Agawa Bay (Lake Superior Provincial Park), con una playa salvaje y vistas abiertas al lago, punto de acceso a muchas rutas de senderismo; y la Old Woman Bay, una de las imágenes icónicas del lago, con acantilados y aguas profundas. Para terminar, el Pukaskwa National Park, el parque nacional más remoto de Ontario, es ideal para trekkings de varios días por una costa salvaje.


























































