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Kim Gordon: nunca nadie nos enseñó tanto con tan poco

Tres periodistas y amantes de la música evocan la figura de la bajista de Sonic Youth, icono del rock alternativo y mujer que ha hecho siempre lo que le ha dado la real gana

kim gordon
Kim Gordon en 1990. No se puede tener más magnetismo. Foto: Getty

Ahí estaba, en el escenario, machando su bajo, con un vestido estrecho y botas. Encorvada. La melena rubia cayéndole sobre los ojos. Rodeada de tíos. Sonic Youth. Todos propulsando ruido. ¿Ruido? Ja: los cimientos del rock alternativo, del que han mamado miles de bandas. Kim Gordon (Nueva York, 1953) era aquella intimidante mujer que muchos adoraban e intentaban imitar. Nadie lo consiguió. Ahora que publica su primer disco en solitario, No home record, tres periodistas cuentan lo mucho que les inspiró en su adolescencia (y ahora) la figura de una mujer tan carismática como inalcanzable. 

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Hace un par de semanas vino a casa un amigo con su hija. Nada más entrar, la niña, de seis años, se abalanzó sobre un vinilo de B’52 al grito de: “¡Pero vaya peinados que llevan estas! ¿Quiénes son?”. En múltiples ocasiones, sobre todo en aquellas primeras veces, el efecto llamada se produce por razones, si no equivocadas, al menos sí por cuestiones tangenciales. Así fue mi historia con Sonic Youth, a los que descubrí -no me voy a tirar el moco- bastante tarde. Fue en el año 1992 con el brutal y sucísimo Dirty.

Quedé deslumbrada por esa cosa que, en el fondo, todos buscamos y tan pocos encuentran de “me la pela bastante lo que penséis tú y todo lo demás”

Y fue por esa portada tan inquietante. Un muñeco naranja recién sacado de alguna pesadilla de Daniel Johnston. Pero lo realmente importante vino después. Cuando vi el videoclip de 100%, el primero de los singles del álbum. Ahí estaba Kim Gordon tocando un poderoso bajo amarillo (prestado para la ocasión y según se dice por Keanu Reeves) y que ella llevaba colgando de esa displicente manera tan común a todos los bajistas molones: exactamente donde se terminan los brazos. Ahí estaba ella con sus gafas de sol negras, su camiseta con la lengua de los Rolling y un ambiguo (ahora me doy cuenta) Eat M estampado en una dudosa tipografía. En el vídeo, que por cierto estaba dirigido por Tamra Davis y Spike Jonze, salía el que sería uno de mis héroes de juventud, el por entonces skater y luego actor Jason Lee.

Pero, francamente, ¿quién demonios iba a prestarle atención a él estando ahí Kim Gordon? Quedé deslumbrada por esa cosa que, en el fondo, todos buscamos y tan pocos encuentran de “me la pela bastante lo que penséis tú y todos los demás”, por esa seguridad que gravitaba -y sigue haciéndolo- con una pasmosa perfección entre la chulería pandillera y una elegantosa dejadez, por esa fuerza centrípeta que desprendía y por esas piernas que parecían diseñadas para hacer molinillos en el aire y pegar patadas al machirulismo imperante en el panorama musical de la época (¿de la época?).

Kim no era la chica de la banda, los demás, todos, eran los chicos de SU banda. Kim no era perfecta, ni pretendía serlo. Porque ¿dónde pone que haya que serlo? Kim era lo que le daba la gana, con toda esa urgencia, esa rabia y esa energía propias de la juventud. Ah, no, esperen, que en el 92 Kim rozaba la cuarentena. No hay más preguntas. Nunca nadie nos enseñó tanto con tan poco.

Sonic Youth en pleno delirio decibélico. Kim Gordon está en el centro, machacando su bajo. Fue en California en 1992.
Sonic Youth en pleno delirio decibélico. Kim Gordon está en el centro, machacando su bajo. Fue en California en 1992. Foto: Getty

Algunos años después yo también estuve en una banda. Y, probablemente con Kim en la cabeza, me empeñé en aprender a tocar el bajo. Lo intenté. Pero, por supuesto, fui incapaz. Las cuerdas se me escapaban y la espalda se me doblaba. Sigo intentándolo. Lo del bajo, no. Lo vendí. Lo de parecerme, aunque sea mínimamente, a Kim Gordon.

