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Los 14 bigotes más carismáticos de la historia

Filósofos, actores, deportistas y músicos que aportan razones contundentes para dejarse crecer el mostacho en el mes en el que hay que hacerlo, noviembre

movember
Una mujer arregla en 1982 uno de los míticos bigotes de la historia, el de Freddie Mercury. Foto: Getty

Noviembre es el mes oficial del bigote desde 2004, cuando la fundación Movember, dedicada a la prevención del cáncer de próstata, decidió invitar a sus simpatizantes a dejarse mostacho para visibilizar la toma de conciencia acerca de esta enfermedad. Por eso, en los últimos años, miles de hombres en todo el mundo se unen al movimiento y cultivan, durante noviembre, un mostacho más o menos adaptado a su gusto, fisonomía y posibilidades.

En ICON hemos elegido los 14 bigotes más carismáticos de la historia...

Tom Selleck, su bigote y viceversa, en Los Ángeles en 1980.
Tom Selleck, su bigote y viceversa, en Los Ángeles en 1980.

Tom Selleck

Si hemos decidido abrir este recorrido con Tom Selleck (Detroit, EE. UU., 1945) es porque hemos comprobado su calado: cada vez que en la redacción mencionábamos “hombres con bigote”, alguien dice su nombre. No es casualidad. Selleck, estrella absoluta de las películas de sobremesa, encarna una visión de la masculinidad que en los ochenta era cool, en los noventa decayó ante el auge de las figuras adolescentes y hoy vuelve a ser interesante. La clave está en el protagonismo absoluto que el estadounidense concede a su mostacho: las mejillas perfectamente rasuradas, la piel brillante, el pecho lobo y la cabellera poblada sirven de marco para un bigote de longitud media, tono uniforme (las canas aún no eran consideradas como algo sexi) y densidad exacta.

Ringo Starr, caracterizado para su papel en ‘The magic Christian’ de Joseph McGrath en 1969.
Ringo Starr, caracterizado para su papel en ‘The magic Christian’ de Joseph McGrath en 1969.

Ringo Starr

La Inglaterra de los años sesenta vivió un auge neoeduardiano; es decir, un revival de la estética inglesa de principios del siglo XX, cuando los caballeros londinenses vestían extravagantes trajes a medida, vivían en casas neomedievales llenas de muebles Arts & Crafts y concedían un culto absoluto a la forma. Aquí, Ringo Starr (Liverpool, 1940), en 1969, luce una melena entre hippie y romántica, y un bigote que no hubiera desentonado entre los pintores prerrafaelitas ni entre el grupo de amigos de Oscar Wilde. Que hoy identifiquemos ese estilo como propio de los años sesenta demuestra las vueltas que da la historia y los regímenes capilares de cada década.

Burt acudió así a los ensayos de la gala de los Oscars de 1973. ¿Quién necesita esmoquin teniendo semejante estructura facial?
Burt acudió así a los ensayos de la gala de los Oscars de 1973. ¿Quién necesita esmoquin teniendo semejante estructura facial?

Burt Reynolds

Que los años setenta fueron la década dorada del mostacho es algo que queda patente en este dechado de perfección que es Burt Reynolds (Michigan, EE. UU., 1936- Florida, EE. UU. 2018) en 1973. El bigote se alarga en torno a las comisuras de los labios para volverse simpático y guerrillero, y el cabello despeinado, con patillas boscosas formando caracolillos alrededor de las orejas, enmarca este momento de gloria capilar. Si quiere probarlo en casa, haga como Burt y déjese crecer el cabello de manera paralela al bigote; de otro modo, parecerá un soldado napoleónico de paseo por Europa.

El presentador José María Iñigo, retratado en 1977.
El presentador José María Iñigo, retratado en 1977.

José María Iñigo

¿Fue José María Íñigo (Bilbao, 1942- Madrid, 2018) nuestro Burt Reynolds? Esta foto de 1977 sostiene esta tesis, aunque a la influencia americana habría que añadir aquí otra muy tangible en la España de finales de los setenta: Curro Jiménez y el discreto encanto del bandolero de Despeñaperros. Aquí Iñigo se pone la patria por mostacho y deja que el pelo se extienda más allá de sus fronteras naturales, llegando casi hasta la barbilla y apuntando el inicio de una perilla que, por suerte, no se generalizaría hasta los años noventa. Además, lo complementa con el aderezo capilar predilecto de la época: patillas largas, anchas y desmadradas. Punto extra para la camisa de cuello setentero, cuyos picos replican la forma del bigote.

