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Tengo 40 años y paso la Nochebuena en mi dormitorio de infancia: el síndrome de regresión navideño

Llega la Navidad y millones de españoles vuelven a sus casas: algunos emocionados por el reencuentro y las reuniones familiares y otros aterrorizados por eso mismo

cena nochebuena
En 'Jeff y los suyos' (2011), Jason Segel interpreta a un treintañero que sigue viviendo en el hogar materno, algo parecido a aquello en lo que se convierten durante unos días los que vuelven a sus casas por Navidad.

Este 23 o 24 de diciembre miles de españoles que viven y trabajan fuera de sus lugares de origen volverán a sus casas, saludarán a sus familiares, se acostarán en sus antiguos dormitorios y durante unos cuantos días dejarán de ser miembros responsables y adultos funcionales de la sociedad para volver a ser, a efectos prácticos, niños de 13 años.

El regreso al hogar es un campo minado para las emociones que ha servido de pasto al cine (¿cuántas películas y series de terror comienzan con la premisa de alguien que regresa a la casa donde creció?) y a la literatura universal: la magdalena que Proust describe en En busca del tiempo perdido es, probablemente, la primera descripción de ese síndrome de regresión a la infancia que provoca la vuelta al hogar materno.

El regreso a esa casa de la infancia provoca también una especie de terapia, un análisis de la vida que hemos conseguido (o que nunca fuimos capaces de conseguir) desde que nos marchamos de allí

José es un traductor de 47 que vuelve todos los años por Navidad a su dormitorio del País Vasco. “Ver en mi cuarto todos mis libros, esos best sellers y novelas que leía de joven, me hacen pensar que la vida en aquella época era despreocupada, aunque por cuestión de edad todos pensemos que tenemos un montón de cosas importantes y trágicas en la cabeza”.

Andrea, editor italiano de 45 años afincado en Barcelona, regresó anualmente hasta hace poco a una cama de 90 centímetros, de esas encajonadas entre armarios por ambos lados y por arriba. “Yo mismo la escogí en 1982. Allí seguía una página de [la revista italiana de cine] Ciak con el rostro de Vanessa Paradis que pegué yo mismo y, en la madera del módulo superior, algo que escribí y que se podía leer cuando uno se tumbaba: 'Odio las matemáticas”.

Y todo esto, el regreso a un lugar físico, es la parte fácil. Algo intangible y mucho más difícil de definir es volver a unas rutinas, jerarquías y engranajes que abandonamos hace 10, 15 o 20 años al irnos de casa. Si estamos durmiendo en nuestro dormitorio de infancia y conviviendo con la familia que moldeó nuestra personalidad durante nuestros primeros 20 años de vida, ¿cómo no vamos a sentirnos como el niño que fuimos?

“Cuando volvemos a compartir tiempo y espacio con nuestras figuras de apego de origen (hermanos, padres…) es muy probable que se reactiven en nosotros los mismos estilos relacionales que teníamos en la infancia o la juventud”, explica la psicóloga Violeta Alcocer. “Lo habitual al volver a casa por Navidad es descubrirnos con respuestas emocionales similares a las que teníamos en esos años en los que convivíamos: de pronto nos saca de nuestras casillas que nuestra madre haga algún comentario sobre nuestra vestimenta o que nuestro hermano entre en nuestro cuarto sin llamar, nos descubrimos pidiendo esas galletas de la infancia para desayunar o nos invade una profunda vergüenza e inseguridad cuando nos saludan los vecinos, aunque haga años que hayamos superado nuestra timidez”.

'A casa por vacaciones' (1995), la segunda película de Jodie Foster como directora, es uno de los grandes retratos cinematográficos sobre lo traumático que puede ser el regreso al hogar durante las fiestas.
'A casa por vacaciones' (1995), la segunda película de Jodie Foster como directora, es uno de los grandes retratos cinematográficos sobre lo traumático que puede ser el regreso al hogar durante las fiestas. Getty Images

La explicación, para Alcocer, está en la teoría del apego: “La forma en la que nos relacionamos de pequeños con nuestros padres o madres determina todo un sistema de respuestas cognitivas, emocionales y de comportamiento, lo que conocemos como estilos de apego. Aunque a lo largo de los años hayamos madurado, el hecho de reencontrarnos con esas figuras reactiva los viejos estilos”.

El regreso a esa casa de la infancia provoca también, de forma inevitable, una especie de terapia, un análisis de la vida que hemos conseguido (o que nunca fuimos capaces de conseguir) desde que nos fuimos de allí y también una medida tangible e inmediata de cómo ha pasado el tiempo. “Algo que me asombra de volver a mi dormitorio de infancia es sentirlo como propio y ajeno a la vez”, explica Guzmán, publicista de 37 años que sigue durmiendo en su cuarto de toda la vida cada vez que vuelve a Asturias para pasar la Nochebuena. “Ahí están todas mis cosas, pero parecen las de otra persona, las de alguien que conocí. Y luego está lo de volver a ver a algunos familiares que un día viste como héroes, tíos enrollados, primas listísimas..., y ahora te parecen mucho más inútiles y patanes que tú. Creo que podría resumirlo en que de repente eres más adulto que los adultos que siempre conociste. Es un golpe bajo, una sensación extraña”.

