Los juglares africanos se llaman ‘griots’ y aún ejercen un oficio milenario

El 'guewel', el arte de la oratoria ejercido por narradores tradicionales, sigue muy presente en la vida cotidiana de miles de senegaleses, y ejerce un rol de memoria familiar y comunitaria

Ngary Niang, griot de Ndiebene, durante una ceremonia en la plaza del pueblo.
Ngary Niang, griot de Ndiebene, durante una ceremonia en la plaza del pueblo. Khadim Diop
Saint Louis (Senegal) - 09 ene 2020 - 23:00 UTC

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“Somos los maestros del arte de hablar: nuestros bolsillos están llenos de secretos, de nombres y hazañas, para que las historias de nuestro pueblo no caigan en el olvido. ¡Esa es nuestra misión!”. Así se presenta Ngary Niang, griot del pueblo de Ndiebene, en la región de Saint Louis (Senegal), de pie, entonando y gesticulando con gran importancia su cometido.

Los griot son narradores de historias y están presentes en la mayoría de los pueblos que habitan el África Occidental, como los mandé, fulbé, hausa, serer, mossi, árabes mauritanos y multitud de otros grupos más pequeños. Ngary Niang es wolof. Se dedica a esto desde hace dos décadas, siguiendo las trazas de su padre, que le guió en el oficio. “El guewel [el arte de contar, como se conoce en Senegal] se mama”, explica. Habla pausado y mira a los ojos con detenimiento, habituado a la solemnidad. Antiguamente se les escuchaba en círculo, en un guew, pero ahora esta tradición se va perdiendo y su principal espacio de acción son los eventos públicos como bodas, nacimientos y otras ceremonias.

En Ndiebene como en cada pueblo en Senegal, cada familia tiene un griot, y este está presente en los acontecimientos clave de la vida de cada uno de sus miembros, para alabarles, con sus cantos y sus poemas, y recrear la cronología familiar.

Hoy es el bautizo de Rawane, primer hijo de la segunda mujer de Cheikh Dieye, joven de la localidad. Ngary se levanta pronto por la mañana y se pone sus mejores galas para acompañar a la familia en tan importante acontecimiento. “Tu familia son eruditos del Islam, son los imanes de Mpal y de Gandiol, los Dieye siempre han sido personas muy educadas, algo que han heredado de sus antepasados, y Cheikh ha querido reconectar el pasado con el futuro dándole a su hijo el nombre de su abuelo”, relata.

Teje palabras con lo que trae estudiado pero inspirándose también en lo que le rodea, confiriendo protagonismo a los allí presentes. Improvisa y narra con ingenio, sabiendo que su oficio —a diferencia de lo que ocurre con los miembros de la etnia peul— está perdiendo adeptos entre los wolof, por lo que debe conjugar el entretenimiento con un intachable conocimiento de la historia local.

Hay jóvenes que se acercan antes de comprometerse para que les cuente el origen de la familia de su novia, quieren saber qué les une, dónde tienen raíces comunes, cuáles son las características de sus ancestros

“¡No se pueden decir todos los secretos! En público solo se dicen las cosas buenas de la estirpe, las hazañas, los hitos… nuestro rol es conectar a las personas, decirles quiénes son y qué les vincula al territorio y a los otros, recrear la red que nos une. Pero en privado se pueden y se deben contar los pasajes menos luminosos, las sombras de las familias, las heridas… para que no se repitan. Tenemos derecho a meternos en su intimidad, para evitar los conflictos”, comenta Niang, asumiendo lo que considera una gran responsabilidad.

Billetes de mil francos cfa (1,5 euros) y hasta de 5.000 (7,5 euros) llegan hoy a las manos de Ngary, que no los rechaza pero tampoco los pide. “El oficio se está monetarizando en exceso. Yo tengo mi trabajo, tengo mi taxi que es lo que me da de comer, y soy griot porque ese es mi rol en la comunidad. Antes éramos reconocidos como consejeros, pero cada vez más se hace como folklore. Para guardar la independencia y la dignidad respecto de la familia a la que glorifica tienes que tener otro trabajo, no puedes depender económicamente de ella, pues eso no te permite ser objetivo”, explica.