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Epifanía 1: Una tarde nublada, una madre y un hijo adolescente pasean por el centro de Barcelona. Llegan al escaparate de la hoy extinta Discos Castelló. El hijo sugiere entrar. La madre asiente, algo abatida. Al cabo de un rato, la mujer se ha dejado unos miles de pesetas en dos discos. Uno de ellos es Green, de REM. El otro, Daydream nation, de Sonic Youth. El chaval ha leído en una revista llamada Popular 1 que estos dos grupos han lanzado álbumes muy buenos. No ha entendido ninguna de las referencias utilizadas en las críticas. Si le preguntas qué considera bueno, responde que el arroz a banda de su abuela. Al llegar a casa, pone ambos discos. El de REM, bien. El de Sonic Youth, mal. ¿Qué coño es ese ruido? Llega hasta la tercera canción, una titulado The sprawl, en la que canta una mujer que no sabe cantar. Se enoja y lo quita. Pasan las semanas y ese disco se queda criando polvo. Hasta que un día en el que el chico está más aburrido de lo normal (que ya es decir) decide volver a ponerlo. Se queda loco. ¿De verdad puede gustarle ese ruido? Le gustaría saber qué aspecto tiene esa mujer que canta y toca el bajo.

Epifanía 2: 1993 y alguien decide que hay que montar un festival de un día en Badalona. Se llamará Pop Fest y los cabezas de cartel serán Sonic Youth. En los años que han mediado entre la primera y la segunda epifanía, el muchacho ha acabado el colegio y se ha enrolado en la universidad. Han cambiado muchas cosas. La MTV hace tiempo que se ve en casa de un colega y una noche por semana toca ir a casa de este para ver vídeos de Jesus and Mary Chain, Hüsker Dü y, si hay suerte, Sonic Youth. Bueno, vídeos de Kim Gordon. Es ella. Y ella estará en Badalona, saltará al escenario justo después de Siniestro Total.

Cuando pisa las tablas todo se revoluciona. Es complicado hoy explicar esa sensación sin sonar ofensivo ni machista, pero la verdad es que uno a cierta edad busca que su iconografía musical abarque todos los aspectos de su vida, desde la ropa hasta el amor. Buscar chicas como Kim Gordon. "¿De verdad te gusta esa?", preguntaban los colegas de la universidad cuando uno apunta que a la chica del pelo sucio y las botas es a la que le gustaría invitar al cine, o a pasear, o a gastarse las 500 pesetas que le quedan en cervezas en la calle Escudillers. Sí, me gusta mucho. Me recuerda a Kim Gordon. Pero yo no le gusto. Le recuerdo a su hermano, con suerte. Cada uno arruina su juventud y sus expectativas como le da la gana y esta, a principios de los noventa, era tan lícita como otra cualquiera. Supongo que a muchos les debe pasar lo mismo con las chicas de las que se parecen a La Zowi (o con los chicos que son como C. Tangana). Le gustaría pasar una tarde en al Apple Store o en el parking con ellos.

Kim con su pose característica cuando se sube al escenario.
Kim con su pose característica cuando se sube al escenario. Foto: Getty

Epifanía 3: Primavera Sound 2007. Como es menester, el muchacho (ya no tan muchacho) ha perdido a sus amigos y también el programa en el que ha marcado los conciertos que esta noche quiere ver. Vaga sin rumbo, algo intoxicado, dudando entre irse a casa o a otra barra, cuando de fondo oye los primeros acordes de Teenage riot, el corte que abría aquel Daydream nation. Se acerca al escenario desde el que procede el sonido. Sobre las tablas, Sonic Youth interpretan entero ese disco. En medio del escenario, Kim Gordon con un vestido de lentejuelas, el bajo colgandero, unas zapatillas y ese balanceo que jamás fue baile, pero siempre fue lo que pensamos que teníamos que hacer en las discotecas indies para que no se notara mucho que nos daba pereza bailar, pero quedara claro que nos sabíamos la canción que sonaba. Tras renovar los votos con Kim, el chico (ya no tan chico) se volvió a casa, puso un disco de Kanye West y miró un buen rato una foto de Kim Gordon en el móvil. Se durmió. Fin.