“Volver a casa puede ser una experiencia agradable o difícil, dependiendo de cómo hayamos podido independizarnos emocionalmente de los aspectos negativos de la familia de origen y mantener los positivos”

Violeta Alcocer, psicóloga

“Volver a casa puede ser una experiencia agradable o difícil, dependiendo de cómo hayamos podido independizarnos emocionalmente de los aspectos negativos de la familia de origen y mantener los positivos”, explica la psicóloga. Y añade: “Todas las familias tienen historias complicadas y dependerá de la flexibilidad del propio sistema familiar y de nosotros mismos tolerar los conflictos y las diferencias. Volver a casa puede ser un suplicio o una experiencia de reencuentro y crecimiento”.

¿Algún consejo profesional para lo segundo? Cristina Pérez, directora del equipo de psicólogos de Siquia, advierte: “Hay situaciones que funcionan como estresores, por ejemplo los cambios bruscos en la rutina, excesivas demandas, falta de tiempo y conflictos familiares sin resolver. Sin embargo, el estrés, al igual que la ansiedad, en su justa medida, pueden ser también un mecanismo de adaptación al medio”. Añade que aquellos que se enfrentan con cierto disgusto a la idea de volver a casa por Navidad pueden hacer listas de todo lo que han conseguido en el año que dejamos, moderarse con el alcohol (pues acentúa los síntomas de depresión), aprovechar que tenemos días libres para hacer ejercicio y cuidarse, intentar evitar los atracones y no alargar las sobremesas de las comidas familiares si no se está cómodo.

El reencuentro con la familia es también delicado: los padres actuarán irremediablemente como padres y corregirán, aconsejarán o reprenderán a sus hijos de 40 años. Los hijos también querrán tomar las riendas y, ahora que son adultos, harán de padres con sus propios padres. El baile de roles se vuelve confuso.

En la extraordinaria 'Young adult' (2011), Charlize Theron interpretaba a una adulta disfuncional que descubría que volver a su hogar paterno era la peor de las ideas.
En la extraordinaria 'Young adult' (2011), Charlize Theron interpretaba a una adulta disfuncional que descubría que volver a su hogar paterno era la peor de las ideas.

“Los que tienen problemas familiares y los han trabajado personalmente durante el resto del año (aprendiendo a ser asertivos/as, a mantener una actitud de observación y a autocuidarse) encontrarán en la vuelta a casa una fuente de aprendizaje y la oportunidad de poner en práctica lo trabajado hasta la fecha”, aclara Violeta Alcocer. Y continúa: “A los que no han hecho ese trabajo con antelación, les puede ayudar llevar un diario durante esos días, procurarse algo de tiempo personal (un paseo o un cine), aprovechar la visita para ver a amigos de la infancia u otros familiares o llevarse un buen arsenal de libros para leer”.

O sea: por mucho que en los medios nos bombardeen con que estas fechas son familiares, puede ser conveniente que echemos el pestillo media hora y estemos a solas para volver a querer a nuestros familiares cuando volvamos al salón.

Hay, sin embargo, una situación que puede ser todavía más estresante que regresar al dormitorio de infancia: descubrir que ya no está. Es lo que le pasó a la escritora Rosario Villajos, 41 años: "Una semana cualquiera a mitad de mi tercer curso mientras estudiaba fuera mi madre me dijo al teléfono: 'Nos hemos mudado. Apunta la dirección'. Estaba en una cabina y me puse a llorar inmediatamente a pesar de haber odiado cada milímetro de ese piso desde que tenía uso de razón. Mis padres llevaban toda la vida diciendo que nos íbamos a mudar a un sitio más grande, pero no esperaba que fuera cuando ya nos habíamos marchado todos de casa y así, sin avisar. Nunca me despedí de aquel cuarto aséptico y nunca supe qué fue de mi póster de Nuno Bettencourt".

"El momento en el que mis padres aceptaron que ya era una mujer adulta fue cuando cambiaron, sin que yo se lo pidiera, la cama individual por una doble. Fue, para mí, la señal muda y definitiva de que por fin podía llevar a mi novio a dormir a casa"

Raquel, editora de 37 años

La escritora Sabina Urraca, de 35 años, agradeció el gesto, sin embargo: "Hace muchos años que mis padres convirtieron mi habitación en un cálido pero aséptico cuarto de invitados multiusos que agradezco cada vez que voy a visitarlos. No soportaría dormir rodeada de poemas oscuros escritos en la pared (cada pared de un color, por cierto) y matrículas y señales tráfico recogidas de por ahí colgadas sobre el cabecero".

A veces el cambio de dormitorio dentro de la misma casa de infancia puede ser la mejor manera de dejar claro que hemos crecido y que ese sigue siendo nuestro hogar, pero nosotros ya somos otros. Esto lo ejemplifica bien Raquel, editora de libros de 37 años asentada en Barcelona. "El momento en el que mis padres aceptaron que ya era una mujer adulta fue cuando cambiaron, sin que yo se lo pidiera, la cama individual por una doble. Llegué y me la encontré. Fue, para mí, la señal muda y definitiva de que por fin podía llevar a mi novio a dormir a casa".

Sea agradable o sea duro, el proceso tampoco durará demasiado. Y, como todos los años, sacaremos alguna lección valiosa de esta regresión. Si nada funciona y aún así nos sentimos estresados, hagamos eso que nos valía con 15 años y seguirá valiendo con 40: dar un portazo e irse a pasear antes de que llegue la hora de la cena.

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