El luchado Hulk Hogan, en 1983. Un rubio con mostacho pronunciado.
El luchado Hulk Hogan, en 1983. Un rubio con mostacho pronunciado.

Hulk Hogan

Hay algo indefinible, casi surrealista, en el bigote rubio y fantasioso de la estrella de la WWE Hulk Hogan (Georgia, EE. UU. 1953), una de las celebridades más queridas de la televisión de los ochenta. A su mantra, “entrenar, rezar y tomar vitaminas", habría que añadir otro verbo: cuidarse el bigote, decolorarlo y perfilarlo para conformar una silueta insólita capaz de sobrevivir al paso de los años. Hoy, el mito de Hogan ya no está ahí, pero su bigote sigue intacto. Ya no es rubio, sino blanco, pero sigue alargando sus extremos hacia la barbilla, conformando una perilla incompleta y también un estatus del que solo gozan algunos privilegiados: el de haber desarrollado una imagen propia que se puede reconocer de un solo trazo. ¿Moraleja? No intente imitarlo si usted no es Hulk Hogan. Y, si lo hace, sepa que todo el mundo (mayor de 35 años) se lo recordará.

Freddie Mercury junto a la actriz Jane Seymour, a la izquierda, durante un concierto benéfico en el Royal Albert Hall de Londres en 1985.
Freddie Mercury junto a la actriz Jane Seymour, a la izquierda, durante un concierto benéfico en el Royal Albert Hall de Londres en 1985. Foto: Getty

Freddie Mercury

El del vocalista de Queen es, como otros bigotes de esta lista (véase Ringo Starr), un mostacho historicista, casi carnavalesco, que procede de los de los galanes del cine clásico, igual que el cabello repeinado con brillantina y el lápiz de ojos que Mercury (Zanzíbar, 1946- Londres, 1991) emplea con liberalidad. No pretende proyectar naturalidad, sino teatralidad y espectáculo. Maquillaje escénico para transitar por la vida y un bigote inclasificable para desmontar todos los tópicos de la masculinidad hegemónica.

Clark Gable y su bigote de lápiz antes de convertirse en el Rhett Butler de ‘Lo que el viento se llevó’ (1939).
Clark Gable y su bigote de lápiz antes de convertirse en el Rhett Butler de ‘Lo que el viento se llevó’ (1939).

Clark Gable

Un respiro en medio de tanto revival setentero para acudir a una de las fuentes primigenias del bigote contemporáneo: Clark Gable (Ohio, EE. UU., 1901- Los Ángeles, EE. UU. 1969). El galán indiscutible del cine estadounidense de los años treinta y cuarenta era también un hombre increíblemente carismático que consiguió hacer de su bigote fino, delicado y casi caricaturesco una seña de identidad reconocible. Hoy esta fórmula pertenece por derecho propio al kitsch. Lo llevó Jean Dujardin en The Artist (donde emulaba a Gable) y sigue llevándolo, a día de hoy, el director de cine John Waters, uno de los creadores que mejor sabe evocar los fantasmas del star system estadounidense.

Dalí, Figueres y un mostacho que era ya parte de su obra artística.
Dalí, Figueres y un mostacho que era ya parte de su obra artística.

Salvador Dalí

El del artista catalán es, probablemente, uno de los primeros bigotes performance de la historia. Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) solía decir que se había dejado crecer el bigote a consecuencia de su decisión de no fumar; llevaba varios bigotes postizos en la tabaquera y los ofrecía igual que otros proponían un cigarrillo. En cualquier caso, para Dalí el bigote era un componente imprescindible de su imagen como artista, un ejercicio de extravagancia que ayudaba a generar desconcierto. Lo modelaba con cera y aceite, le daba formas casi escultóricas y jugaba con él de manera teatral.

El bigote, más dionisíaco que apolíneo, de Nietzsche.
El bigote, más dionisíaco que apolíneo, de Nietzsche.