Esto le viene de su abuelo. Cuenta que, cuando éste era joven y se dedicaba exclusivamente al arte de la palabra, un hombre de una de las familias a las que honraba le cedió un espacio en el campo que cultivaba. Su abuelo lo empezó a trabajar, teniendo así una fuente de ingresos distinta que le dio el distanciamiento necesario para no caer en las alabanzas vacías y fáciles.

La fiesta prosigue en Ndiebene. Cuando cae la tarde toman el relevo las mujeres: las presentes se dividen en dos bandos, los miembros de las familia de la madre y los de la del padre, cada uno detrás de su griot, esta vez femenina, y escenifican lo que se conoce como “el enfrentamiento”. En realidad es un intercambio de regalos entre las familias: “Mirad si somos generosas que os damos estas telas” dice la familia de Ndeye Seyanabou, madre del pequeño Rawane. “Lo vemos y os damos el mismo lote, más 5.000 francos cfa”, replica la griot de Cheikh, ante el aplauso general.

Las griot mujeres cantan más que recitan, chascan los dedos y se balancean haciendo aplaudir a la asistencia. Con voz aguda saludan a las madres —en plural, aludiendo a madre biológica, co esposas, abuelas y amigas de la familia— del recién nacido, y recorren todas las bondades que éstas aportan a la comunidad. Es su momento: ninguna mujer del pueblo se lo quiere perder, y puede acabar de madrugada.

Cronistas del lugar

Se cuenta que en los reinos antiguos, a los hijos de los reyes se les llevaba a que fueran amamantados por una griot, pues este linaje era el que atesoraba la sabiduría popular, y con este acto, podrían inculcar erudición al futuro monarca. “Aun ahora en las celebraciones las cabezas de las reses sacrificadas se les dan a estos oradores, en símbolo de su saber: el griot ve, entiende y explica bien, ¡todas las cualidades que se concentran en la cabeza!”, ríe Niang esperando su parte del bautizo del pequeño Rawane.

Su conocimiento del pueblo y de sus habitantes es una herencia transmitida en la intimidad de su casa, pues estos juglares africanos siguen organizándose en castas que contraen matrimonio entre sí, pero el buen hacer del oficio requiere buscar otras fuentes. “El hecho de ser escuchado te confiere mucha responsabilidad: tienes que saber de lo que hablas y eso requiere investigación”, explica. “Cuando no sé una cosa, lo anoto y hago una búsqueda, que puede ir desde preguntar a alguna persona del lugar, encontrar alguien en el otro extremo del país o buscar en medios escritos. Somos como los periodistas, tenemos que ser rigurosos”, concluye, explicando que a raíz de la emigración de muchos jóvenes a Europa, muchas veces se ve en la tesitura de hacer llamadas internacionales para conocer episodios de sus vidas y poder seguir los hilos.

Hoy en día, en privado, es solicitado para conocer la historia del linaje propio pero también el de los futuros cónyuges: “Hay jóvenes que se acercan antes de comprometerse para que les cuente el origen de la familia de su novia, quieren saber qué les une, dónde tienen raíces comunes, cuáles son las características de sus ancestros… ¡se dice que de tal palo, tal astilla!”, comenta Niang bajo la supervisión de la joven Fatou, también vecina del pueblo, que asiente con la cabeza.

Mas allá de asuntos domésticos, Niang es requerido para contar la historia del pueblo. Sus crónicas sobre Ndiabene son un momento esperado en veladas y ceremonias, como las jornadas culturales del instituto del pueblo. El pasaje más exitoso es aquel de la batalla de Safilème, el 4 de septiembre de 1826, cuando el pueblo gandiolés se sublevó contra la ocupación colonial protagonizando la primera derrota de Francia en todo el continente. Médoune Diop, de 25 años, conoce el episodio desde niño pero no se cansa de escucharlo y Ngary Niang se deleita en adornarlo con todo lujo de detalles, para complacencia del público, haciendo gala de una gran memoria histórica.

“Si no te conoces a ti mismo eres como una hoja que el viento puede llevar. Las personas que conocen su historia acarrean su peso, confiriéndoles estabilidad ”, reflexiona este griot, como una suerte de apología de la oratoria: “Nuestra finalidad es crear paz, tejer lazos, convertir lo negativo en positivo, vincular ideas y defender valores. Por eso aun somos necesarios hoy en día”.

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