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‘El Chopo’ Iribar, el hombre que lo paraba todo

José Ángel Iribar, durante un partido disputado en el estadio bilbaíno de San Mamés en 1967.
José Ángel Iribar, durante un partido disputado en el estadio bilbaíno de San Mamés en 1967.

Se cumplen 40 años de la retirada de quien, para muchos aficionados, simbolizó la figura del portero de fútbol

EN EL PALCO de San Mamés se mira el partido del Athletic Club de Bilbao con un solo ojo, el otro es para ver qué hace Iribar: todo el mundo observa sus reacciones y nadie olvida que está ante un mito, cerca de alguien que parece haberse recortado a sí mismo de un cromo para darse un paseo entre los mortales. Porque El Chopo, que era su nombre de guerra mientras estuvo en activo y que fue para mucha gente el mejor cancerbero del mundo en las décadas de los sesenta y los setenta, no es parte de la actualidad sino de la historia, y sin embargo, allí donde está, la estrella es él, las cámaras lo buscan, no hay quien desaproveche la ocasión de estrecharle la mano o hacerse una foto a su lado.

A sus 76 años sigue recto como una vela y atrae como un imán. Y eso, en un mundo en el que todo va tan deprisa que hay tiempo para la admiración, pero no para el respeto; donde las novedades se devoran entre ellas y se tapan como una capa de pintura a otra, es casi un milagro.

Ahora se cumplen 40 años de su retirada, que llegó, porque todo llega, en diciembre de 1979; y 50 del primer título que logró con su equipo, la Copa del Rey de 1969. Solo ganaría otro igual, en 1973, pero nada ha hecho palidecer la figura del guardameta de los leones y de la selección española, cuyos tres palos defendió 12 años y con la que conquistó la Copa de Europa de 1964, en el Santiago Bernabéu, derrotando a la URSS con el inolvidable gol de Marcelino.

Él no es una celebridad, es una leyenda; no es una vieja gloria, es un icono: en España dices “portero” y lo ven a él, con su uniforme negro, el que vistió de luto a tantos delanteros rivales, viudos de los goles que les paraba.

Y luego está la persona, un hombre de una sencillez inaudita en esta feria de las vanidades. Fui hace nada a dar una charla a San Mamés, pero el día antes me invitaron al campo para asistir a un encuentro de Liga y allí estaba mi héroe de la infancia, una de las personas que más ilusión me ha hecho conocer en mi vida. Él lo sabía, pero me trató como a un amigo, vino al acto de la tarde siguiente y cuando le pregunté qué libro mío quería que le regalase, porque había una librería en la sala, prefirió uno de poemas, es decir, a juego con él, que es una oda de carne y hueso. Y después, en lugar de volverse a su pedestal nos llevó en su coche a nuestro hotel. Los que dicen que mide 1,84 mienten: lo mide todo, hacia fuera y hacia dentro.

Mirar para otro lado sirve también para descubrir lo que tiene su propia música en mitad de tanto ruido. Qué pena que Joaquín Sabina y yo empezáramos una canción dedicada a Ángel González con el verso “González era un ángel menos dos alas”, porque, tanto en el territorio de la métrica como en el de la semántica, queda igual si sustituyes González por Iribar y sirve para seguir diciendo la verdad. Han pasado cuatro décadas desde que colgó los guantes, pero el himno a la medida que le cantaban en todos los estadios continúa teniendo razón: como Iribar no hay ninguno.