Friedrich Nietzsche

Un bigote tan extremo y superlativo como el pensamiento de su portador. Friedrich Nietzsche (1844-1900) llevaba lo que en su época se denominaba "bigote de morsa", tan poblado que ocupa parcialmente los labios y parte de la cara. Era muy habitual en su época y, de hecho, el canciller Otto Von Bismarck llevaba uno igual en la misma época. Es decir, que, a diferencia de otros ilustres bigotudos, el mostacho del filósofo era simple y llanamente moda. Hoy podríamos replicarlo, pero resulta escasamente favorecedor; como si, a mitad de su proceso de rasurado, la maquinilla de un barbudo se hubiera quedado de batería.

Spitz y su bigote se toman un descanso durante los Juegos Olímpicos de Múnich, en 1972.
Spitz y su bigote se toman un descanso durante los Juegos Olímpicos de Múnich, en 1972.

Mark Spitz

El modo en que los deportistas subrayan su individualidad es un tema de lo más interesante, porque suelen vestir de uniforme, así que tienen que centrarse en otros elementos (cabello, tatuajes) que quedan fuera de la jurisdicción de la equipación. El nadador y multimedallista estadounidense Mark Spitz (California, 1950) lo tenía aún más difícil, porque su equipación se reducía a un bañador de competición, así que decidió ceder todo el protagonismo a su bigote, que permitía distinguirle del resto de competidores. Hoy lo vemos como un representante más que digno de los gloriosos bigotes de los años setenta.

Redford, estrenando bigote a finales de los sesenta.
Redford, estrenando bigote a finales de los sesenta.

Robert Redford

Robert Redford (California, 1936) no llevó bigote siempre, pero sí lo hizo en Dos hombres y un destino (1969), un western que apuntaló su categoría de estrella. El mostacho que eligió era relajado, suficientemente descuidado como para resultar creíble (la película está ambientada a finales del siglo XIX) y también dotado de cierto rigor histórico, porque Sundance Kid, el personaje histórico que interpreta Redford, era un pistolero bigotudo y altanero. También refleja la estética de la época y acaba con una era de héroes del oeste rasurados o con barba de tres días.

Paul Newman, pasando a la madurez a golpe de mostacho.
Paul Newman, pasando a la madurez a golpe de mostacho.

Paul Newman

El compañero de reparto de Redford en Dos hombres y un destino no llevaba bigote, pero no tardó demasiado en desquitarse; en los años setenta, Paul Newman (Ohio, EE UU, 1925- Connecticut, 2008) comenzó a dejarse bigote intermitentemente, demostrando que el mostacho no es patrimonio exclusivo de los morenos y que sus rasgos suaves y escultóricos bien podían admitir este atributo de la virilidad clásica. Newman era más bien lampiño, así que su bigote no es poblado, sino ligero y levemente despeluchado.

Prince, durante un concierto en Chicago en 1984 en la gira de ‘Purple Rain’.
Prince, durante un concierto en Chicago en 1984 en la gira de ‘Purple Rain’.

Prince

El bigote fino, casi trazado con lápiz, del genio de Minneapolis (1958-2016) es un guiño a la tradición afroamericana, pero también un juego en los límites del género a los que era muy aficionado este artista que hablaba de seducción en falsete. Heredero directo del de los galanes del cine mudo, es, como el de Mercury, parte de un personaje, de una máscara y de una puesta en escena. Arriesgado, pero ambiguo y llamativo.

James Franco, en 2016, posando como en 1976.
James Franco, en 2016, posando como en 1976.

James Franco

Hay pocos actores en el Hollywood de hoy tan acostumbrados (y aficionados) a jugar con su imagen como James Franco (California, EE UU, 1978), que en los últimos años se ha transformado en distintos hombres en función del papel o el momento vital que estuviera atravesando. El bigote ha reaparecido en distintos momentos de su trayectoria: para remarcar su paso a la madurez, para rendir homenaje al cine de los setenta e incluso como guiño al underground. Aquí lo vemos en 2016, en plena fiebre retro, con pelo ligeramente largo y repeinado, bigote contenido y cazadora bordada.

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