Epifanía 4: Air Bnb, tema de adelanto del primer disco en solitario de Kim Gordon. El chico (ya ni chico ni nada) pone el tema en Spotify. ¿Y sabe? Ni fin ni nada. Esto sigue, Kim. Aún no hemos acabado tú y yo.

- Frágil, seria, dulce, arisca... En ella no hay máscara (por Jaime Lorite, periodista y cantante del grupo punk Ateo va al Parque, 27 años)

La primera vez que vi a Kim Gordon fue, con toda seguridad, en el documental 1991: The Year Punk Broke (Dave Markey, 1992), sobre la gira europea conjunta que hicieron Sonic Youth y Nirvana aquel año. Debía de tener 16 años, porque estaba en bachillerato. En general me gustaba y me sigue gustando mucho toda esa generación post-punk, grunge y noise por, entre otras cosas, la sensación de desubicación general que transmitían: gente con pinta de ser los raros de la universidad haciendo una música rabiosa y dura, como estrellas de rock a su pesar tras las clases de Anatomía Forense. Entre esa estética, era imposible que Kim no destacase: tenía uno de esos atractivos hipnóticos, misteriosos y altamente improbables, igual que Debbie Harry, de los que solo existen en las películas cuando cogen a un actor o a una actriz guapísima a hacer el personaje que mola, pero que tú sabes que en este plano de la realidad nunca podría darse porque nadie lo tiene todo.

Sonic Youth en 1986: Thurston Moore, Lee Ranaldo, Steve Shelley y Kim Gordon, en el camerino del club Paradiso de Ámsterdam.
Sonic Youth en 1986: Thurston Moore, Lee Ranaldo, Steve Shelley y Kim Gordon, en el camerino del club Paradiso de Ámsterdam. Foto: Getty

El caso es que Kim Gordon era de verdad, aparentemente más de verdad que la mayoría de cosas al alcance de la mano. De eso iba, de hecho, el gran encanto de Sonic Youth y sus coetáneos. Aunque suele decirse que los grupos de aquella época acabaron con el rock, hoy yo lo veo justo al revés: esta gente hizo que volviera a ser emocionante, estaban personalmente implicados en lo que tocaban y cantaban, en el contenido de sus letras, y enterraron la inercia de las posturitas del metal, toda esa pose prefabricada y esa resaca del glam que las bandas de finales de los ochenta arrastraban tan dramáticamente. Me gustó mucho leer en La chica del grupo (¡qué gran libro!) a Kim Gordon pensando en retrospectiva el viaje que hizo desde el academicismo de su familia al mundo del espectáculo a través de su creciente interés en los beatniks; tenía todo el sentido que esta ola de músicos tuviera eso en el árbol genealógico. Después de que me encargaran escribir estas líneas, recuperé la autobiografía y me llamó la atención una cita del crítico Greil Marcus que Kim incluyó en el prólogo: “La gente paga dinero para ver a otros creer en sí mismos”.

No sé si Kim Gordon creía en sí misma, honestamente, porque no me parece que necesitase hacerlo. Por supuesto, verla cantar Kool thing nunca dejará de ser intimidante. Pero a lo que me refiero es a que no tenía ningún compromiso con transmitir seguridad, con sostener una imagen, y eso era otra ruptura importante con el rock clásico y las actitudes tradicionales. Era frágil, era seria, era dulce, era arisca, era lo que se terciase, porque no había máscara.

No tengo duda de que su primer disco en solitario, que firma con 65 años y que aún no he escuchado, no solo me va a gustar sino que va a sonar tan moderno, tan sorprendente como los mejores de Sonic Youth. Lo sé por otra reflexión que hace en La chica del grupo, y que puede contener cifrado el secreto de la eterna juventud artística: frente al pensamiento occidental que estructura todo en introducción, nudo y desenlace, ella considera que no hay un punto de madurez en el que alguien esté hecho del todo, y prefiere asemejar el camino del descubrimiento personal con los flujos no lineales de las películas de nouvelle vague. Vivir sin sacar conclusiones ni hacer “declaraciones audaces o definitivas sobre ningún asunto”. Era difícil imaginar que, mientras veía a esos colgados del documental tocar la música más estridente del mundo, tirar comida por el suelo o acercarse a carritos de bebés para susurrarles “Sonic Youth, Sonic Youth”, algún día opinaría que, en realidad, fueron un buen ejemplo adolescente.

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